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Entre Carmenere y Malbec

 

Los planes para conocer Chile y Argentina ya existían, pero no sospechaba que se me presentaría la oportunidad a la vuelta de la esquina. Gracias a todos mis amigos y miembros de la peña Vino Por Placer,  por este maravilloso regalo. Ha sido una experiencia enriquecedora, relajante y sobre todo muy grata.

 

A pesar de ubicarse en el mismo continente, ocho horas en avión, separan a la ciudad de México de Santiago de Chile, los trastornos del "jet lag"  son imperceptibles gracias a que hay sólo una hora más de diferencia. Llegué a Santiago con mi esposa a media noche, así que el cuerpo pedía descanso. Gracias a un sueño reparador al otro día estábamos listos para desayunar y abordar el autobús que nos llevaría al "Tren del Vino", saliendo de San Fernando y llegando a Santa Cruz corazón de Colchagua en la sexta región. Carlos Cué, gran amigo y miembro de Vino Por Placer se unió al recorrido, gracias a que se encontraba de trabajo en Santiago y coincidimos ese día. Durante el trayecto hacia el sur por autobús se observa del lado izquierdo toda la cordillera andina.  Chile tiene aproximadamente cuatro mil km. de largo por cuatrocientos en su parte más ancha.  Ese día pasamos "La angostura" que como su nombre lo indica es la parte más angosta.

 

Llegamos tarde a la estación por lo que tuvimos que alcanzar el tren poco después, se detuvo al más puro estilo "hollywoodense", como cuando un grupo de malhechores empistolados  los asaltaban. Por cierto que no fue difícil dar con él, por la cantidad de humo pestilente que emanaba desde la chimenea. Se trata de una locomotora de carbón de finales de los veintes, tanto los carros como la locomotora  de  manufactura alemana, han sido restaurados.

 

Durante el trayecto ofrecen varios vinos, algo moviditos para complicar la maniobra de servirlos en la copa. Se disfruta del paisaje, de la charla y de algunos quesos y dulces artesanales de la región. Aunque debo confesar que no es el mejor lugar para catar. Eva, una valenciana que visitaba a una amiga, se integró a la charla y a la degustación de vinos. Una vez más compruebo lo pequeño que es el mundo.

 

Dentro de los 6 o 7 vinos que recuerdo, me ha gustado un chardonnay orgánico de la casa Emiliana, muy  refrescante, con toques tropicales de piña. Seguido por un Carmenere de Santa Cruz muy frutal y sabroso son ese toque a pimiento típico de la variedad, a pesar de estar algo subido de  temperatura el alcohol apenas se percibía.

 

Llegando a la estación de Santa Cruz había que bajarse del tren para visitar la bodega del mismo nombre, fuimos recibidos con un baile típico regional, pero a mí me interesaba más fotografiar la locomotora, cosa que me fue imposible por la concurrencia que se encontraba haciendo lo mismo.

 

La bodega se encuentra  a cuarenta minutos de la estación. Una bodega con algunas muestras de  la isla de Pascua famosas por sus figuras de piedra gigantes de los Moais, así como una choza perfectamente aislada de los calurosos 35°C  de ese día de primavera en el cono sur, gracias a sus paredes de lodo y techos altos de paja. Subir por el teleférico fue todo un reto para mí, la acrofobia no es buena compañera de las alturas. Después de darle un vistazo a la bodega, lo que más me gustó fue el salón de crianza donde reposan las barricas, una de las paredes está formada por la montaña dándole humedad y frescura de manera natural. Me llamaron la atención las diferentes marcas de barricas, haciéndolo parecer como un muestrario, aunque no se distinguían unas de otras a no ser por la marca impresa como: Sylvain, Natalie, Radoux, Adour, Mistral y el famoso tonelero Seguin Moreau . Todas ellas con la duela del tapón pintada en color "rojo" parecida a la mancha que dejan los tintos en los manteles, algo que se ha generalizado, como en Bodegas Roda y otras tantas.

 

Los viñedos de  Santa Cruz constan de 960 Ha. con 160 plantadas de: cabernet sauvignon, syrah y carmenere. Esta última, según el sumiller que nos dio una charla en el autobús rumbo a San Fernando, fue redescubierta en 1991 por el ampelógrafo francés Claude Valat que aseguraba que el llamado Merlot chileno corresponde a otra cepa de características muy distintas, cuyo color rojo hizo que los lugareños lo llamaran merlot rojo, pero en realidad se trataba de la Carmenere, ya casi desaparecida en Francia.

