Camblor en Rioja: Exploraciones, Elucubraciones, Revelaciones...
1.1
López de Heredia: Alguna vez, la modernidad...
Por extraño que parezca, mi sensación de tener una misión que cumplir provenía del más insoportable tedio.
Los argumentos sin fin—algunos muy amargos y que sólo llevaron a feos impasses—me habían llevado al límite de mi paciencia. Estaba aburrido hasta el asco y no veía el punto de hablar más sobre el tema.
Ah, el tema... La lucha entre el modo en que se hacían las cosas “entonces” y el modo en que se hacen “ahora”, entre “tradición” y “moda” (o como algunos anacronistas amateurs gustan de llamar el asunto, “modernidad”), entre el “bien” y el “mal”. Los argumentos fueron presentados en una mogolla casi cómica de seudodiciplinarismos, desde lo pseudoeconómico hasta lo pseudoquímico, pasando por lo pseudomoralista... De escucharnos en nuestras destempladas discusiones sobre las tendencias enológicas actuales en la Rioja, cualquiera que no conociese los peculiares protocolos de los foros internéticos sobre vino hubiese pensado que estábamos todos locos de atar.
¿A qué nos había llevado tanto pelear? Pues la respuesta más sencilla es que nos había distanciado mucho de lo más importante del vino, que es el disfrute. Se formaron bandos, se asumieron posiciones, se lanzaron insultos y dañinas acusaciones—algunas enteramente falsas, otras con bastante verdad—contra uno u otro interlocutor... Se echaron maldiciones sobre las cabezas de alguna que otra casa de vinos, vieja o nueva... Discursos arrogantes trataban desesperadamente de establecer la superioridad de una escuela de pensamiento sobre la otra. Y en los peores casos, no era solamente vencer lo que perseguían algunos elementos, sino humillar y aplastar al otro bando.
Toda esta insensatez me colmó la copa el día en que alguien se refirió a mí con sorna ocmo un “talibán” del vino por mis opiniones firmes sobre lo que debe ser un gran rioja. Fue entonces que me di cuenta de que estábamos en el nadir del sermonismo más abyecto e intelectualmente deshonesto. Cuando un dogmático le dice a otro que es un “dogmático” sin trazas de ironía en su hablar, hay que asumir que anda algo severamente mal. Y correr mientras los burros y los conejos se ríen de nosotros al borde del camino.
Percátense, por favor, si no lo han hecho ya, de mi uso sistemático de la primera persona del plural. Quizás la raíz de mi descontento estaba en el hecho de que yo era tan culpable como el que más en todo esto. En medio de la batalla me ví de repente el ombligo y comencé a escuchar a David Byrne berreando: “Well, how did I get here?”
Pensando así aterricé yo en Bilbao en la mañana del 9 de noviembre. Estaba en camino a la región que tantas controversias había inspirado. Me había figurado que ya era más que hora de probar mis creencias en la fuente, bebiendo todo tipo de vinos—los que siempre había defendido junto con los que siempre había excoriado—y llegando al equivalente de un muy necesario “remix ideológico”. Para asegurarme un poco de equilibrio intelectual y escuchar opiniones que no fueran las mías, además de porque necesitaba a alguien que condujera el carro, me traía conmigo a mi amigo Camilo Suero. Camilo es novato e inocente en le tema del vino, pero sabe muy bien lo que le gusta. Con suerte, iba a ser una buena contravoz a mis prejuicios de siempre.
Nos dirigimos directamente a la primera bodega en nuestra nutrida agenda. Paramos por unos minutos en nuestro hotel de Haro a dejar las maletas. A las tres en punto estábamos en la puerta de R. López de Heredia-Viña Tondonia. Era la hora exacta de nuestra cita. Y cuando digo “exacta”, es al segundo.
