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Vino de Tea: cuando el corazón del pino canario acaba en la copa

En el noroeste de La Palma existe una forma de hacer vino que difícilmente podría reproducirse en otro lugar del mundo. Allí, algunas elaboraciones tradicionales envejecen en pipas construidas con el corazón del pino canario. El resultado es un vino marcado por la resina, los recuerdos de bosque y unas notas mentoladas que lo convierten en una de las grandes rarezas de la viticultura española.

 

Hay vinos que hablan de un paisaje. Otros parecen llevarlo dentro.

En el noroeste de La Palma, una de las islas más singulares del archipiélago canario desde el punto de vista vitivinícola, existe un vino en el que esta relación entre territorio y copa alcanza una dimensión extraordinaria. Se llama Vino de Tea y su particularidad no reside únicamente en las variedades de uva, en los suelos volcánicos o en la altitud de sus viñedos. Está, literalmente, en la madera.

Porque aquí la tradicional barrica de roble o castaño fue sustituida por algo mucho más cercano: el corazón del pino canario (Pinus canariensis), conocido como tea.

El resultado es un vino con una personalidad aromática y gustativa inconfundible, marcada por las características de una madera resinosa que lleva siglos formando parte de la cultura vitivinícola palmera.

Y quizá lo más fascinante sea que esta historia podría desaparecer si no se consigue conservar las antiguas pipas en las que todavía se elabora.

¿Qué es exactamente el Vino de Tea?

Dentro de la Denominación de Origen Vinos La Palma, el término Vino de Tea identifica a los vinos elaborados en la subzona Norte de la isla que adquieren sus características tradicionales por su permanencia en envases fabricados con madera de Pinus canariensis.

La normativa contempla vinos blancos, rosados y tintos, y establece un tiempo máximo de permanencia de seis meses en estos envases de pino canario, evidentemente, detrás de esta definición administrativa existe una tradición mucho más antigua.

El Vino de Tea está especialmente ligado al noroeste de La Palma, una zona que comprende municipios como Garafía, Puntagorda y Tijarafe, caracterizada por una orografía complicada, fuertes pendientes, barrancos y viñedos situados a gran altitud.

En este paisaje, la viticultura nunca fue sencilla. Tampoco lo fue conseguir determinados materiales procedentes del exterior de la isla y ahí es donde el pino canario comenzó a formar parte de la historia del vino.

Cuando el bosque sustituyó al roble

En buena parte del mundo del vino, cuando hablamos de crianza pensamos inmediatamente en el roble.

Francés, americano, centroeuropeo… la madera de roble se ha convertido en uno de los elementos clásicos de la enología moderna. Pero en La Palma las circunstancias eran diferentes.

La disponibilidad local del pino canario, un árbol perfectamente adaptado al territorio insular, facilitó históricamente el desarrollo de recipientes de madera propios.

La madera utilizada para las tradicionales pipas de tea procede del duramen, es decir, de la parte interior y más densa del tronco. Y no es una madera cualquiera.

El pino canario posee una importante presencia de compuestos resinosos que terminan teniendo una influencia evidente sobre el vino. De ahí que una copa de Vino de Tea pueda resultar tan diferente de un vino criado en roble. No se trata simplemente de sustituir una madera por otra, es cambiar por completo el lenguaje aromático de la crianza.

 

 

¿A qué huele un vino criado en pino?

Esta es probablemente una de las primeras preguntas que se hace cualquiera que prueba un Vino de Tea. La respuesta está en buena medida en la propia madera.

Los estudios realizados por investigadores del Instituto de Productos Naturales y Agrobiología del CSIC han demostrado que estos vinos presentan una composición volátil característica y una presencia significativa de α-terpineol, un compuesto asociado a la madera resinosa del pino.

En términos sensoriales, esto ayuda a explicar algunas de las notas que hacen reconocibles a estos vinos: matices resinosos, mentolados, herbáceos y balsámicos, integrados con los aromas procedentes de las uvas y de la propia fermentación. Es una sensación muy particular.

No estamos ante la vainilla, el coco, el cacao o las especias que podemos asociar a determinados tipos de crianza en roble. Aquí aparecen recuerdos de bosque, resina, monte y hierbas aromáticas. Una copa de Vino de Tea puede hacer que el paisaje de La Palma parezca mucho más cercano.