 

Pasamos al comedor que se ubica en lo alto de una colina, dominando  el valle. Abrí boca  con un  Chamán rosado 2006 muy frutal y sabroso vinificado con carmenere, cabernet sauvignon, syrah y malbec, ideal como aperitivo. El enólogo de Santa Cruz, José Miguel Soto Mayor, lo está haciendo muy bien sobre todo con éste rosado y el carmenere.

 

El Carmenere marido con una "plateada",  carne al horno que nos sirvieron por partida doble ya que en el hotel la comida corrida era  la misma. Esto y una foto de Viña Santa Cruz en el hotel Galerías en Santiago, me hizo sospechar que el dueño era el mismo, para mi sorpresa era propietario del tren además del hotel Santa Cruz y de un museo con una colección de artefactos de distintas épocas que incluyen: manuscritos, monedas, armas, máquinas de escribir, fósiles, ámbares, ropa y tejidos del siglo XVll y carruajes antiguos, todo esto forma la colección "privada" de Don Carlos Cardeón, un personaje cuyos antecedentes hacen que no pueda poner un pie fuera de Chile, ya que según un trabajador de la finca, vendió "bombas racimo" a algún país de Medio Oriente.

 

Siguiendo con la crónica y después de visitar el Museo, me despedí de Carlos, ya que el regresaba a Santiago para volver a su trabajo. Maricela y yo nos quedamos en este pequeño poblado de quince mil habitantes.

 

El hotel funde las comodidades de cualquier hotel citadino con un sabor bucólico que lo hace muy acogedor. Rodeado de plantas como la “flor de pluma”, que parece un racimo de uvas y que por la noche despide perfumes exquisitos.

 

El domingo descansamos como no lo habíamos hecho en mucho tiempo, nos sentimos parte del pueblo acudiendo a la misa de medio día para después comer al otro lado de la Plaza de Armas en " El Club Unión Social" lugar donde se reúne la crema y nata de Santa Cruz,  para comer los domingos a la sombra de una vid centenaria, según el mesero, aunque después se le escapó decir que el restaurante lo habían abierto en 1935. Maricela comió una deliciosa tortilla de espárragos y yo un filete de res con ensalada, bañado con un shiraz de Montes Alpha 2005, que a pesar de su juventud dejó ver sus encantos, con fruta negra en sazón algo de mentoles y taninos dulces, de final largo.

 

Para el lunes seguimos en la misma sintonía de aletargamiento con excepción de una visita a Casa Lapostole. Con tiempo de sobra para comer y debido a que cumplíamos el cabalístico décimo tercer aniversario de casados, decidimos bajar al comedor del hotel, cuya carta de vinos tiene una abundante selección chilena. A pesar de no conocerlo, mi elección no pudo ser mejor: un Epu 2000, de la aristocrática bodega Alma Viva. Se trata de un vino color casi negro, con una nariz intensa a barniz de uñas, que por momentos parece una lápida pero después abre con notas de caza con pelo, fruta roja en sazón y flores secas, en boca es elegante sedoso y potente, sin duda de lo mejor que he probado. La crema de verduras se quedó corta con el estofado mixto, que maridó con el Epu de manera sublime.

 

Una vez terminado nos dirigimos en taxi a Casa Lapostolle. A las afueras de Santa Cruz se encuentran todos los viñedos, con una gran variedad de microclimas y suelos. Ya dentro de la finca pasando un coqueto puente de madera se sube por una pequeña cuesta para llegar a una explanada donde se encuentra tanto la recepción de la uva como la de los visitantes. Un edificio integrado a la montaña muy parecido al de Viña Real, aunque más escondido, obra del arquitecto chileno Roberto Benavente. La Madera, es el material principal en esta bodega cuya dueña Alexandre Lapostolle escogió la mejor vista con los mejores viñedos de la zona, cuenta con un total de 380 Ha.  En este valle Lapostolle tiene 180 Ha. plantadas de merlot, cabernet sauvignon, carmenere y algo más de malbec, en suelo de granito. El recorrido se hace desde arriba en la parte donde recolectan la uva, bajando a los tanques de fermentación de madera de roble francés con capacidad de 7,500 litros cada uno, sumando un total de veintiún tanques, cada uno contiene un pago diferente. Pude observar los serpentines en el interior para controlar la temperatura. De allí bajan por gravedad a las barricas de roble nuevo, para permanecer otros doce meses, después del término vuelven a bajar a barricas de segundo año, para permanecer otro año más, ahí mismo en medio del salón se pueden degustar algunos vinos. En el sótano se encuentra la colección privada de la dueña, lugar donde no se permite la entrada al público.

