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¿Qué variedad internacional se adapta mejor a España?

España es uno de los grandes territorios vitivinícolas del mundo y, al mismo tiempo, uno de los países con mayor diversidad climática y varietal. En nuestros viñedos conviven variedades autóctonas perfectamente adaptadas a cada territorio con otras procedentes de Francia, Italia, Portugal y otros países que, con el paso de los años, han demostrado que también pueden encontrar aquí su lugar. Pero si tuviéramos que elegir una sola variedad internacional que haya conseguido adaptarse especialmente bien a las condiciones españolas, ¿cuál sería?

La respuesta no es sencilla. Cabernet Sauvignon, Merlot, Chardonnay, Sauvignon Blanc, Pinot Noir, Viognier, Petit Verdot o Syrah llevan décadas demostrando sus posibilidades en diferentes zonas.

Pero si tenemos en cuenta clima, adaptación al calor, capacidad de producir vinos de calidad, implantación geográfica y diversidad de estilos, hay una candidata que destaca por encima de las demás: Syrah.

No significa que sea la mejor variedad internacional para cualquier rincón de España. Significa que probablemente sea una de las que mejor ha entendido nuestro clima.

Syrah: una francesa que se siente cómoda bajo el sol español

La Syrah procede del valle del Ródano y está históricamente vinculada a zonas como el norte y el sur del valle, pero su expansión internacional ha sido enorme.

Australia la convirtió en una de sus grandes variedades bajo el nombre de Shiraz. California, Sudáfrica, Argentina, Chile o Nueva Zelanda han encontrado también diferentes expresiones de la variedad. Y España no ha sido una excepción.

La encontramos en Cataluña, Comunidad Valenciana, Castilla-La Mancha, Murcia, Aragón, Andalucía, Baleares y otras regiones. También forma parte de numerosos vinos de diferentes denominaciones y vinos de pago.

El Ministerio de Agricultura recoge la Syrah dentro del registro oficial de variedades comerciales y existen plantaciones en numerosas zonas españolas. Además, estudios realizados en Castilla-La Mancha incluyeron precisamente Syrah entre las variedades internacionales cuyo comportamiento agronómico y potencial enológico se estudiaron en diferentes condiciones edafoclimáticas.

¿Por qué funciona tan bien?

Una de las razones está en su capacidad para desenvolverse en climas cálidos y relativamente secos, siempre que disponga de unas condiciones de cultivo adecuadas.

España ofrece una enorme variedad de situaciones, pero buena parte de su superficie vitícola está sometida a veranos secos, elevada radiación solar y temperaturas que pueden ser muy altas. La Syrah no parece sentirse incómoda en estas condiciones aunque tampoco quiere decir que soporte cualquier situación.

Una cosa es tolerar el calor y otra muy diferente mantener la calidad cuando las temperaturas son excesivas o cuando la planta sufre un estrés hídrico extremo. Precisamente por eso, el manejo del viñedo resulta fundamental.

El problema no es solamente el calor

Cuando hablamos de adaptación al cambio climático tendemos a pensar únicamente en temperaturas, pero para la vid hay otro elemento fundamental: el agua.

La disponibilidad hídrica, la capacidad del suelo para retener humedad, la profundidad de las raíces, la exposición, la altitud y la amplitud térmica pueden modificar completamente el comportamiento de una variedad.

La OIV señala que las diferentes variedades de vid presentan capacidades distintas de tolerancia y adaptación frente a las limitaciones climáticas y ambientales y considera que la elección razonada de variedades y portainjertos puede mejorar la adaptación a unas condiciones de disponibilidad de agua que se ven agravadas por el cambio climático.

Por eso no podemos decir que una variedad sea “resistente al cambio climático” de manera general. La adaptación siempre es territorial.

Syrah frente a Cabernet Sauvignon

Si hacemos una encuesta entre aficionados y profesionales preguntando qué variedad internacional está mejor implantada en España, probablemente Cabernet Sauvignon aparecería muy arriba y con razón.

Cabernet Sauvignon ha demostrado durante décadas una enorme capacidad de adaptación. La encontramos desde Cataluña hasta Castilla-La Mancha, pasando por Navarra, Ribera del Duero, Comunidad Valenciana, Aragón o numerosas zonas de vinos de pago. Ha gozado también, especialmente hace años con la ventaja de que el consumidor conocía perfectamente su nombre. 