Entramos en el opulentamente empanelado recinto de recepción y comprobamos que ahí no había absolutamente nadie. Tocamos timbres. Voceamos “holas”. Nos preguntamos alarmadamente si habíamos metido la pata. Pasaron como diez minutos antes de que alguien saliese a nuestro encuentro. Aparentemente sí me estaban esperando. Lo que no se esperaban era que un latino llegase con la puntualidad tan precisa que había decidido yo demostrar.
Es que lo de ser así de puntual no es para nada latino. Pero yo llevo buen tiempo ya viviendo en lo que José Martí llamase con acierto “el Norte frío y brutal”. En Estados Unidos, la puntualidad es una obsesión. Y como todo se pega menos la belleza, se me había contagiado la obsesión esa de las narices a mí. Anoté mentalmente que debía hacer todo lo posible para remediar este necio problema y recuperar lo que es mi derecho natural, o sea, el poder llegar elegantemente tarde.
La espera por nuestros anfitriones me dió ocasión de observar el lugar en que me encontraba. Como ya dije, se trataba de un recibidor empanelado en madera oscura que ostenta con orgullo lo que debió ser su decorado original de finales del siglo XIX. Detrás de paneles de vidrio glaceado había escritorios desiertos. Podía imaginar una escena formal e industriosa de esas que a cada rato escriben en mi cabeza los fantasmas de Gissing o Gogol, con oficinistas de semblante serio sumergidos en facturas y listas de inventario interminablemente redactadas a mano...
Mercedes López de Heredia fue quien salió a recibirnos. No la había visto nunca, pero tras como un minuto me sentía como si la conociera de toda la vida. Fue exactamente lo mismo que me pasó con su hermana María José cuando la conocí en Londres un año antes. Ambas parecen tener el mismo talento para hacerlo a uno sentirse cómodo. “María José vendrá en un momento,” Mercedes dijo cuando nos sentamos en la oficina de la bodega a charlar un rato.
Le inquietaba a Mercedes que yo, tan apasionado y vocal como he sido a través de los años sobre los vinos de su familia, nunca había visitado la bodega. Quizás murmuré algo sobre haber estado demasiado ocupado bebiendo los vinos—o alguna otra bobería. Pero lo que debí decirle fue que tantos fantásticos Tondonias y Bosconias que había yo probado en el pasado me parecían venir de un lugar mágico, más fantasía que realidad. Y yo cuido mucho las pocas fantasías que me quedan... Quizás no me sentía capaz de afrontar la mecánica detrás de la magia.
¿Les he mencionado alguna vez que los López de Heredia hacen riojas verdaderamente extraordinarios, de una longevidad sorprendente? ¿Les dije que esta casa, aunque sus estándares de calidad se han mantenidos constantes durante 127 años, ha encontrado muchísimos detractores en tiempos recientes? ¿Que su visión y métodos han sido calificados por ciertos críticos como “absurdamente retrógrados” aunque hayan dado algunos de los vinos más importantes de España en el siglo XX? ¿Que hasta hace bien poco esos vinos históricos y cruciales eran casi completamente desconocidos a la vasta mayoría de los nuevos enófilos en España y el resto del mundo? ¿Les dije que mis palabras laudatorias sobre un Bosconia con sesenta años encima fueron las propulsoras de aquellos pleitos de mier—digo, “discusiones intelectuales” de las que me quejaba hace un rato? Perdónenme si me repito. Es que pensar en ciertas cosas me pone la sangre a hervir...
Y aparentemente hacen lo mismo con las hermanas López de Heredia. Al llegar María José, la conversación que sosteníamos Camilo y yo con Mercedes aumentó varios grados en velocidad, volumen e intensidad emocional. Algunas cosas quedaron en claro inmediatamente. Las hermanas sienten un grandísimo y muy justificado orgullo por los logros de su familia. Creen que la manera en que sus ancestros hacían las cosas, tanto en la viña como en la bodega, sigue siendo la correcta y no van a andar jugando con ella (a los que andan temiendo por la desaparición de los grades riojas tradicionales, no se preocupen: Siempre tendremos Tondonia...). Han tenido que contestar con firmes negativas a quienes han intentado inducirlas a añadir vinos “modernos” al portafolio de la bodega para acomodar los cambiantes gustos de las masas.
