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Cata vertical de Gran Claustro: 10º Encuentro Verema

Empezaba la jornada del sábado del 10º Encuentro Verema y, como no podría ser de otra forma, empezaba fuerte: cata vertical del mítico Gran Claustro de Castillo de Perelada.

En una de las bonitas salas del hotel, con vistas a la fuente central del jardín, encontré a Delfí Sanahuja y algunos de sus distribuidores. Delfí es el enólogo de esta gama alta de la bodega. Un hombre alto, extremadamente educado, amable y que trasmite una serenidad y una confianza que ya te predispone a disfrutar de, al menos, una buena conversación sobre vinos.

Pero no solo disfrutamos de un grata cata comentada, sino de una verdadera clase de enología, de respeto por el vino y, como no, de unos vinos de excelente factura, con una longevidad envidiable y una historia que contar.

La D.O. Empordà es una pequeña denominación de origen, de reciente creación (1975) , con apenas 2.000 Ha, cercana al mar, por lo que los contrastes térmicos son mínimos, con una altura máxima de plantaciones de 100m, aunque lo habitual encontrar las viñas a escaso 20-40m de altura sobre el nivel del mar. Es además una D.O. joven, ya que se empieza en

La cercanía de los Pirineos, no obstante, sí dibuja dos estilos de vino muy distintos en función de su localización geográfica. Por un lado los vinos mediterráneos, más cercanos al mar y por tanto con características bien definidas; y por otro lado los vinos atlánticos, enclavados en las zonas más interiores y en paraje montañoso.

Pero si algo describe la climatología de la zona es, sin duda,  el viento de tramontana, que dio el nombre a la cata: "La fuerza de la Tramontana: Paisaje concentrado en la copa". Los que vivimos en la zona del levante mediterráneo y las islas Baleares, conocemos bien este viento del Norte “de más allá de las montañas”, pues este su significado etimológico, que suele venir frío por su paso por los Pirineos. Pero desde luego,  en la zona valenciana, no llega con el ímpetu con que lo hace en la zona de la D.O. Empordà. Nos contaba Delfí este viento frío sopla de forma habitual sobre los 120Km/h, llegando incluso a los 160-170Km/h.

Durante los últimos trece años, la media de días con vientos de estas velocidades es de tres meses. Esto obviamente, influye de forma considerable en la idiosincrasia de la zona y, obviamente, en los cultivos.

Pero al margen de las molestias y problemas de estas rachas de viento, el tramontana, beneficia al viñedo en diferentes aspectos. El primero  y evidente, la humedad desciende por evaporación, se reduce el número de enfermedades potenciales (mildiu y hongos varios)  y se hace más sencilla una agricultura más ecológica, donde los tratamientos se reducen.

Gran Claustro es, sin lugar a dudas, el buque insignia de Castillo de Perelada. Pese a que el Finca Garbet es un vino situado un escalón por encima (también en precio), este Gran Claustro disfruta de un cuidado muy especial y pretende ser un icono de la bodega.

Se elabora a partir de las mejores de las uvas la finca Malaveïna, Espolla, y Pont de Molins. De la finca La Garriga, las mejores uvas van para el vino de pago que lleva el mismo nombre, y el resto, de una gran calidad, van a parar al Gran Claustro.  Estos vinos no sufren filtración ni clarificación, por lo que en algunas añadas encontramos bastante poso en las botellas.

La cata vertical se inició con el vino más antiguo, la primera añada, el Gran Claustro 1993 y concluimos con el 2004. Los años 1994 y 1997 no se elaboró Gran Claustro, por no llegar a la calidad que exige la bodega para elaborarlos. Saltamos además las añadas 2003 y 1999 porque Delfí Sanahuja y su equipo consideraron que un total de ocho vinos eran suficientes. Así pues, tuvimos cuatro vinos de las añadas de los noventa y cuatro de la primera década del siglo.

 

Gran Claustro 1993

Esta fue una añada fresca, un año difícil en la que además se iniciaba este proyecto, el primer Gran Claustro y la primera gran apuesta de Castillo de Perelada. Por entonces la moda era criar los vinos en barrica americana y así se hizo con este vino que pasó 20 meses en ella, con 13% de grado alcohólico, una graduación tolerable en la época, y una mezcla de cabernet sauvignon (40%), merlot (25%) y cariñena (35%).

