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Cabernet franc, Côtes du Rhône y un alma discotequera en Brooklyn

jeebus (Lli-bus) n. v. Dícese de una tarde o noche celebratoria donde se enfatiza la camaradería y el poder embriagante del buen vino. El origen del término es incierto. Atribuído a diversas fuentes decomonónicas norteamericanas y europeas, se han encontrado también conexiones del término a la cultura maya y a jeroglíficos egipcios. Encontramos menciones de jeebus en la novela Moby-Dick de Herman Melville, así como también en Also Sprach Zarathustra, del filósofo austriaco Friedrich Nietzsche. En Latinoamérica, Jorge Luis Borges se refirió en múltiples ocasiones a "un divino llivus en el otro lado de un espejo," mientras que los cubanos Alejo Carpentier y Nicolás Guillén hacen referencias diversas a una probable variante afroantillana designada como "yibú" o "yibó." En la actualidad, diversos grupos humanos en el noreste de los Estados Unidos practican el jeebus frecuentemente. Lo entienden como una animada reunión en la que el número de botellas de vino consumidas guarda una proporción 3:1 o superior a los participantes, humanos o de otras especies.

La pila de papel se hace cada día mayor. ¡Tantísimas opiniones y tan poco tiempo para revisarlas, transcribirlas, hacerlas potables para los que no han sido entrenados en descifrar mi bizantina taquigrafía sensualista!

En fin, que ahora me siento a rememorar comiditas y comidotas, vinitos y vinazos, risas y dolores.

Hace ya casi dos semanas, una noche asquerosa de lluvia y viento noreste. No se sabe quién es más maniático, si el inglés que organiza una nochecita de vinos en su casa de Brooklyn y no la cancela ni por nada, o los que insistimos en asistir. Veinte dólares de taxi y dos paraguas destrozados. Josie no para de proclamar: “Mira lo que yo tengo que hacer por ti y tus vinerías...”

Es así como empezamos la noche en casa de Tony Fletcher, británico pinchadiscos de renombre, enófilo, escritor y maratonista (oficialmente estamos celebrando el que Tony haya corrido por primera vez el Maratón de Nueva York) y todólogo renacentista de los que me gustan a mí.

Tony nos ha convocado para degustar una tanda de blancos varios, otra de cabernet franc proveniente de este maravilloso estado de Nueva York y, finalmente, un montón de ródanos del sur, de las apelaciones “villages” que han ganado gloria en los últimos tiempos.

Se abre la sesión con un par de blanquitos del Mosel que he traído yo. Los dos son del mismo productor y de la misma designación Kabinett. El Willi Schäfer, Riesling “Graacher Himmelreich” Riesling Kabinett, Mosel-Saar-Ruwer 2001 es un vinito apretado en nariz y boca. Cítrico y con acentos de manzana verde, seguidos de una bonita corriente de lanolina y arena caliente. Levemente dulce y vivaz, con un posgusto recogido que se convierte en una fina banda de acidez y mineralidad. Nada muy memorable, pero agradable.

El Willi Schäfer, Riesling “Wehlener Sonnenuhr” Riesling Kabinett, Mosel-Saar-Ruwer 2001 es otra historia. Llano y hasta un poquito vulgar, con melocotón compotado y cáscara de limón. Final fofo, con rastros de sabor flotando sin ton ni son. Una mini-porquería.

Un Nikolaihof, Riesling “Vom Stein” Mautern Federspiel, Wachau, Austria 2000 está quedito, tranquilo. Por más que meneo la copa, sale poco y eso es un misterio para un vino de Nikolaihof, esta casa organicista y demeteriana (de esa gente genial que baila a la luz de la luna y regularmente crean algunos de los vinos más puros y expresivos del mundo). ¿Qué pasa? Bueno, lo que hay: Profundamente mineral, con elementos volcánicos; cítricos y algo de ruibarbo, citronella y té verde japonés. Buena estructura, buen largo. Pero faltan la vitalidad y el alcance habitual de los rieslings de Nikolaihof.

De una botella muy estilizada, que parece más de vinagre balsámico caro que de vino blanco alemán, sale un Krebs, Grode “Gubtausfüllung” Riesling Auslese Trocken, Reinhessen 1998. Así mismo. Parecerá contradictorio, pero esto es “auslese” y “trocken.” Aromas de albaricoque, piedras calcáreas y un toque de azufre, miel, savia de árbol, jengibre y limón verde. Pesadito y directo en boca. Notas herbáceas que me recuerdan cannabis, jengibre en conserva, notas térreas y compota de melocotón. Buen largo, pero el final carece penosamente de elegancia. Por extraño que parezca, sí es casi seco.