La frase “bodegas históricas de Rioja” me salta a la mente mientras oigo hablar a Mercedes y María José. Se usa para describir las bodegas que han estado elaborando vino de Rioja durante más de un siglo: Marqués de Riscal, Marqués de Murrieta, López de Heredia, La Rioja Alta... Estas bodegas han hecho historia. Y se me ocurre que continúan haciendo historia a través de un entendimiento de lo que hicieron en el pasado—lo correcto y lo incorrecto—y una aplicación de ese entendimiento a las necesidades del presente. Algunas han optado por fluir con la tecnología y adaptarse a las modas. Las hermanas López de Heredia parecen felices dejando que algo del fluir de las cosas se adapte a su modo de pensar, ser y hacer, para variar...
Hay una exquisita ironía en el hecho de que esta bodega, cuando fue fundada en 1877, era una empresa completamente moderna, al filo de la tecnología de la época y con un verdadero visonario modernista (¿de qué otra forma puede llamársele a alguien que acogió el progreso tecnológico y económico de la Era Industrial como lo hizo Don Rafael López de Heredia?) al frente. Ahora, tras más de un siglo y cuarto, la firma es dirigida por estas dos dinámicas jóvenes (y su hermano Julio César, que se encarga del viñedo) y es considerada por algunos como el principal bastión del más rancio tradicionalismo “antiprogre”. Donde los descendientes de otras grandes dinastías enológicas riojanas velan con ansias el advenimiento de cualquier nueva revolución tecnológica, en López de Heredia el deseo es seguir haciéndolo bien según los modelos de antes. Y al diablo con las modas... Los verdaderos clásicos son os que perduran.
En esa oficina hablamos. Y hablamos. Y hablamos. Hablamos hasta que casi nos habíamos comido la tarde en ello. Decidimos continuar la conversación mientras visitábamos la bodega. Mercedes me repitió varias veces que se había sentido un poco ansiosa sobre lo que me daría a catar a mí, que parecía haber ya probado todo lo que vale y brilla en las últimas ochenta añadas de López de Heredia. Me tentó sonreir y decirle que habían muchas experiencias que no me importaría repetir. Pero yo no soy tipo de ponerme a sugerir cosas a mis anfitriones, por lo que sencillamente dije que esta era una canción que podíamos improvisar de oído. María José nos dejó con Mercedes para irse a atender asuntos de negocios. Nos prometió reunirse con nosotros de nuevo antes de la cena. Mercedes estaba a cargo de dirigirnos y decirnos qué es qué en la bodega.
El penetrante vaho que rodea una bodega en los días después de la primera fermentación de sus vinos siempre me pilla de sorpresa. Es un olor al que no podré nunca acostumbrarme. Al entrar a la sala de fermentación de López de Heredia, el pestazo era poderoso. En esos momentos, lso obreros retiraban el raspón de las tinas y se disponían a limpiarlas. Me tomó unos segundos percatarme de que, aparte del metal de alguna que otra máquina, el material dominante en este espacio es el roble. No había paneles digitales que indicaran la presencia de dispositivos de control de temperatura en las tinas de fermentación (el control de la temperatura de fermentación en López de Heredia, de hecho, es cosa de la benevolencia del clima otoñal riojano). El acero inoxidable brillaba, pero por su ausencia. No había ni rastro de robótica: Todo era de la más atrevidamente baja tecnología...