 

Tuvimos oportunidad de catar seis vinos: Un Savignon Blanc 2007, sin madera, con una nariz muy expresiva  a pera y maracayá, con excelente acidez y fruta. El segundo un Chardonnay, se le nota la madera desde el principio, vino más complejo con olores a paja mojada y fruta amarilla. El Cabernet Sauvignon 2005 tiene marcado el pimiento verde y la fruta roja, algo tánico. El Merlot 2005 es también muy representativo de la cepa con aromas muy marcados a pétalos de rosa y de final algo amargo. Clos Alpaca 2000, la estrella de la casa; es un vino más domado, con taninos redondos y un paso de boca sutil y profundo.

 

Gratamente impresionado tanto por el entorno, la bodega, los vinos  y la amabilidad del trato de Denis Arnault. Al final pasamos a la tienda donde me hice de una botella de Merlot 2005. De regreso al hotel, el contraste de los viñedos y el sol escondiéndose en las montañas, crean un paisaje que invita a bajarse del coche para hacer una foto.

 

Al otro día teníamos que tomar el avión desde Santiago para llegar a Buenos Aires, nos despedimos de este tranquilo y romántico pueblo, no sin antes sentir cierta nostalgia.

 

El tiempo en Buenos Aires no pintaba nada bien; pasando la cordillera de los Andes, todo empezó a nublarse, el aterrizaje fue algo brusco, bajando de las nubes a la pista en un abrir y cerrar de ojos. Para colmo el taxista no sabía la dirección del hotel o por lo menos eso nos hizo creer, después de una retahíla de calamidades que dijo estar pasando, y la advertencia de mucha gente sobre las “malas costumbres” de los taxista en Buenos Aires,  me di cuenta de sus verdaderas intenciones; conmoverme con su historia para darle una buena propina. Después de varios intentos llegamos al hotel, pero no tenía muy buena pinta, así como tampoco el barrio donde se encontraba. Existen grandes diferencias de un lado al otro de la Av. 9 de Julio. El caso es que decidimos cambiar los planes y nos hospedamos en un hotel pequeño, pero muy cómodo: El Hotel Nogaró, en la av. Julio A. Roca, a unas cuadras de la Plaza de Mayo. Lo primero que hicimos Maricela y yo fue buscar un lugar donde cenar. A una cuadra se encuentra Doro, un "wine bar & Ristorante", la oferta de comida italiana es muy amplia en Buenos Aires y los precios no pueden ser mejores. Comí un delicioso risotto al fungi con una copa de Lurton Malbec, muy frutal, y primario casi mosto, pero no sin antes una copa de "champán argentino", refrescante y cítrico. Más tarde tomamos el café en la confitería London City en la Av. Mayo esquina con Perú.

 

Al otro día después de desayunar nos dirigimos caminando a la Plaza de Mayo, para visitar la catedral, un edificio neoclásico de 1800, y la Casa Rosada.

 

Conocimos a Daniel un taxista uruguayo con más voluntad que conocimientos turísticos, y algunos años vividos en la ciudad. Se ofreció gentilmente a llevarnos a conocer Buenos Aires por 40 pesos la hora, unos 12 dólares. Primero nos dirigimos a  la parte noroeste, al barrio de Boca, muy representativo de la clase trabajadora, conocimos el estadio por fuera, ya que no soy aficionado al fúltbol. Subimos a Avellaneda para conocer una fábrica de chamarras y accesorios de piel, cuyos precios son mucho más bajos que en el centro.

 

Caminar por las anchas avenidas, observar los árboles en los inmensos parques y los viejos edificios, hacen recordar algunas ciudades europeas, sin duda Buenos Aires tiene el ADN de algunas de ellas.

 

Puerto Madero es una zona muy de moda, con restaurantes de lujo, tiendas y departamentos, donde alguna vez se encontraba la aduana y otros edificios públicos, conservando las fachadas de tabique, la vista del embarcadero es preciosa así como el puente de la mujer de Santiago Calatrava.

 

Comimos en Pepito en la calle de Montevideo casi esquina con Corrientes.  El lugar es frecuentado por gente que  trabaja en la cercanía, muchos de corbata y portafolio. La carne deliciosa la mejor que probamos en nuestra visita a Argentina, con un Santelmo Malbec 2005  mucha fruta y un cosquilleo a la entrada muy refrescante.

