Blog de Álvaro Moreno

Château Rayas, natural y leyenda.

Semanas atrás, tuve la suerte de disfrutar de unos días recorriendo las carreteras de la Provenza y como buen “enochalado” no pude evitar dejarme caer por algunas latitudes con historia y fama enológica. A escasos 30 Km. de mi lugar de ubicación en el sur de Francia, Avignon, se encuentra Châteauneuf du Pape, histórico pueblo y centro de la AOC (a la que aporta su nombre) más importante y renombrada del Ródano Sur. Imagino que muchos de vosotros conoceréis que Avignon fue residencia Papal desde 1.309 hasta 1.377, momento en el que regresaron de nuevo a su ubicación habitual en Roma. Durante este periodo Avignon sirvió de refugio a 7 Papas, los cuales al igual que en Italia vienen utilizando como residencia de verano la localidad italiana de Castel Gandolfo, en esta región del Vaucluse construyeron en una colina próxima a Avignon un nuevo castillo (de ahí el nombre del pueblo) que establecieron como lugar de descanso estival. Como ha venido sucediendo históricamente en otros emplazamientos que han servido de asentamiento eclesiástico, se produjo a partir de ese momento un impulso importante de la viticultura, que ha servido de embrión de la leyenda enológica actual. Por tanto estamos hablando de una localidad con una dilatada historia y tradición vitivinícola, que a pesar de ello la fama le ha llegado pocos a años atrás, ya que hasta la Segunda Guerra Mundial gran parte de sus vinos se vendían a la vecina Borgoña.

El pueblo se localiza en una colina visible desde kilómetros antes de llegar a sus pies, en la cima se ubica el Châteauneuf, castillo nuevo, que hoy en día tiene poco de nuevo ya que se encuentra prácticamente en ruinas, y en las laderas se extiende la población. Desde lo alto se divisan las azules aguas del Rhône y la amplia llanura que rodea la colina donde se extiende el particular viñedo que caracteriza esta región. Suelos arenosos y/o arcillosos cubiertos casi en su totalidad por los peculiares “galets”, cantos rodados de importante tamaño y color rojizo que envuelven los viñedos de Châteauneuf. Estamos en una cuna de vinos tintos que representan más de 90 % del total de la producción. Cuentan con más de 13 variedades para su elaboración y teniendo en cuenta el clima mediterráneo que se instala en esta zona la mayoría de los vinos suelen ser plurivarietales, siendo la variedad principal y más característica de la AOC la grenache o garnacha, cepa española de origen aragonés.

En este entorno descrito, en esta tierra de Papas, se localiza una de esas bodegas de “relumbrón”, una referencia que todo adepto enológico no puede tener descatalogada, me refiero a Château Rayas. Junto con Château Beaucastel son las dos bodegas con mayor reconocimiento internacional del Ródano Sur, aunque sus filosofías de elaboración son totalmente diferentes (Beaucastel produce más de 10 veces que Rayas).
Rayas siempre ha sido una bodega muy particular, rodeada de una cierta excentricidad, siempre remando contracorriente. En primer lugar, las 13,5 Ha. que componen la finca a diferencia de la mayoría de los viñedos de la zona no cuentan con los famosos “galets” ya que según dicen, Louis Reynaud (creador de la bodega y padre del principal artífice de la fama adquirida por Rayas, Jacques Reynaud) se dedicó minuciosamente a ir retirándolos poco a poco porque le molestaban. Los viñedos tienen en su mayoría orientación norte cuando lo políticamente correcto sería que fuera sur. Ahora bien, tiene una importante razón de ser ya que una zona expuesta a largas horas de sol esta orientación le permite conseguir una maduración mucho más larga. La bodega siempre ha tenido fama de ser un tanto desastrosa, de no regirse por los cánones habituales de la enología, incluso de suciedad en su imagen.
Mas muestras de su imagen transgresora es que la uva que ha dado fama a sus vinos, sobre todo a su vino con mayor notoriedad (Château Rayas tinto) es la grenache, pero es que además se elabora con un 100 % de esta variedad a diferencia del resto de bodegas de esta zona. Uva que siempre ha tenido la imagen, al menos en nuestro país, de no estar preparada para envejecer por su carácter oxidativo, en el caso de Rayas se rompe este mito en mil pedazos.

