El Alma del Vino

Artículos propios : reivindicando la autonomía del vino.


No soy cliente de restaurantes de los de queja suelta y habitual. Paso por tipo conformista, tal vez en exceso. Incluso en situaciones en los que el producto servido en plato no se corresponde en milímetros con lo impreso en carta, prefiero callar antes que llamar en exceso la atención. Me decía una amiga que así hago un flaco favor primero al propio restaurante, después a mi mismo y al resto de la venidera clientela. No le falta razón, pero la queja y yo nacimos conceptualmente en diferentes fechas. Sólo pido un mínimo de amabilidad, buena educación ante todo; y siempre y cuando los productos ofrecidos estén bien cocinados y en perfectas condiciones de consumo, mi agradecimiento es tan efusivo como espontáneo.
Sin embargo y con el avance de los tiempos, la presencia del vino en algunos restaurantes se me antoja breve y esquiva. Parece como si a muchos propietarios de recintos culinarios les diera miedo atreverse con el vino. Poco donde elegir. Ya saldrán quienes digan que no todos los clientes sienten la misma devoción por el vino que yo. Y que en los tiempos que corren, con el robo de puntos del carnet de conducir que realiza con premeditación y alevosía la Administración Pública, no es precisamente una buena idea llenar las vinotecas de los restaurantes de Margaux ó Sauternes. El consumo de vino en los locales de restauración ha descendido desde que a un grupo de burócratas de medio pelo se les ocurrió la brillante idea de castigar justos por pecadores.
Mi queja, ampliada a los tipos que nos dicen gobernar, tiene que ver con la oferta de vinos en los restaurantes y el medio de ofertarlos.
Siempre he defendido la autonomía del vino respecto a la comida. Gozar de un buen vino es independiente, no incompatible pero si autónomo, a disfrutar de un buen foie, un estofado ó un cocido madrileño. La manía literaria de algunos críticos de vino y gastronomía de maquillar sus escritos con el maridaje de vino y carne ó pescado, es para mi un vicio insoportable. Da a veces la impresión de que ese vino no existe si no es por un lechazo arandino ó una chuleta avulense.
Quienes amamos el vino, sabemos que incluso existen vinos para disfrutar en solitario, sin aditamentos ó serpentinas. Vinos de reflexión.
Pero estamos hasta el moño de que alguién nos diga con que cosa tenemos que beber ese vino. Personalmente me entusiasma beber un Sauternes, tan indicado para el foie como dicen; en solitario, llenando mi boca de dulzor contenido. O un Pinot Noir con la agradable compañía de mi mujer, escuchando a Mozart.

Es evidente que la mayor parte de los restauradores de este país, excepciones siempre existen, no cuidan los vinos de sus cartas. He comentado ya en mi blog dos excepciones, disfrutadas en locales de Bilbao y Daroca de Rioja, donde el vino tiene la misma importancia reveladora que la comida. Incluso en algunos locales se ha puesto de moda la típica máquina expendedora de copas individuales, pudiendo elegir el cliente entre varias bodegas, según sus preferencias. Sería recomendable que fueran legión los locales de restauración que colocasen máquinas de ese tipo. Comer pudiendo disfrutar de seis vinos diferentes es más que capricho, bondad.
Incluso poder llevar desde casa y sin rubor alguna botella que catar. Que nos cobren el descorche, si lo desean. Porque ceñir la papila del cliente a vinos tradicionales, probados ya una y mil veces, es injusto. En la variedad están gusto y conocimiento. Es la revolución pendiente en cuanto a locales gastronómicos se refiere. Más cancha para nuestros maravillosos vinos del mundo. Menos falta de originalidad. ¿Es mucho pedir que se abran al público negocios basados unicamente en la cata y degustación de vinos?. En España al parecer, es como pedir peras al olmo. Londres y Nueva York ya han apostado por bares de ese tipo. Aquí, pese a lo que pueda parecer, nos queda aún mucho por avanzar.
Para una vez que me quejo...


"La comida es la parte material de la alimentación; el vino, la parte espiritual" (Alejandro Dumas).

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