Las tinas de 240 hectolitros a ambos lados de la nave están hechas de roble americano. Son viejas y se les nota. Sus interiores están cubiertos de cristales de tartrato que, según nos explicó Mercedes, hacen que las tinas sean tan limpias como cualquiera de las más modernas de acero inoxidable utilizadas por otras bodegas. La fruta en fermentación entra en contacto directo mayormente con la superficie de los cristales, no con la madera. No obstante la explicación de Mercedes, me atreví yo a preguntar si no sería más práctico y económico en términos de mantenimiento pasar se a acero inoxidable. La respuesta fue compleja y condujo a una simpática anécdota que quizás ilustraría mejor todo que cualquier parrafada llena de tecnicismos. Al parecer, Mercedes adquirió recientemente una cantidad de jaulones para almacenar botellas, todos de acero. A su padre esto no le hizo ninguna gracia. Pensaba que las unidades de acero eran frías y horrendas y que rompían con la armonía de robles de la bodega.
Objeciones al inox oigo yo a montones. Pero pocas veces se queda conmigo una como lo hizo esta objeción puramente estética del padre de Mercedes.
Pasamos a la tonelería de López de Heredia. Allí se trabaja en todos los objetos de madera utilizados por la bodega, desde las comportas para cosechar la uva hasta las barricas para almacenar el vino. López de Heredia utiliza solamente roble americano y las barricas reciben un mantenimiento riguroso. A veces se reemplazan duelas individuales que puedan estar estropeadas en una barrica vieja. Lo que me resultó curioso es que no necesariamente sean remplazadas estas duelas con otras de roble usado un poco más “fresco,” sino que se utilicen duelas de madera nueva. En otra irónica vuelta lógica, ese Gravonia, Bosconia o Tondonia supertradicional que tanto disfruto yo en mi talibánica guarida, el que creía que jamás veía roble nuevo, puede que sí lo haya visto—eso sí, en medida infinitesimal...
La importancia de otros elementos se hace patente según uno se adentra en los edificios de López de Heredia. El polvo ocurre impunemente. Es más, es bienvenido. Lo que cae sobre una botella que ha descansado durante muchos años en los calados de la bodega no es mugre, es una marca de historia.
Claro, algunas personas se empecinan en la asepsia absoluta como modelo a seguir en una bodega. Estos individuos llegan al punto de confundir un poco las cosas. Aparte del polvo, en esos túneles excavados a mano hacia 1890 viven cosas que horrorizarían a cualquier obseso de la pulcritud. Existe lo que Mercedes y María José llaman con orgullo “su microflora”, variedades de hongos que prosperan en muros y botellas por toda la bodega. Existen también las arañas, que son parte vital de lo que es todo un ecosistema. Las arañas se ganan el techo y el sustento eliminando todo tipo de insectos que podrían hacer daño a las barricas o a las estructuras de madera de la bodega.
En varias ocasiones durante la visita, le expuse a Mercedes los argumentos que había escuchado y leído por ahí sobre la “falta de higiene” en su bodega. Le pregunté si alguna vez habían tenido, en unas instalaciones con tanta acción micótica y bacteriana, un estallido masivo de TCA o cualquier otro de esos grandes males bioquímicos que han aquejado a las estructuras de bodegas en Rioja en el pasado. Entendía que la mayoría de las crisis de TCA, por ejemplo, no se debían a lotes de corchos dañados, sino a problemas estructurales en algunas bodegas. Siguiendo la lógica de aquellos que condenan a López de Heredia como “antihigiénica”, hubiera pensado que entre tanta madera y con tanto hongo viviendo felizmente, por lo menos algún cataclismo tendría que haber ocurrido. Pero no. Mercedes me recordó que esas barricas e instalaciones reciben un cuidado esmerado y que la madera, para estar limpia, no tiene por necesidad que ser nueva.
¿Y qué de defectos del vino causados por bretanomyces y semejantes maleantes microscópicos? En ese caso la respuesta es que lo que pasa en López de Heredia no es ni más ni menos que lo que pasaría en cualquier otra bodega, la naturaleza siendo tan caprichosa como es. Parado en el calado de López de Heredia me puse a hacer memoria de la infinidad de botellas de Tondonia, Bosconia y Gravonia que he abierto en las últimas dos décadas. De la responsabilísima cantidad de vino de López de Heredia que me ha tocado consumir, puedo dar fe de que sólo una ínfima minoría de botellas ha presentado algún defecto. Digan lo que digan los abogadillos del roble nuevo y el hipersanitarismo enológico, no puede uno discutir con resultados así.