La gran diferencia es que la Cabernet Sauvignon necesita alcanzar una maduración suficiente para ofrecer sus mejores resultados. En determinados territorios españoles puede hacerlo perfectamente, pero en las zonas más cálidas la evolución de la maduración puede provocar una pérdida de frescura y un aumento de la graduación alcohólica.

La Syrah parece desenvolverse con mayor naturalidad en muchos de estos ambientes cálidos.

Por eso, si la pregunta es qué variedad internacional se siente más cómoda en buena parte de la España mediterránea, Syrah tiene argumentos muy sólidos.

¿Y Merlot?

Merlot ha tenido también una implantación importante en España. Su capacidad para producir vinos de textura amable, fruta madura y tanino generalmente más accesible la convirtió en una variedad muy utilizada durante las últimas décadas.

Sin embargo, su comportamiento en climas muy cálidos puede ser más complicado.

Cuando las temperaturas son elevadas, la maduración puede acelerarse y existe el riesgo de perder parte de la frescura que caracteriza a sus mejores expresiones.

En zonas más frescas, de mayor altitud o con determinadas condiciones hídricas puede funcionar extraordinariamente bien, pero si ampliamos el mapa a buena parte del viñedo mediterráneo español, Syrah parece disponer de un margen de adaptación mayor.

Petit Verdot, la sorpresa

Si hay una variedad internacional que ha encontrado en España un territorio especialmente interesante, esa es Petit Verdot.

Procedente de Burdeos, tradicionalmente ha tenido allí un papel secundario debido a su maduración tardía. En España, sin embargo, las condiciones cálidas y los largos periodos de maduración permiten que pueda alcanzar una madurez que en su lugar de origen no siempre resulta sencilla.

Y aquí aparece una paradoja interesante:

una variedad que en Burdeos puede tener dificultades para madurar encontró en determinadas zonas españolas unas condiciones especialmente favorables.

Petit Verdot se ha convertido así en una variedad muy apreciada para aportar color, estructura, acidez y carácter a determinados vinos. Su adaptación tiene un matiz, no es necesariamente la variedad más versátil. En muchas ocasiones funciona mejor como complemento que como protagonista absoluta.

Chardonnay: probablemente la internacional blanca más adaptada

Si trasladamos la pregunta a las variedades blancas, el debate cambia. Chardonnay es probablemente la candidata más clara. 

Se cultiva en numerosas zonas españolas y ha demostrado una gran capacidad para producir estilos muy diferentes. Puede ofrecer vinos frescos y tensos en zonas relativamente frías, blancos mediterráneos de mayor volumen, vinos fermentados y criados en madera e incluso espumosos. Su enorme plasticidad es uno de sus grandes argumentos.

Pero también presenta un problema: en zonas excesivamente cálidas puede perder rápidamente acidez y adquirir un perfil demasiado maduro.

Por eso, en el caso de Chardonnay, la altitud y la elección del momento de vendimia resultan especialmente importantes.

Sauvignon Blanc: buena adaptación, pero con límites

Sauvignon Blanc también ha encontrado su espacio en España, especialmente en determinadas zonas de Castilla y León y en otros territorios donde el clima permite conservar su marcada expresión aromática y su acidez.

Pero no es una variedad que podamos considerar tan adaptada al calor como Syrah.

Cuando las temperaturas son demasiado elevadas, puede perder parte de su tensión y de sus característicos aromas varietales. En zonas frescas, de mayor altitud o con noches frías puede ofrecer resultados extraordinarios.

Esto demuestra una vez más que la mejor variedad no existe sin el mejor lugar para plantarla.

¿Y Pinot Noir?

Aquí la respuesta es bastante más clara. Pinot Noir puede producir algunos de los grandes vinos del mundo, pero España no es precisamente el territorio que más fácilmente se adapta a ella.

Necesita condiciones relativamente frescas para desarrollar todo su potencial y mantener una buena relación entre madurez, acidez y alcohol.

Por eso sus mejores resultados españoles suelen encontrarse en lugares concretos: zonas de altitud, áreas septentrionales, determinados territorios de Cataluña o lugares donde la influencia marítima o las noches frescas permitan ralentizar la maduración.

Es una variedad extraordinaria, pero no una de las más adaptadas al conjunto del territorio español.

Viognier: una relación complicada

Viognier parecía tener muchas posibilidades en España. Es una variedad mediterránea en apariencia, aromática, de buena estructura y capaz de producir vinos con personalidad.

Sin embargo, su tendencia a alcanzar rápidamente niveles elevados de madurez puede convertirse en un problema en zonas muy cálidas.