 

Ese mismo día cambiamos de hotel ya que no teníamos más tiempo reservado, así que hicimos la maniobra y nos instalamos en otro, cerca de Puerto Madero en la Av. Leandro N. de Alem.

 

Ante la pertinaz lluvia nos dirigimos al Museo Nacional de Bellas Artes, su repertorio no es muy extenso pero vale la pena ver algo de Monet, Manet, Miró así como  Picasso y esculturas de Rodín.

 

El jueves fue el peor día de todos, no paraba de llover así que todo lo hicimos en coche, gracias a nuestro chofer y guía Daniel que nos llevó al Barrio Norte. Entrando al cementerio de Recoleta la primera tumba es la del Gral. San Martín. Imposible llegar a la tumba de Eva Perón sin ayuda, pero son tan parecidas unas de otras que da lo mismo. También pasamos por el mausoleo de la familia Borges, aunque el gran maestro no se encuentra allí, sino en el cementerio de Plainpalais  en Ginebra Suiza. Al igual que su compatriota Julio Cortazar en Montparnasse, ambos están enterrados lejos de su tierra.

 

Perder la noción del tiempo es el mejor indicador de que las vacaciones relajan el alma, no supe en que día vivía, de lo que si me acuerdo es de los lugares que visitamos y los restaurantes donde comimos.  En algún momento de nuestro viaje visitamos El Museo Latinoamericano de Buenos Aires, MALBA, un museo moderno, donde no se permiten fotografiar ni siquiera algunos detalles arquitectónicos del inmueble, la triple altura  invita a pasar a las salas así como iluminar la entrada. Un salón entero con pantallas gigantes está dedicado a un paquidermo moviéndose de manera muy torpe, una de esas innovaciones del arte moderno. Está presente México con “autorretrato con chango y loro” de Frida Kahlo y “Retrato de Ramón Gómez de la Serna” de Diego Rivera.

 

En la zona de Abasto, la casa donde vivió Carlos Gardel es ahora un modesto museo, adentro se ilustra la manera en que vivió a principios del siglo pasado y algunos recortes de periódicos y revistas que anunciaban el trágico accidente aéreo del 24 de junio de 1935, donde perdió la vida. Un francés adoptado por todos los argentinos y que ha dejado una huella imborrable.

 

El sábado se abrió el cielo y dejo ver los cálidos rayos del sol, así que caminamos un rato por la zona, llegando a Corrientes  esquina con  Alem donde se encuentra una de las diez sucursales de Winery, cadena de tiendas de vino algunas con restaurante, cuya oferta es 99.9% vino argentino y uno que otro francés. Caminamos por Corrientes para llegar a la calle peatonal Florida y codearse con gente de todas partes, sobre todo brasileños y japoneses. Bajamos por Córdoba al hotel, La recepcionista nos recomendó comer en una "parrilla criolla" Las Nazarenas, ese día con la carne pedí dos medias botellas empezando con un Rincón Famoso Cabernet Sauvignon 2005 y un  Trapiche, Fond de Cave Carmenere 2006 frutal y goloso muy recomendable. De postre; el famoso almendrado; se trata de un helado de vainilla con costra de almendras por las orillas.

 

Caminamos para aligerar la carga digestiva y llegamos al parque del Retiro donde se puede ver por un extremo la torre de los ingleses y por el otro el monumento al libertador Gral. San Martín, que aparece hasta en la sopa: calles,  monumentos, canciones, libros...

 

El domingo también se asomó el sol, permitiéndonos conocer la Recoleta, recorriendo la calle de Figueroa Alcorta el pulmón verde de la ciudad llegamos al Jardín Japonés, que merece la pena visitarlo, con sus puentes de madera en color rojo, sus monumentos y sus majestuosos árboles que nos transportan a Oriente.

 

La última mañana en Buenos Aires fue para desayunar y hacer las maletas, a medio día nos fuimos a comer a La Brigada, en la calle de Estados Unidos, recomendación del forero Javier G. aunque él señaló la que está ubicada en la calle de Peña.  Se trata de un lugar lleno de trofeos, balones, gorras y carteles de fútbol, a tal grado que ya no cabe un alfiler. La comida es sabrosa con una buena selección de vinos a buen precio y trato amable.

 

Nos apresuramos para llegar a tiempo al aeropuerto y tomar el avión a Santiago,  quién iba a decirnos que el avión se retasaría seis horas y media. Algo que escapa a mi entendimiento y paciencia en un trayecto de sólo hora y media. No quiero hacer juicios a la ligera pero ya podían haber mandado otro avión de reemplazo.