Una tradición que no busca parecerse a nadie

Existe una comparación inevitable cuando se habla de vinos con carácter resinoso: la Retsina griega.

La comparación resulta útil para entender la sensación aromática, pero ambos vinos son diferentes y tienen historias y métodos de elaboración propios.

En la Retsina, la tradición está relacionada con el uso histórico de resina de pino durante la elaboración y conservación del vino.

En el Vino de Tea, en cambio, la influencia resinosa procede fundamentalmente del contacto del vino con las pipas elaboradas con madera de tea.

Dos tradiciones mediterráneas que llegaron a soluciones diferentes ante una misma cuestión: cómo conservar y elaborar vino utilizando los recursos disponibles en su territorio.

Un vino nacido de muchas uvas

Otra de las particularidades del Vino de Tea es que históricamente no responde necesariamente al concepto moderno de un vino elaborado a partir de una única variedad perfectamente identificada.

Las investigaciones realizadas sobre estas elaboraciones muestran que las mezclas tradicionales podían reunir diferentes variedades blancas y tintas.

Entre ellas aparecen Negramoll, Listán Blanco, Albillo, Prieto y Almuñeco, aunque la composición puede variar considerablemente de una elaboración a otra y de una añada a otra.

Esta diversidad tiene una explicación práctica. Las diferentes variedades maduran en momentos distintos y aportan características diferentes al ensamblaje. Las blancas pueden contribuir con azúcar y determinados componentes de acidez, mientras que las variedades tintas aportan color, estructura y acidez.

El resultado es un vino que históricamente se ha construido más desde el equilibrio de las variedades disponibles y las condiciones de cada cosecha que desde una receta absolutamente rígida. Y eso explica también por qué existe tanta diversidad entre los Vinos de Tea.

 

Viñedos entre volcanes y barrancos

Para entender este vino hay que mirar también hacia la viña.

Los estudios científicos realizados sobre Vino de Tea han analizado elaboraciones procedentes de viñedos del noroeste de La Palma situados aproximadamente entre 800 y 1.600 metros de altitud, en un territorio de origen volcánico.

La viticultura en estas zonas está condicionada por una geografía abrupta, con pendientes y barrancos que dificultan el trabajo agrícola. Pero precisamente esa dificultad ha contribuido a conservar una viticultura de enorme personalidad.

La Palma es uno de esos territorios donde la historia de la vid se encuentra profundamente ligada al aislamiento geográfico. La presencia de variedades minoritarias, la conservación de prácticas tradicionales y la adaptación de la viticultura a las condiciones de la isla han construido un patrimonio que no puede entenderse separado del paisaje.

El Vino de Tea es probablemente uno de sus ejemplos más extremos.

Pipas que pueden tener más de cien años

Y llegamos a uno de los aspectos más sorprendentes de esta historia.

Muchas de las pipas de tea que todavía se utilizan son muy antiguas. Algunas tienen más de un siglo. El motivo es que hoy no resulta sencillo fabricar nuevas pipas de este tipo.

El pino canario está protegido y la disponibilidad de madera adecuada es muy limitada. Además, la tradición artesanal de fabricación de estas grandes pipas prácticamente ha desaparecido.

Eso significa que el patrimonio material necesario para producir Vino de Tea está formado, en buena medida, por recipientes antiguos que continúan utilizándose generación tras generación.

Una barrica de roble puede sustituirse por otra fabricada hoy. Una pipa de tea histórica no es tan fácil de reemplazar. Por eso, en los últimos años se han desarrollado iniciativas destinadas a localizar, documentar e inventariar estas pipas, precisamente para conocer mejor este patrimonio y contribuir a su conservación.

La ciencia entra en la pipa

Durante mucho tiempo, el carácter singular del Vino de Tea formó parte fundamentalmente del conocimiento transmitido entre generaciones pero, en los últimos años, la ciencia ha comenzado a explicar qué ocurre dentro de estas antiguas pipas.

Investigadores del IPNA-CSIC estudiaron muestras de Vino de Tea mediante análisis fisicoquímicos y cromatográficos, además de realizar entrevistas a elaboradores profesionales y tradicionales.

El objetivo era doble: comprender qué hace diferente a este vino y documentar una tradición que corría riesgo de desaparecer.