Siguen un par de desafortunados blanquitos del ródano. El Marc Autran, “Domaine de Piaguiet,” Sablet 1999 parece estar levemente estropeado. Yerbabuena, membrillo, pera y algo de oxidación en la nariz. Lo mismo en boca. Un vinito algo incoherente, con los sabores saliendo despavoridos en direcciones diferentes. Acidez considerable. Pero el efecto total es confuso y muy, pero muy expectorable.

Pero lo verdaderamente imperdonable es un asqueroso Domaine de Sainte-Anne, Côtes du Rhône Blanc 2000. Declaran por ahí que es viognier, pero por mí podría bien ser uno de esos horribles compuestos de vodka con extractos artificiales de “frutas.” Huele a alcohol, flores putrefactas y jugo de pera. En boca no hay nada más que glicerol y alcohol agresivo. Un líquido activamente desagradable que parece más grappa industrial de baja calidad que vino.

Comienzan los tintos de cabernet franc con un Hahn, Cabernet Franc, Santa Lucía Highlands, Monterey, California 1998. Los que han seguido mi trayectoria como cronista de delicias y torturas enológicas en la red sabrán de los encontronazos que he tenido con ciertos defensores de Monterey como región vitivinícola de valor. De ese punto en California han salido muchos de los potingues más desagradables que me ha tocado probar en años. Este Hahn no se queda atrás. Pimiento morrón verde, pasas y madera agresiva. Reseco en boca, con un dulzor sacarino y patético y una serie de elementillos pellejudos y descoyuntados.

Una grata sorpresa sigue, el Standing Stone, Cabernet Franc, Finger Lakes, New York 1998. Aromas y sabores limpios de frutas del bosque con agradables notas térreas y de hojas secas. Carnoso y amplio en boca. Equilibrado y con excelente largo. Un vinito fácil de beber.

Otro vino decente de nuestra vecindad es el Millbrook, Cabernet Franc, New York State 2000. Parece gustar mucho más a la mayoría de los comensales que el Standing Stone, pero debo confesar que prefiero a este último por mucho. El Millbrook es carnoso, potente y casi californiano. Los aromas de cassis y frambuesa tienen algo de artificial (mi amigo Joe Dressner ya ha dicho muchas veces que eso se debe al uso de levaduras inoculadas que no son necesariamente favorables al perfil aromático verdadero de la cabernet franc). Un vino muy concentrado, un poquito torpe. Pero tiene un buen postgusto, con leves notas especiadas y frutosidad mermeladesca abundante.

Terminados los neoyorquinos, se presentan un par de loiras para comparación. El Bruno Sourdais, “Les Cornuelles,” Chinon 2000 es un chinoncillo honesto de una añada bastante “light.” Pimiento morrón, arándano, tinta china, tierra. Carnoso en la boca, amigable. Un vinito bien hecho.

El Domaine de Taluau, Vieilles Vignes, Saint-Nicolas de Bourgueil 1996 es un vino que todavía ni se acerca a estar listo para beber. Pero decidimos probarlo para dar un “progress report.” Decantado una hora, se muestra seriote y complejo, inescrutable. Mi juego de manos con la copa revela aromas de trufa blanca, mora, frambuesa, tabaco maduro y tierra que hablan en susurros. Apretado y difícil ahora mismo. En boca detectas varias capas de sabor, pero no puedes admirarlas plenamente. Largo y térreo, con taninos fuertes. Necesita por lo menos un lustrillo en bodega.

Un Olga Raffault, “Les Picasses,” Chinon 1996 servido a ciegas nos confunde a todos. Nariz sulfurosa, con notas herbáceas y de tallo de vid, arcilla, frambuesa y piel de cereza. Bien estructurado en boca, con alguito de salado que me aleja de Chinon en el pensamiento. Me parece un poquito hueco y eso es lo más desconcertante. Final medio, un poco falto de complejidad.

Lo siguiente también viene a ciegas. Un brebaje fofo y en plan medio químico que parece ser una combinación de Ribena, alcohol, dentífrico, Vicks’ Vap-O-Rub y volatilidad. El Hosmer, Cabernet Franc, Cayuga Lake, New York 1999, infiltrado en la tanda del Loira, es otro asunto impotable. Por el fregadero de la cocina se va casi inmediatamente.