El resultado puede ser un vino exuberante, alcohólico y con menor tensión. No significa que no funcione, significa que necesita encontrar su lugar exacto y esta es una constante que se repite con prácticamente todas las variedades internacionales.

La clave está en la diversidad climática española

Quizá el mayor error sea hablar de “España” como si fuera un único territorio vitícola. No existe un solo clima español.

Tenemos viñedos atlánticos, mediterráneos, continentales, semidesérticos y de montaña. Tenemos viñedos a nivel del mar y otros que superan ampliamente los 1.000 metros. Tenemos zonas donde la lluvia supera ampliamente los 1.000 mm anuales y otras donde apenas se alcanzan unos pocos cientos.

Por eso una variedad puede ser extraordinaria en un territorio y mediocre a pocos cientos de kilómetros. La propia OIV recomienda analizar la variabilidad climática a escala regional y local para valorar las estrategias de adaptación de la viticultura.

Syrah también tiene sus puntos débiles

Defender la Syrah como candidata a “variedad internacional mejor adaptada” no significa ignorar sus problemas. En condiciones excesivamente cálidas puede producir vinos muy alcohólicos y con fruta demasiado madura.

Además, su comportamiento depende mucho del rendimiento, la exposición, el manejo de la vegetación, el estado hídrico y el momento de vendimia.

Y existe otro aspecto importante: no todas las Syrah españolas saben igual.

Una Syrah cultivada en el Empordà no tiene por qué parecerse a otra de Jumilla, Manchuela, Castilla-La Mancha o Mallorca. Y eso es precisamente lo interesante. La variedad puede adaptarse al territorio sin perder completamente su identidad.

El futuro puede cambiar la respuesta

Y aquí está la parte más interesante del debate. Quizá dentro de veinte años la pregunta tenga otra respuesta.

El cambio climático está obligando a reconsiderar las variedades que plantamos y las zonas donde las plantamos.

La investigación española ya está trabajando en esta dirección. En Madrid, por ejemplo, estudios realizados en la colección de variedades de El Encín han evaluado variedades minoritarias y extranjeras para identificar materiales que puedan ofrecer alternativas frente a las nuevas condiciones climáticas. Esto abre una posibilidad apasionante.

Puede que algunas variedades internacionales que hoy consideramos secundarias adquieran mayor importancia. Pero también puede ocurrir lo contrario: que el futuro de la viticultura española esté precisamente en nuestras propias variedades autóctonas.

Garnacha, Monastrell, Bobal, Cariñena, Mencía o determinadas variedades minoritarias podrían tener una ventaja que ninguna variedad internacional puede comprar: llevan siglos adaptándose a nuestros territorios.

Entonces, ¿cuál es la ganadora?

Si tenemos que mojarse, mi respuesta sería: 

Syrah

No porque sea necesariamente la que produzca los mejores vinos, ni porque pueda cultivarse con éxito en cualquier parte de España.

Sino porque reúne una combinación especialmente interesante de características:

  • Buena adaptación a climas cálidos.
  • Capacidad para trabajar con una disponibilidad hídrica limitada cuando el viñedo está bien planteado.
  • Buena maduración en buena parte del territorio mediterráneo.
  • Capacidad para mantener una acidez razonable en determinadas condiciones.
  • Potencial para producir vinos tanto jóvenes como de crianza.
  • Versatilidad geográfica.
  • Capacidad para expresar diferentes terroirs.
  • Una implantación suficientemente amplia como para haber demostrado su adaptación real, y no solamente experimental.

Y además tiene algo que no podemos olvidar: produce buenos vinos.

Porque de poco serviría una variedad perfectamente adaptada al clima si el resultado en la copa no nos interesa.

Nuestro particular podio

Si tuvieramos que elaborar un pequeño ranking de variedades internacionales pensando en su adaptación al conjunto del viñedo español, y no exclusivamente en la calidad de los vinos, mi podio sería:

1. Syrah — especialmente fuerte en ambientes mediterráneos y cálidos.

2. Cabernet Sauvignon — enorme capacidad de adaptación y una presencia consolidada en numerosas zonas.

3. Chardonnay — probablemente la blanca internacional con mayor capacidad para producir estilos diferentes en España.

Y justo detrás colocaría a Petit Verdot, que merece una mención especial por haber encontrado en determinadas zonas españolas unas condiciones incluso más favorables que las de su territorio de origen.


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