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Paisaje del Viñedo: Patrimonio y Recurso (IV)

EL PAISAJE Y LA CULTURA TRADICIONAL

Existe una relación directa entre la cultura tradicional y los paisajes de tipo agropastoril y esto se evidencia cuando se realiza una encuesta en el terreno sobre manifestaciones productivas tradicionales, como pueden ser las actividades agrícolas y muy particularmente el cultivo de la viña; la relación entre los quehaceres agrícolas y el territorio son evidentes, y nos hemos dado cuenta en nuestros últimos trabajos de campo que es necesario encuadrar los estudios del paisaje dentro de los de cultura tradicional, y vamos a razonar esta propuesta.

En primer lugar, por comenzar por los aspectos negativos diremos que las alteraciones paisajísticas de los territorios agrícolas se inician a partir de la transformación de la cultura tradicional y del abandono de las formas de tracción manuales o con animales. Después de la llegada de la fuerza motriz de materiales fósiles, como el carbón en las locomóviles, o de combustibles líquidos en la moderna maquinaria agrícola, las transformaciones en el paisaje rural han sido imparables.

No pretendemos, como se verá a lo largo de este discurso, mantener al agricultor unido a su azada y a su caballería, solamente debemos constatar este hecho y relacionar los estudios de paisaje con los de la cultural tradicional, entendiendo por esta aquella que ha utilizado los medios de producción habituales en cada territorio, con los problemas de validez de esta definición, por ejemplo en el mundo del vino, que en España se ve transformado radicalmente en su elaboración con la llegada de las fórmulas de producción francesas, en el último tercio del siglo XIX.

Pero creemos que podemos entender una forma de acercamiento a la comprensión del paisaje a través de la investigación de la cultura tradicional. Cuando hablamos de cultura tradicional en una región vitivinícola como La Rioja, en España, nos estamos refiriendo a un periodo que concluye a mediados de los años sesenta, cuando los sistemas productivos se modifican, sobre todo por la llegada de los tractores. Hay quienes hablan de esta transformación anteriormente, pero podemos dar razones para situarla en esa fecha, y ver cual es su estrecha relación con el paisaje, ya que hay un tipo de paisaje que se corresponde con esa época, con las alteraciones que podemos nombrar.

Nos referimos a las modificaciones que se producen en toda España a partir del ataque de la filoxera, y que trae como consecuencia la transformación del territorio, por los profundos desfondes necesarios para erradicar al insecto de las raíces de la cepa, y posteriormente las plantaciones de injertos, muchos de ellos en espaldera. Podemos hablar aquí de una primera transformación, que continúa en años sucesivos. El injerto es por lo tanto la primera fórmula de globalización que se observa en todo el mundo vitivinícola, y va a continuar con la propagación de ciertas variedades y técnicas de cultivo por todo el mundo.

Hasta ese momento en el espacio que conocemos como la actual Denominación de Origen Calificada Rioja, se continuaba mensurando el territorio con las medidas de superficie anteriores al Sistema Métrico Decimal. Se empleaba todavía la medición por unidades de cepas correspondientes al “obrero” equivalente, según las zonas a unas 200 cepas. Cuando vemos que la medida del viñedo varía según las regiones, por la orografía tenemos la mejor manifestación de la relación entre el paisaje y la cultura tradicional del viñedo. En un terreno en pendiente y montuoso, en el que la producción es menor que en otro plano y fácil de laborar, el número de cepas por superficie será menor; y sobre todo la orografía no permite un trabajo del operario cómodo, hace que el número de cepas se reduzca. Por ejemplo en La Rioja Baja, en sus zonas de montaña, el número de cepas por la misma superficie era de 150, mientras en Rioja Alta era de 200 cepas.

Hablamos por lo tanto de una medida de superficie que relaciona la actividad del trabajador, cavando las cepas, y el número que podía realizar cada día, con la superficie. E incluso la medida adquiere el nombre del trabajador: “Obrero”, que en nuestra zona de trabajo actual, equivale a 200 cepas, y en superficie la medida tradicional era “la fanega”, de alrededor de 2.000 metros cuadrados, luego, en la fanega se pueden plantar 800 cepas, y en la hectárea, 4.000, que es la medida a la que se llega en la globalización del Sistema Métrico Decimal.

Además la medida de superficie estaba relacionada con la cantidad de kilogramos de uva recogida y estos en su proporción de vino producido, en razón de 23 kilogramos que era la capacidad del cesto de recogida de uvas que producían “una cántara” o 16 litros de vino.

