Blog de Jordi Melendo

Tempranillo en la Toscana

 

El pasado otoño tuve la oportunidad de pasar unos días en la Toscana, donde conocí a Leonardo Beconcini y a su compañera Eva Bellagamba. Leonardo es vitivinicultor en San Miniato, pequeña localidad entre Pisa y Florencia que se encuentra sobre la Via Francigena, antigua ruta medieval que conectó en la Edad Media la Europa septentrional con Roma. La historia de su bodega y sus vinos me interesó, pero hubo un apunto que lo hizo especialmente.

En el año 1958 su abuelo Giuseppe Beconcini adquirió la propiedad en la que además de la casa había viñedos y olivos y que trabajó toda la familia y que años más tarde heredaría Pietro Beconcini, el padre de Leonardo, quien transmitió a sus hijos el amor por el vino. La filosofía de la bodega se basa en la producción de vinos tintos conseguidos mediante cepas presentes desde siempre en sus tierras, cuyas potencialidades expresivas son variadas e interesantes, en relación a las características del suelo y el clima de San Miniato. No cuentan con una bodega muy moderna, en lo que a tecnología se refiere, ya que Leonardo Beconcini está convencido de que el vino se hace en viña y que la bodega favorece solo la evolución. Continúan utilizando depósitos de cemento para la vinificación y solo utilizan levaduras indígenas sometiendo los mostos a largas maceraciones.

El clima es de tipo mediterráneo: los veranos no son excesivamente tórridos y los inviernos están templados. Geológicamente la roca sobre la que surge San Miniato está constituida por arena marina. Areniscas y arcillas son las protagonistas del territorio de y el terreno es rico en fósiles de organismos marinos.

Y aquí llegamos al detalle que despertó especialmente mi atención. Además de las variedades autóctonas de la zona, en la finca había una variedad misteriosa, cuyas cepas fueron reimplantadas con majuelos reproducidos por las antiguas viñas.  Llegó un día en que decidieron descubrir el origen de esta variedad que tenía un comportamiento y daba unos frutos muy diferentes del resto de variedades. La hipótesis histórica que formula Leonardo Beconcini sobre el historicidad de esta cepa en base a diferentes investigaciones que todavía siguen desarrollándose, nos llevarían a tiempos remotos, al menos hasta el año 1700, aunque también podrían llegar más allá, cuando la Via Francigena, que atraviesa la bodega y los viñedos Beconcini  pasando justo a lado de la viña en cuestión, fue una “autopista” de la época recorrida cotidianamente por una gran cantidad de personas, familias y comunidades enteras. La usaban frecuentemente para llegar a Roma en romería religiosa, llegando de toda Europa, puesto que las dos direcciones de la Via Francigena llegan una de Canterbury y la otra de Santiago de Compostela. Y es España, según su reconstrucción de los hechos, el lugar que puede ser el origen de estas plantas.

La técnica de aquellos tiempos para la propagación de la vid era mediante las semillas, principalmente porque durante los largos desplazamientos era más fácil transportar un pequeño contenedor con las semillas que no un adulto y pesado haz de sarmientos de vid. Los resultados de las investigaciones realizadas indican que un gran porcentaje de patrimonio genético pertenece a la cepa variedad tempranillo, pero con las obvias diferencias debidas a la evolución natural de una planta sembrada, y no trasplantada, en un territorio que no es el de su origen, y que ha tenido tiempo necesario, al menos 100 años, para adaptarse a éste.

No deja de ser una historia singular, que me permitió disfrutar de un tempranillo diferente, como diferente es el paisaje de la Toscana, con sus colinas, sus cipreses y los olivos que se alternan en viñedos, campos de trigo y girasoles.

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