De una partida que ha salido al mercado recientemente, probamos el Pierre et Catherine Breton, “Les Galichets,” Bourgueil. Es un vino que conozco bien y que me gusta mucho. Esta botella no se muestra tan amigable y elocuente como otras que he probado, pero no deja de ser un vino excelente. Sous-bois, salsa de soya, heno, silla de montar y muy puro aroma de moras, cerezas y frambuesas negras. Un vino serio en boca, con mucho nervio y taninos firmes. Largo, intenso y repleto de mineralidad muy bien enfocada en el postgusto.

Acto seguido, nos bajamos al Ródano con el suculento Alain Voge, Côtes de Rhône 2000, que presenta aromas muy puros de Syrah de Cornas desde el principio. Tocino, especias, cereza negra y cocoa. Sedoso y muy amigable, con uno de estos pasos de boca tan suaves que te dejan sonriendo beatíficamente. Final largo, frutoso y con acentos de cuero y romero. Bonito, bonito, bonito...

El Domaine de Sainte-Anne, “Cuvée Nôtre Dame de Callettes,” Côtes du Rhône Villages 1999 huele a pimienta negra, cereza, anís y... ¿Qué es eso, curry? Sencillo y de taninos granulosos en boca. Corto.

Un Olivier Cuilleron, Vieilles Vignes, Visan 2000 presenta algo extraño, aromáticamente. Huele como un abrigo de lana mojado por la lluvia. Nada que ver con TCA; se trata de un olorcillo a humedad que distrae un poco, sin ser ofensivo. En nariz, anís, ciruela roja, arándano y mora con un toquecito de agua de violetas. Corpulento en boca, pero con excelente acidez. Final sustancioso y largo, con mucha mineralidad y algo de tomillo seco. Me gusta.

Nuestro buen amigo Eric Texier alguna vez fue un físico nuclear, o algo por el estilo. Ahora es una de las “rising stars” en el Ródano. Hemos tenido la gran suerte de que nos visitara un par de veces en Manhattan, gracias a la gente de Chambers Street Wine, allá al lado de lo que fuera World Trade Center (que conste, no es un anuncio). Hemos catado con él y nos ha contado su filosofía enológica (es un terroirista crónico y un purista de los de verdad, que busca autenticidad y expresión sin trucos de cámara u otras burradas).

Nuestro anfitrión esta noche ha logrado algo muy valioso. Ha sacado de su bodega unas cuantas botellas y ha apelado a algunos de nosotros para ubicar otras. Así hemos conseguido una mini-horizontal de los vinos que ha elaborado Eric Texier en el 2000, de las subapelaciones que constituyen el conglomerado “Côtes du Rhône Villages.” En la mayoría de los casos, la grenache juega un papel protagónico en el vino, lo que los hace especialmente interesantes.

Iniciamos la ronda con el Eric Texier, Chusclan, Côtes du Rhône Villages 2000. Perfume de rosas secas, tierra mojada, tocino, lavanda, arándano, ciruela, frambuesa y regaliz. Deliciosamente complejo en la boca también. Es ligero de cuerpo. Un vino ágil y preciso, con muchas facetas perfectamente discernibles. Delicioso.

El Eric Texier, Saint-Gervais, Côtes du Rhône Villages 2000 resulta amplio y expresivo en un principio. Tierra, cuero, violetas, frambuesas, pasas y un toquecito de crème de cassis. A media boca se aprieta y saca los dientes un poco. Taninos bastante recios, con una nota de pimienta negra en el postgusto.

El Eric Texier, Séguret, Côtes du Rhône Villages 2000 es todo pan tostado y jalea de frambuesa en la nariz. Dulce y voluptuoso, con fruta bien madura, limpia y con graciosos acentos especiados. Si peca de ser un poquito simplista de entrada, en el postgusto compensa de sobra. Excelente acidez y taninos vivos, con las especias manifestándose más y más, como espuma en olas de frutas del bosque.

Las vides de grenache que dan el Eric Texier, Vaison La Romaine, Côtes du Rhône Villages 2000 tienen aproximadamente ochenta años. Eric añade un poco de Syrah al asunto, para hacerlo aún más interesante. Especias de pastelería, arándanos pasificados, frambuesas, carbón, azúcar prieta y romero en la nariz. Firme y especiado en la boca, con fruta muy concentrada y taninos algo granulosos. Largo y potente, pero demasiado primario todavía en el postgusto. Necesita un par de años para abrirse y pulirse. Un vino fenomenal, en potencia.

