Restaurante Cal Paradís en Vall d´Alba

Restaurante Cal Paradís

Datos de Cal Paradís
Precio Medio:
59 €
Valoración Media:
8.3 10
SERVICIO DEL VINO:
7.8 10
COMIDA:
8.8 10
ENTORNO:
7.9 10
Calidad-precio:
9.0 10
Fotos:
 
País: España
Provincia: Castellón
Localidad: Vall d´Alba
Dirección: Avd. Villafranca, 30
Código postal: 12194
Tipo de cocina: Añadir tipo de cocina
Vino por copas: Añadir vino por copa
Precio desde 32,00 € (precio más bajo introducido por un usuario)

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Opiniones de Cal Paradís
OPINIONES
32

Cualquier persona que se prodigue en determinados círculos gastronómicos suele verse inmerso alguna que otra vez a lo largo de su vida en el recurrido debate alrededor de los criterios que llevan a los profesionales de la crítica gastronómica a otorgar más o menos reconocimiento a cada restaurante. Si hablamos de Michelín o de Repsol, por ejemplo, se vierten ríos de tinta intentando argumentar o desmontar los parámetros por los que se rigen sus inspectores a la hora de premiar o dejar de hacerlo a esos establecimientos a los que rinden visita.

Y, como consecuencia de ello, se han generado dos corrientes de opinión completamente antagónicas: aquellos que aseguran que las estrellas se consiguen con mayor facilidad en un pueblo que en una gran ciudad (al existir una menor oferta y, por tanto, menor competencia, al tratarse de un público menos exigente…) y los que, por el contrario, ven bastante más difícil conseguirla en ese entorno “rural” (por falta de visibilidad del negocio, por tener una bolsa de clientes potenciales mucho menor, una mayor dificultad en el abastecimiento de producto de calidad, etc).

Me resulta ciertamente difícil posicionarme al respecto. Quiero que quede claro que, en mi recorrido por bares y restaurantes de todo el país, predominan de manera apabullante aquellos que jamás han recibido el reconocimiento de ninguna guía especializada sobre aquellos otros que sí pueden presumir de contar con ello. Tener o no tener un galardón, no es argumento suficiente que motive mi desplazamiento o la elección de un restaurante u otro. Además, si hago memoria y contabilizamos aquellos lugares galardonados en los que he podido estar, creo que se imponen con claridad los que se sitúan en pueblos o ciudades pequeñas frente a aquellos que se ubican en las grandes urbes.

Mi paso por casas como Maralba en Almansa, Solana en Ampuero, Casa Gerardo en Prendes o Las Rejas en Las Pedroñeras y la charla de sobremesa con los cocineros o el personal de sala de esos sitios me han dejado bien claro el papel enormemente importante que representan sus negocios en esas pequeñas localidades. En sus restaurantes pocas veces se da la espalda al cliente local. Al contrario, es éste el que cuenta con mayor simpatía. No en vano, se trata de gente humilde que, generalmente, ha sido partícipe de los inicios y la posterior evolución, personas que esperan ansiosamente cualquier celebración (un nacimiento, una Primera Comunión o un aniversario de boda) para volver una vez más a dichos lugares.

Por otro lado, de la conversación con algún que otro taxista, con los empleados de hostales y pensiones donde me he alojado, con camareros de otros bares del lugar, compatriotas todos ellos de esos grandes cocineros, se deduce a su vez una alta estima hacia ellos, el orgullo de poderlos contar como conciudadanos suyos y su agradecimiento por haber revitalizado el sector servicios en la población en la mayoría de ocasiones. En muchos de los casos existe una simbiosis perfecta entre unos y otros que acaba por favorecerles a ambas partes, como debe ser.

Al hilo de lo que comentaba en los párrafos anteriores, esta localidad castellonense puede servirnos como el más claro ejemplo de cómo un restaurante puede llegar a influir en el posicionamiento de un municipio. Les aseguro que, con toda certeza, quien hoy les escribe jamás habría oído hablar de la Vall d’Alba si no hubiese sido por obra y gracia de su restaurante más reconocido: Cal Paradís.

Cal Paradís cuenta con el reconocimiento de las guías gastronómicas más prestigiosas. En el 2013 le concedieron por primera vez la preciada estrella Michelín y, desde entonces, la ha renovado en todas las ediciones posteriores. Además, recientemente ha obtenido dos soles Repsol. Detrás de ese éxito hay una historia de retos constantes y logros conseguidos.

