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Cuatro bodegas, cuatro miradas al alma del vino. I Espinosa de los Monteros

Jerez no es solo un lugar, es un ritmo, una forma de mirar el tiempo. En esta reciente visita al Marco, hemos recorrido cuatro bodegas singulares que, desde distintas perspectivas, nos han permitido asomarnos al corazón de unos vinos únicos en el mundo. Iniciamos nuestro recorrido por una bodega que es pura armonía.

Espinosa de los Monteros: el jerez como arte y afinación

Bodega Espinosa de los Monteros no busca atención, pero la merece. Tiene algo que muy pocas bodegas del mundo pueden ofrecer: tiempo, belleza, verdad y silencio. Vinos que no necesitan gritar porque tienen algo que decir. Una colección de instrumentos que no decora, sino que dialoga con las botas. Y una filosofía de trabajo que rehúye la cantidad para abrazar lo esencial.

Entrada verja bodega Espinosa de los Monteros

Al cruzar el umbral de la Bodega Espinosa de los Monteros, uno tiene la sensación de haber traspasado no solo una puerta, sino una membrana temporal. Fundada oficialmente como bodega en 1985 en 2019 entra a formar parte del Consejo Regulador,  aunque su origen como casa de crianza se remonta al siglo XVII. Esta joya oculta en el corazón de Jerez ha permanecido, hasta hace muy poco, suspendida en el tiempo. Antonio Espinosa de los Monteros, su alma y custodio, pertenece a una larga estirpe vinculada al jerez desde el siglo XIX. Empezó en el oficio con apenas 14 años, y su voz transmite ese respeto casi litúrgico por el vino que solo los viejos jerezanos entienden. Fundó esta bodega con la voluntad de preservar la esencia del vino viejo, el silencio de las botas y la calma de la crianza pausada.

Antes, todas las familias trabajaban en las bodegas. Todo era artesanal, hoy muchas cosas se han industrializado. Nosotros seguimos el viejo camino, afirma.

Espinosa no es una bodega comercial al uso. No tiene distribución nacional, ni busca estar en todos los rincones. De hecho, ellos mismos gestionan sus ventas directamente y prefieren llegar sólo donde quieren estar, no donde les resulte fácil vender. Su filosofía es clara: elaborar muy poca cantidad, 500 botellas por tipo de vino aproximadamente y mantener un nivel de calidad y singularidad innegociables.

Nuestros vinos no están hechos para estar en todos lados. Si los tiene alguien, es porque los valoran de verdad.

El vino que suena

Jerez, a veces, se esconde en rincones inesperados. Y en esta casa del siglo XVII, donde suena el vino y se bebe la música, el jerez vuelve a ser arte.

La visita comienza entre botas centenarias, con ese silencio húmedo que solo las grandes crianzas saben guardar. Aquí todo se elabora por el sistema tradicional de criaderas y soleras, exclusivamente con vinos de crianza oxidativa. Su gama, bajo la marca Ícono, incluye Amontillado, Palo Cortado, Oloroso, Pedro Ximénez y Cream  todos con categoría VORS (más de 30 años de vejez media). Destaca su Oloroso VORS, galardonado con medalla de oro en la IWC 2024, y su Palo Cortado, considerado entre los mejores del país.

Bodega Esppinosa de los Monteros

Probamos directamente de la bota un fino excepcional: más de 25 años de crianza, de color ambarino intenso, ese tono que los finos tenían antes, cuando salían con años, no con meses. En palabras de Antonio:

Hoy los finos salen demasiado jóvenes. El color ha desaparecido. Nosotros mantenermos ese perfil clásico: fino viejo, elegante, con flor sutil y carácter.

El fino es, de hecho, la estrella reciente de la casa. Se agotó rápidamente tras su lanzamiento, y representa un gesto valiente: reivindicar la tipología más olvidada del Marco con el rigor del tiempo.

Probamos además de la bota un vino que refresca el fino viejo, y pudimos ver las distintas floraciones en las botas: algunas densas, otras ya retiradas, cada una con su aroma, su textura, su “voz”. También catamos sus sobretablas del año anterior, en plena evolución. 

También elaboran brandys únicos, en cantidades casi simbólicas, embotellados con bocas de plata. Se trata de productos casi de joyería, pensados sólo para quienes entienden la historia del jerez.

 

El museo secreto del siglo XIX

Pero si algo convierte a esta bodega en un lugar singular, más allá del vino, es su colección de instrumentos de cuerda. Más de 300 piezas únicas se exhiben en la planta superior de la bodega, creando una atmósfera que mezcla madera antigua, armonía, silencio y polvo de historia.

La colección ha sido reunida por Antonio a lo largo de más de 40 años, e incluye guitarras de todos los paises y tipos, incluso alguna de Andrés Marín (Valencia), piezas construidas con madera de raíz del árbol, y un piano que participó en la Exposición Universal de París de 1850.

Hay guitarras en las que se pueden ver las marcas de los dedos, los agudos, cómo tocaban. Antes eran más pequeñas, como la gente, y casi todas tenían el mismo tamaño,

Comenta mientras nos muestra una guitarra hecha para flamenco a partir de 1860.

Al preguntarle a Antonio por el más grande maestro de la guitarra española no duda ni un segundo: Manolo Sanlucar, a pesar de que no es de Jérez. 

El paralelismo entre el afinado de una guitarra y el afinado de una solera no es casualidad. En Espinosa, el vino se afina como un instrumento, y la colección musical no es solo un adorno, sino parte esencial de su filosofía. Junto a las guitarras, también conservan botellas históricas, con etiquetado especial para personalidades que visitaban Jerez y eran recibidas con un espectáculo privado en la bodega.

 

Pequeño es sinónimo de puro

Espinosa de los Monteros no es una bodega abierta a todo el mundo. Es una bodega familiar e íntima. Aunque no produzcan la uva, su valor diferencial está en la crianza, el enfoque artesanal y los vínculos con la cultura musical de Jerez.

Espinosa de los Monteros no tiene viñedo propio. Su valor reside en la crianza, en la relación directa con viticultores de confianza y en la meticulosa selección de vinos que luego envejecen durante décadas bajo el silencio y la sombra de sus botas centenarias.

Hay que entender la viña para poder comprarla

Antonio Espinosa de los Monteros y Ezequiel Espinosa de los Monteros

Su modelo, deliberadamente alejado de la gran distribución, se basa en producir pocas botellas como ya hemos comentado y ofrecerlas solo donde ellos decidan, cuidando cada paso, cada destino, de eso se encarga personalmente Ezequiel, relevo generacional de la familia.

Es, en definitiva, una bodega que no busca volumen ni visibilidad, sino afinar el tiempo. Como quien da vida a un instrumento antiguo y lo hace sonar con verdad. En su caso, el Jerez no se industrializa ni se acelera. Se escucha, se respeta, se bebe lentamente.
Y es que en este viaje por el Marco de Jerez hemos aprendido algo esencial: no todos los vinos envejecen igual, ni todas las bodegas buscan lo mismo. Pero cuando el vino nace del convencimiento y se cuida con alma, siempre acaba tocando alguna cuerda.

  1. #1

    Javierpozo

    Interesante artículo, gracias por compartirlo! Saludos


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