Salidos de la educativa experiencia con los vinos de Texier, seguimos con dos añadas del Domaine de la Mordorée, Lirac, el 1999 y el 1998. El primero está timidón, con aromas leves de pasas, anís y tierra negra. En boca está casi completamente cerrado y no quiere saber de nadie. Buena concentración de fruta y taninos recios. Hay que diferir cualquier juicio, especialmente viendo lo que hace su hermanito mayor, el del 98... Tomillo, clavo dulce, canela, jamón ahumado, tierra, cereza negra y frambuesa en la nariz. Fruta amplia al entrar a la boca, que se contrae un poco y se mete entre dos vías de tanino granuloso y fuerte. Postgusto largo y complejo, con bonitos acentos especiados y minerales. Se deja beber ahora, pero es mejor esperarlo un poco más.

Un Château Saint-Maurice, “Cuvée Vicomte de Joyeuse,” Côtes du Rhône Villages 2000 sufre de mutismo aromático. Sous bois, granos de cola, comino y azúcar prieta en una camita de moras, pero todo se expresa en un murmullo casi ininteligible. Limpio en boca y medianito de cuerpo. Buen largo, con un poquito más de comunicación en el postgusto.

El Domaine Les Aphillenthes, “Cuvée des Galets,” Côtes du Rhône Villages 2000 huele un poquito a bestia sudada. También huele a bombones de cereza recubiertos de chocolate, a pasas y a cáscara de manzana. Mullido y dulzón al paladar. Simple. Un vinito para beber sin pensar.

El Domaine Viret, “Maréatis,” Saint-Maurice, Côtes du Rhône Villages 1999 me encanta desde el primer instante. Gran aroma de arbusto, especias, frambuesa, mora, piedras calientes y aceitunas negras. Muy puro y elocuente en boca, sedoso y excelentemente enfocado. Largo y suculento. Un vino que me deja muy satisfecho.

Como epílogo a todo este vinerío, Walt Carpenter, un californiano a quien no conozco personalmente, pero con quien he tenido entretenidas discusiones en varios foros internéticos, me ha enviado algo etiquetado “For the Manuel Camblor Education Trust,” consignado a nuestro amigo mutuo Chris Coad, quien lo ha traído a casa de Tony. Estoy en la obligación de abrir la botella de Dehlinger, Pinot Noir “Goldridge Vineyard,” Russian River Valley, California y probarla.

Bien sabidas por muchos internautas son mis negativísimas opiniones sobre las barbaridades que se hacen en California con la uva pinot noir. Desde los atroces Martinelli, con alcoholes que andan por 16% fácilmente hasta los dolorosamente sobreextraidos Flowers, de pestilencia tan terrible que raras veces puedo sacar suficiente coraje para llevármelos a la boca. Son muchos los horrores a los que he sido sometido que quedan archivados bajo la rúbrica “Pinot Noir/California.” Están muy bien documentados. Y sin embargo, Walt quiere “educarme,” hacerme ver que en California hay buen pinot noir. Pues, “valor y al toro,” me digo.

La primera impresión es de polvo de cinco especias chino, por montones, pilas, burujones y puñados. Luego sale un aromita de galletas de avena, balsámico, chocolate, ciruelas pasas y mermelada de frambuesa. Un vino con grandes pretensiones, a las claras. Sufre del tratamiento altamente intervencionista que se da a los pinots en california. Es un vino concentrado y potente, pero misteriosamente no peca de los excesos etílicos de muchos de sus coterráneos. Buen equilibrio, para un vino tan masivo, con un final algo monolítico, pero largo.

Okey, se puede beber... Pero lo único que esto me enseña es que la regla de que los pinots californianos son bodrios impotables tiene, por lo menos, una excepción.

Con esa copa en la mano, me doy cuenta de que por mis oídos está entrando algo inesperado. Oigo un ritmo de hard house que viene desde la planta de arriba en casa de los Fletcher. Reconozco la música de Underworld, que inmediatamente mezcla con algo de Groove Armada. Pero DJ Tony está sentado frente a mí en la mesa de la cocina. ¿Quién podrá ser responsable por este giro evolucionario de nuestra velada?

“Es mi mujer,” dice Tony. Eso me pica la curiosidad y sencillamente tengo que ir a ver y escuchar a esta otra revelación musical de la familia Fletcher. Quizás hasta mueva un poco el esqueleto en preparación para el viaje a casa.

Hay que ver que la vida, de vez en cuando, se porta fabulosamente...

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