 

La diferencia fue llegar a las dos de la madrugada en lugar de las ocho de la noche, menos mal que en la imperiosa necesidad de reservar una habitación decente tuvimos que hacerlo en el hotel del aeropuerto, ya que Santiago no contaba con habitaciones vacías. Así que ni siquiera hechamos mano de los mañosos taxistas.

 

La mañana transcurrió bajo la gruesa cortina de nuestro cuarto, nos olvidamos del desayuno que además no es al que estamos acostumbrados “los latinoamericanos del norte” fruta, jugos, bollería, jamón y queso, y en algunos casos huevos casi crudos, a estas alturas ya extrañaba unos chilaquiles picosos, Chile curiosamente no tiene chile picante.

 

Tomamos un taxi que nos llevó directo al Hotel San Francisco, entramos al restaurante Bistrol cuyos meritos culinarios le han hecho ganar varios premios internacionales. Lugar refinado y de gran lujo, pero sobretodo con unas entradas deliciosas puestas en una larga mesa, así como una abundante variedad de caldos chilenos. De un carrito como el que usan para los postres escogí  un sauvignon blanc de Viña Leyda 2007, muy limpio, de carácter herbáceo, muy sabroso. Los postres también son una delicia.

 

Saliendo del hotel, que se encuentra en el centro, nos dirigimos caminando a la Plaza de la Moneda para ver la cede de gobierno por sus cuatro fachadas. No sin antes sentir cierto temor de caminar por el centro. Tan malo es que no adviertan de los peligros de ser asaltado, como que se lo digan a uno en cada esquina. Por suerte todo transcurrió sin contratiempos.

 

Fuimos a conocer el Centro Comercial Alto Las Condes, ubicado en una de las mejores zonas  de Santiago, rodeado de lujosos departamentos y un campo de golf. Allí tuve oportunidad de entrar en una tienda de autoservicio, o como le llaman en España: grandes superficies, me dirigí directamente a los vinos, como es de suponerse contaban con una gran cantidad de marcas chilenas, así como también algunos vinos valencianos. Compré un cosecha tardía de riesling, Las Encinas 2007 de la bodega Viña San Pedro, para probarlo en el Hotel. No fue de mi completo agrado a pesar del prestigio de la bodega; bastante plano y de acidez muy justa,  lo más seguro es que se pula y gane algo con el tiempo en vidrio.

 

El último día de vacaciones, volvimos al centro para conocer la catedral y el mercado central, éste último diseñado por los arquitectos: Fermín Vivaceta y Manuel Aldunate La pieza principal fue fundida en Inglaterra en 1868.

 

La catedral  data de 1551 y consta de tres bóvedas, el altar  deja un espacio en el ábside, así que se puede caminar atrás de éste.

 

La visita al mercado central fue con la finalidad de conocer un lugar ampliamente recomendado por propios y extraños; se trata de Donde Augusto, restaurante, o más bien grupo de locales que ocupa más de la cuarta parte de la plaza, con especialidad en mariscos, lugar frecuentado por Carlos Menem  expresidente de Argentina.

 

Una Macha parmesana, una especie de navajas con queso derretido, camarones al ajillo y al pil pil, esta vez consideré mejor  una cerveza chilena: Kurstmann Torobayo de Punta Arenas. Vale la pena la visita, más que para apaciguar el hambre, para conocer el lugar.

 

Por último hice escala en El Mundo Del Vino, una cadena de  tiendas distribuidas por diferentes puntos de la ciudad, yo sólo conocí la que se ubica en Altos Las Condes. Cuenta con un piso completo de vinos, en su mayoría chilenos, así como un segundo piso más pequeño con licores y espumosos, venden también algunos accesorios: copas, descorchadores y libros.

 

A pesar de no haber probado más de una docena de vinos mi experiencia con los Carmenere y los Malbec fue afortunada, estoy satisfecho de lo que bebí y tengo buenas expectativas de las pocas botellas que compré para traer a casa. Lamento que los argentinos vinifiquen tan poco la uva Torrontés, pienso que valdría la pena que se unieran a ese puñado de bodegas, para dar a conocer al mundo su gran potencial.

 

  1. #1

    Robina

    ¡Que buen viaje! Y que buen relato, casi casi siento el sabor de los vinos y el sabor de las carnes. Gracias por compartirlo. ¡Ah! Felicidades por el 30 aniversario.
    Con cariño. Gonzalo


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