Sorprende de este vino la longevidad, lo vivo que aun está tras casi dieciocho años de vida, con el añadido de ser al primera añada que se elaboraba el Gran Claustro. Es un vino de corte clásico, con una nariz fresca, floral, especiada y con mucha fruta, sobre todo para ser un 93. En boca la acidez muestra el secreto de su longevidad, con un punto astringente del tanino bien integrado y tacto crujiente.

 

Gran Claustro 1995

Saltamos la añada 1994, como hemos comentado y nos pasamos al Gran Claustro 1995. Cambio de barricas a francesas nuevas y subimos ligeramente el grado alcohólico a 13,5%, algo que el mercado empieza a demandar. Se buscan los vinos con buena extracción, concentrados y con más color y estructura, así que la bodega decide adecuarse al consumidor e inicia este cambio. Se mantiene ese 40% de cabernet sauvignon, 30% de merlot y 30% de cariñena. Similares porcentajes a la añada anterior y problemas en la vinificación de este año ya que tuvieron problemas con el grado de maduración de las diferentes variedades.

El resultado no obstante es un vino muy bueno, con unas notas más modernas de chocolate negro, de cuero, aromas reductivos, especiadas… En boca muestra una muy buena acidez, más volumen que el 93 y un tanino ¡aun por pulir! Parece que a este vino, le falte botella, es decir, que aun puede crecer más y mejorar, por lo que mantiene esa línea de vinos de guarda.

Me gustó una frase de Delfí Sanahuja en un momento de la cata, con la que sin lugar a dudas se entiende la filosofía de estos vinos: El salto de un buen vino a un gran vino lo hacen 40 años.

 

Gran Claustro 1996

Seguimos con aumento en el grado alcohólico para conseguir ese estilo de gran vino que imperaba en los años noventa, vinos concentrados y potentes de alta graduación que marcan la dirección de esta bodega y nos plantamos en un Gran Claustro con 14% de volumen alcohólico. Ahora encontramos un 39% de cabernet sauvignon, un 39% de merlot y, atención, única añada con presencia de un 22% de tempranillo (ull de llebre en la zona), tal vez mirando a esos grandes vinos de La Rioja que, sin duda alguna, eran el paradigma de vino de calidad en España.

1996 fue una añada muy buena, con una uva muy equilibrada en sus diferentes parámetros y sin problemas sanitarios, lo que permite reducir el uso de productos fitosanitarios en el campo.

De nuevo encontramos un vino de corte maduro, con notas tostadas, algo de caballeriza, de mina de lápiz, de tostados, lácteos y café. En boca es más agradecido, más fino y elegante, con unas notas de tabaco de inglés y ese grafito presente, nota mineral que no encontré en el resto de las añadas.

En mi humilde opinión, este vino fue el que más me gustó de la serie de los noventa, sin quitar mérito al resto, sobre todo a ese 93 inicial que ya asentó las bases de lo que iba a ser un gran vino.

 

Gran Claustro 1998

En esta zona del Empordà solo ha habido cuatro añadas calificadas como excelentes. La primera fue en 1973 y, por tanto, anterior a la creación de la D.O. Empordà. Las otras tres han sido 1978, 1998 y 2005.

Por tanto estamos ante una añada en la que la naturaleza le puso las cosas fáciles  a Castillo de Perelada, aunque en realidad, se percataron de la excelencia tras elaborar el vino. Este años se produjo una helada en primavera y se perdió gran parte de la cosecha. Lo que parecía un desastre a priori resultó ser una técnica que posteriormente se tomaría en la viticultura, el clareo. De forma natural, se habían descargado las cepas de uva y la concentración y la calidad de las bayas que quedaron fue excelente. A partir de este año se iniciaron estas labores de forma sistemática, a pesar de que los agricultores de la zona, era bastante reacios a “tirar cosecha al suelo”. 

Con un 40% de cabernet sauvignon, 30% de merlot, un 15% de garnacha y 15% de cariñena, y un volumen alcohólico del 14%, este vino de excelente añada se muestra fresco y balsámico, lo que lo hace menos denso que el resto de los vinos catados. Mantiene el estilo de vino maduro moderno, es un vino cambiante a cada momento que pasa, con la fruta algo escondido pero presente. En boca es el más goloso de los catado (de nuevo ese estilo moderno), más profundo y fresco, con una acidez muy buena.

