El Alma del Vino

Artículos propios : entender de vino.


Desde que tengo el blog, mucha gente que me conoce mal, piensa que soy un gran entendido en vino. Lo cierto es que llevo muy cerca de este mundo, sólo como espectador pasivo; desde que levantaba tres palmos del suelo, y por simple nacimiento desde que llegué al mundo. Si algo he aprendido en todos estos años es que entender de vino está al alcance de muy pocos. Una cosa, y no es poco; es saber cuando te gusta un vino más que otro, y otra muy distinta discernir calidades respecto a añadas, bodegas ó denominaciones. Mi poso crítico es más bien blando, entre otras cosas no siquiera puntúo los vinos que cato y bebo. Ya dije que no lo hago por norma personal : me cuesta trabajo encerrar el trabajo esforzado de cualquier bodega en unos ramplones dígitos. No sería justo ni racional catalogar un Goya con un 9 y un Murillo con un 8´75. Parece más juego de tiernos infantes colegiales que análisis serio a cargo de un profesional. Me basta con decir si un vino es magistral, recomendable, normal ó decepcionante, y el mensaje entiendo que llega más nítido y sin tanta matemática.
Soy de los que piensan que entender de vino está en manos de los enólogos, principalmente. Su formación les avala como profesionales y escultores. Sin ellos el mundo del vino caería en picado a calidades obscenas, muy lejanas de lo que busca el consumidor. Por lógica también los miembros no enólogos de una bodega deben de entender algo. Desde el dueño no enólogo, hasta la secretaria de dirección, necesitan tener unos conocimientos siquiera básicos, con los que defender su status.
Ya nadie elabora vino para exprimir uva, sino que los procesos siguen avanzando gradualmente hasta la búsqueda y el logro de unas calidades óptimas con las que defender y vender un producto. Los hay románticos, tradicionales y hasta nostálgicos del ayer vinícola, pero la competencia empuja y nadie como el hombre de bodega sabe mejor que hay que ganar adeptos de sus diferentes botellas y añadas.
Dejando al margen a los profesionales del sector, incluidos tambien sommelier; a los ciudadanos observadores pasivos nos basta con saber si un vino nos gusta ó no. No es mal comienzo. A partir de ahí se abren todas las ventanas que uno quiera. Yo también fui de los que piensan que resulta absurdo afirmar que un vino tenga aromas de incienso, piña ó tabaco. De esa legión de personas más literarias que vinícolas que creen encontrar en su boca tras beber un vino, gustos a regaliz, cuero ó cuarzo.
Pero como las bodegas he tenido que avanzar. Y de ser un exclusivo bebedor de vino riojano, he pasado a admirar también la garnacha, la syrah, el malbec ó la mencía.
Y puedo asegurar que aunque sigo sin entender de vino, a día de hoy entiendo un poco más que hace un año. Y así espero seguir. Sin pecar de orgullo, pero tampoco de falsa modestia. Si algo tengo claro es que el aprendizaje en el mundo del vino es eterno. Nunca se sabe lo bastante. Y estoy seguro que Parker, Michel Rolland ó François Lurton estarán de acuerdo conmigo. A cada botella que se abre, una nueva lección.


"La comida es la parte material de la alimentación; el vino, la parte espiritual" (Alejandro Dumas).
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