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Reata de mulos y burros cargados de leña, olor a jara, manos negras y pegajosas

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#22
Picual
en respuesta a Laura Dasí

Re: Las mejores panaderías de España

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Reata de mulos y burros cargados de leña, olor a jara, manos negras y pegajosas, esa voz fuerte que gritaba más que decía: ¡hay que ver como se ha puesto el zagal!, ¡cuando lo vea su madre!. Efectivamente, el problema venía cuando me veía mi madre, pero siempre era mejor que cuando venia de "ayudar" en el taller del padre de mi mejor amigo, aquello significaba bañera, jabón Lagarto, estropajo de esparto y los consabidos ¡me vas a quitar la vida! y ¡voy a estar frotando hasta que te saque la piel a tiras!. En semejantes circunstancias mi padre no asomaba la oreja hasta pasado un tiempo prudencial, sabiendo que todo quedaba en un ¿has visto como ha venido el chiquillo?.

Pasamos de la gran leñera, llena de maderas y jaras, a la enorme sala, corazón de la panadería, donde se encontraba el horno (puede que en algún momento fuesen dos), una mesa enorme y grandes tableros donde se preparaba y reposaba el pan en espera de que llegase el momento de ser horneado.

Aparentemente nada complicado, buena harina (de la que ya no queda), agua, sal, levadura, habilidad y mucha paciencia. Sin olvidar el cuchillo tipo puntilla para hacer los cortes y un artilugio formado por un círculo de madera de 12/15cm de diámetro, 2/3cm de grosor, con un montón de puntas atravesándolo (cual esponja de faquir) y una tira de cuero para sujetarlo a la palma de la mano y con el que mediante un golpe seco y habilidoso el panadero dejaba respirar al pan.

La oferta variada: pan de "trigo" o "candeal". Luego venían las formas, el pan, la rosca, la barra, el bollo, y los pesos, con el famoso pan de kilo que llegó a tener 800 gramos.

No quiero olvidar un pan muy especial, el "redondo", pan de candeal, blanco, liso, casi semiesférico, como si fuese una pelota cortada por la mitad. Este pan lo compraban los pastores para llevarlo al campo y aguantaba casi una semana.

El horno hacía también su labor social, los había que reunían a buena parte de las mujeres del pueblo y, entre chisme y chisme, se preparaban y cocían, según fiestas y celebraciones, los mantecados, magdalenas, pimientos y hasta alguna pierna de cordero, aunque lo más normal es que fuesen boniatos y patatas, incluso se podía ver a alguna buena mujer que aprovechando un poquito de aceite de la vecina y los restos de harina lograba llevarse algo a casa ese día. Si había una boda, bautizo o comunión, lo más seguro es que la mesa que había debajo de ese bonito mantel fuese un tablero de la panadería.

Recuerdos de tiempos distintos, cuando se jugaba en la calle, cuando el pan se olía, cuando una luna de trabajo daba paso al despertar y al primer trabajo del día: ¡ir a por el pan!.

En algún viaje por el interior, especialmente por tierras castellanas, he creído percibir el olor de algo que pensaba desaparecido.

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