La vida de Miguel Barrera siempre ha orbitado alrededor de la hostelería. Fueron sus padres quienes abrieron el bar/restaurante en la misma ubicación en la que sigue Cal Paradís actualmente. Aunque al principio la hostelería no entraba en sus planes, más adelante Miguel decidió hacerse cargo del negocio. Además, siempre ha contado con la compañía de Ángela Ribés, su esposa. Los dos juntos tuvieron que afrontar la difícil decisión de prescindir del bar y convertir Cal Paradís en restaurante gastronómico. Primeramente, muchos no entendieron aquella decisión, pero el paso de los años ha servido para limar asperezas y estoy convencido que, a día de hoy, cualquier valldalbí se siente orgulloso de tener Cal Paradís en su pueblo.

 

Menú Miguel Barrera (110,00 €).

Aperitivos iniciales: En un único pase, llegan a la mesa tres bocados que, siguiendo las instrucciones del personal, tomamos directamente con las manos. Nos sirven: boquerón, remolacha y almendra; piel de bacalao, brandada y olivada; brioche de queso y caballa. El pescado actúa como hilo conductor entre los tres, presentado en diferentes cocciones y texturas.  En todos ellos se muestra un dominio excelente de la técnica correspondiente y una certera armonía entre los sabores que aporta cada uno de los ingredientes al conjunto.

- Pata crujiente de pollo: otro ingenio técnico que sorprende tanto por su ejecución, que se nos antoja ciertamente compleja, como por la elección de un producto tan poco recurrido en la alta gastronomía como la pata del ave. Como base del conjunto se usa la piel de ésta completamente desprovista de cartílago y huesos. Queda como inflada y crujiente, a modo de corteza o torrezno. Sobre ella se sirve un guiso hecho con la carnaza que conserva perfectamente toda la melosidad característica de las patas de gallo. Un pase muy original.

- Tomate de penjar y sardina de bota: Muestrario icónico de la cocina “de conserva” de esta tierra. “Penjar” (colgar) los tomates en el envigado del desván era el procedimiento que se usaba, y se sigue usando, para disfrutar de este producto veraniego a lo largo de todo el año. La sardina “de casco” o “de bota” es una salazón que cuenta con gran arraigo en los hogares de esta comunidad. Plato de marcado corte tradicional, a modo de homenaje al costumbrario valenciano, aunque atemperando intencionadamente el punto salino notable que caracteriza este producto.

- Espárrago y holandesa: Plato de “rabiosa” temporada que ensalza la excelencia de este vegetal. Se juega con los sabores y texturas del espárrago blanco y del verde y se ligan ambos con una holandesa que resulta enormemente sedosa al paladar. Disfrute.

- Ostra escaldada, coliflor y cítricos: Acertados los condimento que Barrera añade al molusco que complementan bien y atemperan la potencia de éste, pero sin llegar a niveles de intrusismo que devalúen el conjunto. Algo decepcionante la presentación del plato que, en mi humilde opinión, siempre luce más servido sobre su caparazón o concha o en un recipiente de menor tamaño.

- Colmenillas rellenas y yema: el preciado hongo, el relleno de foie, la yema de huevo escalfada y las láminas de trufa con se corona el plato anticipan una victoria apabullante de la propuesta. Lo es para las papilas gustativas que se regocijan del placer que supone su ingesta. Sin embargo, no acaba de enamorar la textura de las colmenillas, dura y correosa en exceso. ¡Lástima!

- Guisantes de lágrima, sepionet a la plancha y butifarra: Cada vez son más conocidos los excelentes resultados que nos da la combinación de los cefalópodos con los embutidos y otros productos porcinos. En Cal Paradís encontramos uno de los mejores ejemplos de ello y, si además se añade como acompañamiento una buena cantidad de guisantes de calidad excelente, la calificación del plato aún sube más enteros. Disfrutamos tanto en su ingesta que olvidamos tomar el pertinente testimonio gráfico. Lo siento.

- Molleja de cordero y caviar: De nuevo nos llama la atención el aspecto “espartano” del plato, sorprendentemente sencillo en todos ambos aspectos: la vajilla elegida y la disposición de los elementos que lo conforman. Este déficit de presentación se atenúa con el efecto resultante en boca que es realmente gratificante. Mención honorífica para la cocción exacta de la molleja.

- Anguila, all i pebre y berenjena: Como ya comentamos en los snacks iniciales, Barrera siempre acierta con las combinaciones de elementos y sus sabores. Se antoja un tanto aventurado el acto de combinar la berenjena con este allipebre “deconstruido”. Sin embargo, la mezcla funciona y, de la unión de ambos, surge un buen plato.