Mi bautismo de Rayas se produjo en el verano de 2008, yo tenía muy buenas referencias de los tintos de Ródano, incluso había descorchado alguna botella que me había ratificado la imagen de unos vinos con una gran relación calidad precio, pero sinceramente nunca había oído hablar de Château Rayas. Como decía, a principios de septiembre de la añada del 2008 fui invitado a conocer la bodega ubicada “extramuros” de la Ribera del Duero, Quinta Sardonia, en el pueblo de Sardón de Duero. Para el que no la conozca puedo decir que es una joven bodega (arranca su actividad en el 2002) que bajo el asesoramiento del enólogo con mayor reconocimiento internacional de cuantos ofician en nuestro país, Peter Sisseck y la dirección tanto a pie de viña como de bodega de Jerôme Bougnaud, estoy convencido que dará mucho que hablar durante los próximos años.
Tras la visita a la bodega y gracias a los vínculos que existen entre esta y la que para mí es sin duda una de mis bodegas de “cabecera”, Hacienda Monasterio, decidimos rematar la tarde cumpliendo un verdadero sueño para mí como fue pasear por los viñedos de esta ya clásica bodega Ribereña. Pero no todo quedo ahí, además del cálido y acogedor recibimiento que nos dispensó Carlos de la Fuente (humildad, sencillez, profesionalidad y la verdadera mano ejecutora de la bodega), ese viernes Peter Sisseck se encontraba haciendo escala en HM dentro de los múltiples viajes que sus obligaciones profesionales le van llevando a todos los rincones del planeta. Cuando menos lo esperaba me encontraba yo, ni más ni menos que en la sala de barricas de Hacienda Monasterio, con Peter Sisseck, Carlos de la Fuente, Ismael Gozalo (copropietario de Ossian) y Lionel Gourgue (joven y prometedor enólogo de Alonso de Yerro). Después de probar varias barricas de las distintas añadas de la bodega de Pesquera, en la que pudimos observar las diferencias entre distintos pagos, entre distintos toneleros, distintos tostados, comenzó la fiesta cuando Peter nos regalo algunos vinos de su bodega particular entre los que recuerdo con especial deleite un Château Palmer 1996. Eso sí todo en cata a ciegas, sin saber que vinos se estaban desconchando, jugando a beber vino. Pero aun estaba por llegar la gran sorpresa de la tarde, Lionel se ausento por unos minutos hasta el vehículo que había dejado en el exterior, le vimos esconderse detrás de una hilera de barricas y mostrar ademanes como de estar abriendo una nueva botella. Yo imagine que se trataba de una de las botellas de la bodega para la que trabaja y que tan grandes vinos nos está haciendo disfrutar (María y Alonso del Yerro). El juego continuó, Lionel llenó nuestras copas apartado del grupo y de repente teníamos ante nosotros un vino que provoco el asombro del ilustre grupo reunido (a excepción mía lo de ilustre por supuesto). Se trataba de un vino que huía del prototipo de vino moderno, color rubí con ribetes cobrizos, con una capa muy baja a la que hoy en día estamos poco acostumbrados. La verdad, la foto del vino no le favorecía en absoluto. La cosa tampoco mejoraba cuando al acercarlo a la nariz lo que destacaba por encima de todo eran aromas de reducción propios de vinos de larga crianza. Pero de pronto los nubarrones se fueron desdibujando y la luz del sol se coló en las entrañas de Hacienda Monasterio, los aromas animales dieron paso a un fruta inimaginable minutos atrás, fruta roja que dominaba el espectro aromático y que se ataviaba con complementos de especiados y minerales. Pero donde encontramos el verdadero potencial de este vino fue en la boca, donde los grandes vinos demuestran su valía, ese viernes de septiembre descubrí lo que es la naturalidad, lo que es la pureza, la autenticidad vestida de vino. Nunca antes había probado un vino tan humilde, tan sencillo y a la vez tan importante, sin encontrar una mínima dosis de ostentación ni sofisticación, resbalaba en nuestro paladar un vino para dejar escrito en los libros de estudio la definición de redondez y equilibrio.

Chateau Rayas 2001 me obsequió con una lección más en lo que al mundo del vino se refiere, de las aun tengo que recibir por cientos, y haciendo gala de romanticismo que caracteriza a este vino, no podía por menos que tributarle con un visita a la tierra que lo vio nacer.

  1. #2

    Jilguero

    Y el blanco?
    Hace poco probé el blanco de Rayas y, amén de falto de botella, es también un vino de raza y personalidad.
    ¿Lo probasteis?

    Un saludo,
    Alberto



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