Llegamos al cementerio de la bodega, el área donde se guardan los vinos de añadas más antiguas. Entre todos esos tesoros íbamos a probar un par de cositas de la casa.
A ese punto, habiéndonos trotado la bodega completa, me dí cuenta de que me había flatado ver algo. No había por ninguna parte botellas deformato grande. Mercedes me informó que López de Heredia no embotellaba mágnums, imperiales, etc. Resulta que no les son “Comercialmente viables”. Una verdadera pena, pues sabiendo lo bien que evoluconan los Tondonias y Bosconias en botella, me hubiese encantado poder probar una gloria como el Bosconia Gran Reserva 1947 de botellón.
Que hubiera algo de charcutería y pan para acompañar nuestra minicata en el cementerio fue una auténtica bendición. En mi prisa por llegar “a tiempo” a la bodega, se me había olvidado parar a almorzar. Tanto Camilo como yo estábamos poseidos de un hambre salvaje. Que la cata iba a ser “mini” fue otra bendición. Más tarde nos iríamos a cenar con María José, Mercedes y un par de amigos más ligados al negocio del vino de Rioja. Un pajarito me había cotilleado que tendríamos tremendas botellas que tumbar con la cena.
Bueno, ¿y qué sirvió Mercedes López de Heredia al hombre que—según ella—“lo ha probado todo?”
En mi primer encuentro con María José, ella me dió a probar un vino de la bodega de cuya existencia desconocía: El Viña Zaconia 1963. En aquel momento expresé gran curiosidad sobre un listado de marcas que, según la etiqueta de Zaconia, eran elaboradas por López de Heredia: “Viña Medokkia”, “Viña Romania” y cosas así. Habiendo oído de su hermana sobre esta curiosidad mía, Mercedes ubicó en la bodega una botella de Viña Romania 1963 (no pone la añada en la etiqueta, pero sí dice que el vino es “de quinto año” y “embotellado en 1968”; de ahí las matemáticas son sencillas...). Yo había asumido que lo de “Romania” tenía que ver con “Romanée” y que el vino sería un tinto en plan borgoñón. Pero no. Se trataba de un líquido ambarino con destellos dorados. Mercedes me informó que estaríamos probando ese vino por primera vez los dos, pues esta era a primera botella con la que se había topado.
Pero antes de abordar el Romania catamos otra cosa que vale la pena mencionar. Camilo nunca había probado un Tondonia blanco. Le mencioné esto a Mercedes durante nuestro paseo por el calado y ella, sin más, agarró una botella de uno de los nichos. En cuanto a Tondonias blancos se refiere, Camilo perdería su virginidad esa tarde. Y no se pierdan esto: Mercedes no iba a iniciarlo con cualquier reservilla de cualquier añada. Mi amigo iniciaría su experiencia con estos grandes blancos españoles en la mismísima cumbre, con el Tondonia blanco de una de las añadas más grandes del sigo XX en Rioja, 1964.
A mí me tomó muchos años llegar al Tondonia blanco 64. ¿Pero Camilo? ¡Zas! Es que algunos nacen con una suerte...
Fue así como nos encontramos catando el 1964 R. López de Heredia, Viña Tondonia Blanco Gran Reserva, Rioja 1964. Magnífica nariz térrea, con acentos de miel, especias, nueces tostadas, cáscara de limón y fresas trituradas. Potente y amplio en boca, con el vibrante centro acídico característico de los Tondonias blancos. Largo y complejísimo. Un vino precioso.
El R. López de Heredia, Viña Romania, Rioja 1963 me hace el mismo tipo de jugarreta que lograra su hermano, el Zaconia, un año antes. Donde había estado esperando un vino dulce, me salió un delicioso trago semidulce que funcionaría mejor como aperitivo o posprandial que como vino de postre. Aromas de nueces tostadas, con elementos de laurel seco, arcilla y pedernal. Opulento en boca, pero de discreto dulzor. No muy largo, pero acaba con un bonito juego de armónicos cítricos y de almendra.