 

Gran Claustro 2000

Saltamos la añada 1999 por decisión de la bodega de no traer más de ocho vinos a la vertical y pasamos al Gran Claustro 2000, con un 15,1% de alcohol y elaborado en una añada calurosa en la que junio y julio fueron de temperaturas extremadamente elevadas, por lo que se produjo una madurez rápida.

Esta climatología dota a este vino de un carácter más mediterráneo, con unas notas de mermelada, de compota de frutos negros, de regaliz rojo y notas especiadas. En boca también percibimos ese carácter cálido, ayudado por esos 15,1 grados de alcohol que, si bien no llegan a molestar, están presentes y se hacen patentes en su desarrollo en boca.

 

Gran Claustro 2001

Bajamos en esta ocasión la graduación alcohólica a 14,5% por ser un año menos cálido. La clasificación de la D.O. Empordà de esta cosecha es de muy buena pero en Castillo de Perelada fue excepcional.  Encontramos un vino con más cabernet sauvignon (54%), merlot (27%), garnacha en menor cantidad que otras añadas (7%) y cariñena (12%).

Es un vino goloso, con muchísima fruta, con yogur de frutas del bosque, notas tostadas y bien equilibrado. En boca destaca esa sensación sápida (sensación dulce sin presencia de azúcar) tan de moda ahora, de la que Delfí comentó habían conseguido en este vino.

De la serie de los dos mil, me quedo sin lugar a dudas con este vino que encontré sumamente equilibrado y con unas notas muy curiosas tanto en boca como en nariz. Un vino con personalidad pero sin perder el estilo del resto de las añadas.

 

Gran Claustro 2002

Aumenta de nuevo la proporción de cabernet sauvignon hasta un 50%, merlot en un 23%, garnacha en un 8% y el resto (10%) de cariñena. Esta añada fue lluviosa, lo que diluyó la concentración del fruto. Las primeras pruebas del vino daban resultados más fluidos, con menor presencia de fruta y por tanto las barricas nuevas no eran una buena opción. Se optó por primera vez por barricas francesas de segundo año, tratando así de respetar la fruta y la acidez.

Desde mi punta vista, esta decisión fue todo un acierto, pues pese a que se percibe que el vino es menos corpulento que en añadas anteriores, deja ver perfectamente la presencia de la fruta, de esa acidez, tan rica a la que nos tiene acostumbrados este Gran Claustro.

Ya solo en fase visual vemos como baja la capa respecto al resto de añadas, con notas lácteas, de fruta negra, praliné y chocolate con leche. Aparecen notas florales y de fruta roja fresca y en boca es fresco, mucho más fresco que sus predecesores. Cuerpo comedido, más amable y fácil de beber. Con un toque más atlántico, más austero y menos goloso.

 

Gran Claustro 2004

Saltamos de nuevo la añada 2003 por decisión de la bodega y nos enfrentamos a la última añada de Gran Claustro, el 2004, con un la mitad de cabernet sauvignon, 20% de merlot y el resto en partes iguales de garnacha y cariñena (15% respectivamente).

El resultado es un vino con 15,6% de alcohol muy equilibrado en el que se perciben unas agradables notas de monte bajo, de hierbas aromáticas. Es fresco y con toques florales, con hongos.

En boca destaca su elegancia, menos ampuloso que el resto de las añadas, con una buena acidez y un tanino picante, presente, con recuerdos minerales y muy  buena acidez.

Delfí Sanahuja aseguró que era este vino el que más le gustaba de toda las añadas, aunque para mí, de los dos mil que trajo me quedo con el 2001, por ser más fresco y equilibrado, más austero que este 2004, pese a que también esta añada es muy buena y denota el carácter de un gran vino.

En resumen, una oportunidad única de probar estos vinos de gran calidad. Un paseo por la climatología de esta D.O. Empordà que tan buenos vinos produce y toda una clase didáctica de enología, viticultura y amor por el vino que Delfí Sanahuja impartió con gran maestría y mayor humildad.    

 

 

 

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