Más tarde veremos que con la llegada de los medios mecánicos, los cultivos se van a variar, y por lo tanto el paisaje, al modificar el marco de plantación. Lo mismo ocurre con factores de cantidad, que harán modificar esas anchuras o incluso normativas que prohiben un número superior de cepas al reglamentado.

El estudio de las formas de plantación, que antes de la utilización de las caballerías era “a voleo”, es decir si línea ni orden, sino utilizando los sarmientos propios como modo de reproducción, llamada “hoyas o murgones y mugrones”, nos va a responder sobre una forma de cultivo, como la época anterior a la plantación en línea causada por el empleo de caballerías. Esta forma de cultivo ,lógicamente, condicionaba el paisaje y la transformación que este sufre en toda Europa en la replantación posterior, ha sido evidente aunque escasamente estudiada.

El cultivo prefiloxérico en España en relación al posterior , no tiene nada que ver, como lo podemos observar en algunas fotografías y también en algunas plantaciones hoy abandonadas,. La forma de cultivar, los aperos utilizados, las transformaciones en el paisaje son una interacción que se produce habitualmente; por lo que conocer las técnicas de cultivo, los útiles y aperos dentro de una investigación de la cultura tradicional, nos va ayudar también a comprender el paisaje.

Un apartado menos material que la producción, pero que relaciona paisaje con cultura tradicional, y se encuentra dentro de lo que hemos hablado sobre patrimonio inmaterial, es todo lo relacionado con los nombres de la tierra, es decir la toponimia.

A partir de aquí vamos a ver que los terrenos de producción del viñedo son distintos unos de otros, y hasta tienen nombres y apellidos que los clasifican y distinguen.

Cuando en los antiguos mapas catastrales aparecen términos como “Viñas buenas”, “miralobueno” o otros términos que hablan de la calidad de sus plantaciones, nos damos cuenta de la relación entre el paisaje y sus nombres; y lo mismo en relación con la edad de los viñedos, “cepas viejas”, “las viejas” y otros términos que algo nos quieren decir.

En cuanto a los caminos de comercialización del vino, nos encontramos en algunas zonas con los “carravinateros” que designan a las antiguas sendas empleadas por los vendedores de vino. Aquí podríamos extendernos en todo lo relativo a la red viaria tradicional, fundamental para trasladar a los operarios a las actividades, pero también caminos para la fiesta o para las relaciones sociales y familiares, y que tienen una evidente trama que hoy se mantiene y que nos puede ser de utilidad para actividades lúdicas en el viñedo como pueden ser los recorridos, el senderismo, la actividad hípica o la bicicleta de montaña.

El paisaje por lo tanto tiene nombre, y no es un espacio uniforme y monótono sino que es separado y distinguido por sus habitantes.

En el paisaje, nos van a aparecer los monumentos históricos, como en nuestra tierra se descubren en él los megalitos funerarios, dólmenes o menhires, y otros yacimientos arqueológicos. Mención aparte merecen los trabajos de los hombres para acondicionar el territorio a los cultivos, como serían los aterrazamientos, bancales, paredes y muros que distinguen y dan valor a muchos espacios del viñedo a lo largo de todo el mundo.

No debemos de olvidar, dentro de esta intervención tradicional en el espacio laboral, la aparición de elementos arqueológicos relacionados con la actividad vitivinícola como por ejemplo, los lagares rupestres, o zonas de roca acondicionadas para pisar los racimos, próximas a la superficie de viñedos. Estas lagaretas pueden tener origen muy antiguo y se encuentran diseminadas por terrenos de viñedo de todo el mundo mediterráneo.

Siguiendo con la estrecha relación entre el paisaje y la cultura tradicional, será necesario que cuando se hagan estudios etnográficos del cultivo tradicional del viñedo, que nosotros pretendemos se sitúan en los últimos años del empleo de caballerías como forma de tracción, se hagan referencias a las técnicas de trabajo, movimientos de tierra, formas de plantaciones, y otras acciones que tengan relación entre el hombre y la tierra.

Un aspecto evidente y que es un buen ejemplo de las transformaciones a las que se ve sometido el paisaje del viñedo, ha sido el de la incorporación de nuevas variedades de viña a la actual producción. Existen Denominaciones de Origen que entre sus reglas está el cultivo de unas variedades propias, normalmente autóctonas, e incluso se reglamenta el tipo de poda o la formación de la cepa.

Un ejemplo de transformación del paisaje que se está observando en muchas zonas es el paso de la cepa en vaso formada por el tronco y tres brazos, a la forma emparrada, mantenida con un sistema de postes y de hilos metálicos perpendiculares a estos. En muchas zonas el segundo tipo, más cómodo para las técnicas de producción actuales, está ocupando los terrenos de viñedo.


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