Seis horas habían pasado desde que Camilo y yo llegáramos a López de Heredia. El tiempo había volado. Sentía que tenía demasiadas preguntas aún por hacer, cosas técnicas que no caerían bien con la cena. No había [probado nada de lo recién fermentado del 2004. No había podido visitar los legendarios viñedos que dieran su nombre a algunos de mis vinos favoritos de toda la vida (Tondonia, Zaco, El Bosque...); pero estaba calendo una lluvia helada y andar por el campo no era la mejor de las ideas. “Me tomé mi tiempo en venir, pero ahora que sé el camino no les extrañe si me les aparezco a menudo” fue lo que dije mientras salíamos de López de Heredia para irnos a cenar.
1.2
A cenar con nuevos amigos y viejos vinos
No me gustan para nada las generalizaciones. Y los clichés generalizantes me gustan aún menos. Pero debo decir que las guías turísticas y aquel sacarino artículo sobre Rioja en la revista de a bordo de Iberia tenían razón. Los riojanos son gente cálida y amigable. En ese sentido, la maravillosa hospitalidad de las hermanas López de Heredia no debió extrañarme en lo absoluto.
Me encontraba en el restaurante Las Duelas, de Haro, conociendo finalmente a un individuo con quien había intercambiado montones de e-mails, a quien ya consideraba un gran amigo, aunque nunca nos hubiésemos visto las caras. A decir verdad, sin Jesús Madrazo, mi pequeña excursioncilla riojana hubiese sido algo muy diferente, mucho más difícil. Pero el hombre me ayudó de formas que resultaron invaluables. Reservas en hoteles donde no había disponibilidad, visitas a bodegas... Le mencionabas a Jesús que estabas preocupado por no conseguir una u otra cosa y sencillamente te decía: “Nada, hombre, ya está arreglado...”.
Jesús Madrazo, aparte de todo esto, es uno de los jóvenes enólogos más respetados de toda España. Los vinos que hace en Contino le han merecido todo tipo de honores y excelente prensa. Son decididamente vinos de la “nueva ola” riojana y puede que se contradiga aquí todo lo que la gente asume sobre mis prejuicios y gustos, porque son vinos que me gustan bastante.
José Armendáriz, consultor especializado en control e calidad para varias bodegas en Rioja y el resto de España, completaba nuestro pequeño grupo para la cena.
Nos sentamos a la mesa. Aunque hacía tiempo ya que la vendimia había terminado, Jesús se las había arreglado para que Juan Nales, el chef de Las Duelas, nos preparara su famoso “Menú del vendimiador”. El vino comenzó a fluir casi a la misma velocidad que nuestra enérgica conversación.
Apareció primero el único blanco seco que beberíamos. Se trataba del Marqués de Murrieta, “Castillo de Ygay” Blanco Gran Reserva, Rioja 1970. Color dorado profundo. Un golpe oxidativo inicial da paso a aromas de membrillo, manzana amarilla, almendra tostada, melocotón seco y una nota distante de granito. Intrigante nariz. En boca, tras un estallido de frutas y nueces, el vino se aprieta duro sobre sí mismo. El posgusto, aunque largo, es tenso, esbelto y vivamente acídico. Es un vino que necesita todavía mucho tiempo en botella.