Uno de los resultados más interesantes fue precisamente la identificación de una presencia significativa de α-terpineol, relacionada con el contacto del vino con la madera de pino.

Esto aporta una explicación científica a algo que los elaboradores palmeros conocen desde hace generaciones: que la tea no es un recipiente neutro. La madera forma parte del vino.

Un patrimonio que casi se pierde

Y aquí aparece la parte menos romántica de la historia. El Vino de Tea ha tenido que enfrentarse a problemas de escasa producción, limitada viabilidad comercial, pérdida de conocimientos tradicionales y dificultad para mantener las antiguas pipas.

Durante años, estas circunstancias hicieron temer por la continuidad de una elaboración que forma parte de la identidad cultural de la isla.

Precisamente por eso resulta especialmente importante que el Vino de Tea haya comenzado a ser estudiado no solo como un producto enológico, sino también como patrimonio cultural alimentario.

El trabajo científico y etnográfico realizado en La Palma ha contribuido a documentar sus técnicas, sus protagonistas, sus recipientes y sus características.

Incluso se ha desarrollado un proyecto específico para estudiar su historia con vistas a su posible reconocimiento como Bien de Interés Cultural. Porque conservar un vino como este no significa únicamente conservar una botella.

Significa conservar una forma de cultivar, una forma de elaborar, una madera, unas variedades, unos conocimientos y una relación determinada entre una comunidad y su territorio.

¿A qué sabe el paisaje?

Quizá esa sea la mejor forma de entender el Vino de Tea. Hay vinos en los que el lugar de origen se expresa a través del suelo, del clima o de la variedad. Aquí el territorio llega un paso más lejos. La isla está en la uva, pero también está en la madera.

El pino canario que crece en las montañas de La Palma termina convertido en una pipa. La pipa entra en contacto con el vino. La resina y los compuestos aromáticos de esa madera modifican su perfil. Y finalmente todo aquello llega a la copa.

Viña, bosque, volcán y tradición terminan formando parte del mismo vino. Por eso resulta difícil encontrar un equivalente exacto. 

El Vino de Tea no intenta reproducir un vino de roble. Tampoco pretende competir con los grandes estilos internacionales de crianza. Es la expresión de una solución local que nació de las circunstancias de una isla y que, con el paso del tiempo, se convirtió en una auténtica identidad enológica.

Un vino que merece ser descubierto

En un mundo del vino cada vez más globalizado, donde las técnicas de elaboración pueden reproducirse a miles de kilómetros de distancia, encontrar una elaboración que depende de una madera concreta, unos recipientes históricos, unas variedades tradicionales y un territorio específico resulta extraordinario.

Y ahí está precisamente el valor del Vino de Tea, no es únicamente una curiosidad enológica, es una cápsula de historia.

Una botella puede contener un vino elaborado a partir de varias variedades, pero también puede contener parte de la memoria de una isla. Quizá por eso, cuando se prueba un Vino de Tea, la pregunta más interesante no sea únicamente “¿a qué sabe?”

Sino:

¿cuántos vinos quedan en el mundo capaces de contar una historia como esta?

Y en el caso de La Palma, la respuesta pasa por cuidar las viñas, preservar las variedades tradicionales, mantener vivas las técnicas de elaboración y, sobre todo, conservar esas antiguas pipas de tea que permiten que una tradición de siglos siga llegando hasta nuestras copas.

Porque mientras exista una pipa de tea, una vendimia y alguien dispuesto a mantener este conocimiento, el corazón del pino canario seguirá teniendo una segunda vida: dentro del vino.

  1. #1

    Josep_Gallego

    Un producto único, diferente y que por su tradición e historia estaría bien conservar. Gracias

  2. #2

    Mazuelo

    Como todos tus artículos, superinteresante, Ainhoa. Me ha recordado al fondillon, que aunque la elaboración no tiene nada que ver, sí por la limitación de las pipas y fudres... Muchas gracias por descubrirnos estas elaboraciones, saludos

  3. #3

    Wineandlove

    Que interesante, desconocía estos vinos, debe ser curioso ese sabor a madera y resinas. A ver si encontro alguno o es accesible por internet. Muchas gracias!

  4. #4

    Javierpozo

    Gran artículo, me encantó! Gracias por compartirlo. Saludos


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