Un tema de frecuente discusión entre mi círculo de riojómanos neoyorquinos es si 1981, una añada subvaluada por la crítica, pero que ha dado vinos elegantísimos, ha resultado ser mejor que la más madurona, potente y loada añada de 1982. Madrazo había escuchado ago sobre tales discusiones y quería que yo probase el Contino, Reserva, Rioja 1982 en origen. Yo había dicho muchas veces que prefería el Contino Reserva 81, pero Jesús estaba decidido a complicarme un poco la existencia... Así fue como me ví confrontado por un vinazo potente, con mucho tostado y un mullido frutirrojismo. Redondo y compacto, con un apretado centro tánico envuelto en texturas aterciopeladas, éste es un Contino delicioso y muy complejo. Muy largo y excelentemente enfocado de posgusto. ¿Pero mejor que el 81? No sé... En realidad, lo que son es vinos muy distintos. El 81 se toma horas para desplegar su elocuencia. El 82 funciona en un registro más directo e impactante, hablando a mayor volumen y con una inmediatez irresistible.
Otro Contino siguió, el Contino, Reserva, Rioja 1978. Me recordó momentáneamente al Bosconia del 78. Un poco reductivo, con notas de azúcar prieta y un elemento de caballo sudado. Térreo y sabroso en boca (ciruela negra, caramelo), con un final largo y sutilmente elegante, que te habla con voz ronca.
El siguiente vino fue un favorito del año de mi nacimiento (tan pocos hay, y de los que hay, tan pocos pagables...). El R. López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1968 llevaba bastante volatilidad, inicialmente. Pero al disiparse eso, emergieron aromas de pétalo de rosa, chocolate, hoja de tabaco, ciruela y tierra negra. Brillante y con mucho nervio en boca, con la acidez y los taninos sorprendentemente vibrantes y protagónicos. Se abre a medio paladar, revelando bonitas notas especiadas que continúan en un posgusto largo.
No puedo dejar de decirles algo sobre el fabuloso menú que nos preparó el chef Nales. Todos los platos eran reinterpretaciones de comida tradicional del campo en Rioja, como migas con uvas de tempranillo o patatas riojanas. Todas las preparaciones demostraban gran habilidad y la capacidad de dar igual tiempo a la tradición y a la imaginación.
La pièce de resistance entre los tintos apareció. El Marqués de Riscal, Reserva, Rioja 1946 barrió todo lo demás y me dejó pensando en lo increíble que fue la tripleta de Riscal en el 45, 46 y 47. Algo probablemente sin precedentes y que nunca han podido igualar desde entonces. El 46 es un vino dramático, con su componente de cabernet sauvignon jugando un rol magistral. Aromas y sabores de zarzamora, cereza y frambuesa se manifiestan con una frescura impresionante, entrelazados con notas de tierra, tabaco bien curado, cedro, hierba seca y clavo dulce. Fantásticamente profundo y largo. Sublime.
Yo tiendo a ponerme muy peculiar con vinos como ese Riscal del 46. Es algo que repito constantemente a mis amistades. Cuando me ponen un vino de ese orden, tengo que quedarme con él por mucho tiempo, quizás hasta por el resto de la velada... Me es fácil ignorar lo que tenga el infortunio de venir después. Pero el primer vino de postre de la noche llegó acompañado de un cuento que me suspendió las ensoñaciones riscalianas de sopetón y me devolvió a tierra. Era el CVNE, “Corona” Semidulce, Rioja 1939.
Parece que no hace mucho, durante trabajos de construcción en la bodega de CVNE en Haro, los obreros encontraron un nicho oculto detrás de un muro que acababan de derribar. Estaba lleno de botellas de un vino viejo de color dorado intenso. Los peones se disponían a despachar las botellas como tiende a hacerse en situaciones así, repartiéndoselas o tirándolas a la basura, pero Don Basilio Izquierdo, el veterano enólogo de CVNE, se interpuso. Ordenó que el vino fuese vertido en un depósito, tras lo cual sería reembotellado y, una vez establecida claramente su identidad, reetiquetado.
No me pregunten como se logró la identificación exacta de este vino “perdido”, pero se hizo. ¿Se trataba de algo preciado, ocultado por alguien en CVNE durante los tiempos de incertidumbre después de la Guerra Civil? ¿Y cómo se “pierde” un nicho entero de botellas? Mi mente bullía con tramas de misterio mientras yo me disponía a beber este trago de historia.
AL final, ¿Fue el vino tan bueno como el cuento?
Pues sí. Un atractivo perfume me recordó inmediatamente a los pinos que crecen a orillas del Ebro (un aroma que combina pimienta y lavanda y que no tienen nada que ver con el olor de los arbolitos de Navidad a los que estoy acostumbrado de este lado del Atlántico). Matices de manzana compotada, cáscara de limón, naranja, flor de saúco y arcilla. Dulzor moderado en boca, con una vivaz corriente de toronja fluyendo por todo el paladar. Final largo y complejo con acentos florales y de mandarina.
Acto seguido, mi placer con este vino se vería multiplicado. Resulta que la botella que habíamos abierto nos la trajo Jesús Madrazo y que María José López de Heredia había traído, de su cava personal, otra botella de lo mismo. Una botella extra... ¿Qué hacer? Pues dársela a Camblor para que la lleve a Nueva York y deleite a los riojómanos de su barrio...
¿Qué puedo decirles? Parece que nací casi con tanta suerte como Camilo...
Mercedes López de Heredia se había traído otra botella del Viña Romania que habíamos catado en su bodega, para que no fuésemos solamente Camilo, ella y yo quienes lo probáramos por primera vez ese día. Esa segunda botella, tras la cena, presentaba aromas más pronunciados de nueces y me recordaba en cierta forma a un buen amontillado, pero con algo que hacía al vino definitivamente riojano.
El último vino de postre lo había aportado yo. Cuando llegué a Madrid de camino a Rioja, me fui a cenar con Laureano Serres, un joven vitivinicultor de la zona de Terra Alta, en Cataluña. Tuvimos la suerte de coincidir en Madrid y era justo irnos de panzadita y bebelata a El Chaflán, un restaurante de cocina “ibérica creativa” muy de moda entre la “beautiful people”.
Al final de aquella comida, Laureano me sacó un vino que quería que probara. Desde su casa había cargado con una botellita del tipo de las del aceite de oliva fino, llena de un líquido ambarino-cobrizo. Me dijo que era un rancio hecho por su padre con garnacho de su tierra, allá por 1975. Era algo que yo tenía la obligación moral de probar y apreciar. Y punto.
No hay que decir que lo hice. Pero tras haber libado todo lo que libamos antes de y durante la cena, era imposible acabarse la botellita completa. Laureano la recorchó y me dijo: “Vas a comer con Jesús Madrazo en un par de días, ¿verdad? Pues llévale esto para que lo pruebe. Y de paso, vuélvelo a probar tú...”
Cumplí, naturalmente. En Las Duelas, unas noches después de mi cena con Laureano, nos bebimos lo que quedaba del Familia Serres, Rancio de Garnacha, Cataluña 1975. :a nariz es extraña y maravillosa: Bambú, pudín de pan, un toque de volatilidad del tipo que haría a un buen madeira ser lo que los ingleses llaman “high-toned”, cáscara de naranja, té negro, nueces... Un vino dulce, complejo y mullido, que te invita a acurrucarte. Es completamente honesto en cuanto a su rusticidad, algo que contribuye a que este vino le cubra a uno el alma con un agradable calorcillo. Es largo, también. Todo un logro para el Sr. Serres padre. Quizás Laureano deba concentrarse en hacer vinos así en vez de andar intentando hacer tintos de mesa. Si su padre pudo hacer algo de este nivel, continuar con su labor sería un bello tributo.
Era o muy tarde o muy temprano cuando salimos de Las Duelas, riendo como muchachitos universitarios y haciendo todo tipo de planes descabellados para los próximos días de mi visita a Rioja. Claro, sería completamente imposible, logística y fisiológicamente, que yo asistiera a tales romerías si pretendía cumplir con mi calendario de compromisos preestablecidos. Pero sería divino quedarme dormido pensando en las bacanales de las que hablamos.
Seguía lloviendo y la temperatura había bajado considerablemente. Por suerte, nuestro hotel estaba justo en frente del restaurante...
Continuará