- Salmonete, jugo de sus espinas e higadillos: En los principales, pescado y carne, no ha lugar a combinaciones de riesgo y se apuesta por lo clásico. En este caso, el salmonete, al que se le da un trato excelente y se acompaña con el caldo de sus interiores y con unas habitas con un toque mínimo de cocción. A decir verdad, no precisa de mucho más.

- Lomo de cierva, celery y setas: Pase en una línea similar a su antecesor. Cabe mencionar la cocción excelente de la carne, que queda tierna y jugosa, y sus acompañantes con un marcado carácter clásico.

- Leche, manzana y lima: Si los últimos pases de la parte salada del menú rezumaban tradición y clasicismo, la propuesta dulce de Barrera podríamos encuadrarla en una cocina muchísimo más moderna. El primer postre supone una bocanada de frescura y un divertido juego de texturas y matices: dulce, ácido… Además, se recupera un alto nivel en cuanto a la presentación del plato, aspecto éste que, como se ha dicho, encontramos un tanto descuidado en algunos pases.

- Espuma de almendras, naranja: Homenaje a los frutos del campo valenciano. Se da protagonismo a todas las vertientes de la Comunitat: el fruto seco y el jugoso, el secano y el regadío, la costa y el interior… Dejando de lado esa vertiente más conceptual, el resultado del postre es más que satisfactorio y, sin adolecer en dulzor, supone un buen cierre para el festín.

Acompañamos el menú con sendas botellas de vino. Salió en primer lugar Bat Gara Aromas del sur (100% Hondarrabi Zuri – Arabako Txakolina), que resulta complejo y bastante diferente a los txakolís probados hasta la fecha. Le siguió un certero Fagus (100% garnacha – Coto de Hayas – Campo de Borja) y acompañamos los postres con dos copas de Château du mont Cuvée Jeanne (100% Semillon – Sauterns). La bodega no es excesivamente extensa pero es un compendio interesante de vinos de las diversas DO españolas y algunos vinos internacionales, todos ellos con un precio muy razonable.

Cal Paradís no se sitúa en un entorno paradisiaco, todo sea dicho. La Vall d’Alba no es uno de esos pueblos de Castelló que, como otros cercanos a él, sorprenden al nuevo visitante y que regalan preciosas postales y paisajes. Se trata de una población situada en una pequeña llanura, constituida por casas bajas, de dos o tres alturas a lo sumo y dedicada principalmente a la agricultura. Encontramos el restaurante junto a lo que parece ser la antigua travesía del pueblo y que, como en tantos otros lugares, ha acabado sacándose a la periferia del núcleo urbano. Aunque la fachada del edificio se ha remodelado en su parte baja, el aspecto general no augura el tipo de cocina que vamos a encontrarnos al adentrarnos en él.

 

Un aspecto bastante más elegante presenta el salón principal. La sala es amplia y luminosa y con un estilo sencillo y nada estrafalario. Similares adjetivos podríamos aplicar al personal que atendió nuestra mesa, y todas las demás, pues el servicio ese día corrió únicamente a cargo de Ángela y otra persona. Aunque eso provocó alguna espera entre plato y plato más larga de lo deseado y algunos detalles peculiares como el hecho de no marcar los cubiertos en cada pase (al principio se deja sobre la mesa una bandeja con varios tenedores, cuchillos y cucharas y son los propios comensales los que van tomándolos según necesidad) o tener que servirnos el vino nosotros mismos en alguna ocasión, esas anomalías se vieron compensadas por el trato exquisito y familiar que nos dispensaron y por la experiencia profesional más que sobrada que ambos demuestran.

 

Post ilustrado con imágenes en: https://www.vinowine.es/restaurantes/cal-paradis-el-decano-en-la-provincia-de-castello.html

Hacía tiempo que tenía en mente esta visita, y al fin se dieron los elementos necesarios.
Cal Paradís en la Vall d´Alba, apenas a 30Kms de Castellón. Un local, a modo de casa familiar de pueblo, con un amplio y cuidado interior, que da paso a un comedor sin estridencias con unas espléndidas vistas a los almendros, naranjos, y demás árboles que se extienden más allá de la carretera comarcal.
Cogemos el menú tradición, compuesto por 4 entrantes, 3 segundos y un plato principal (a elegir cordero al horno o arroz de montaña), y dos postres. Buena RCP por 55€ iva incl, aparte bebidas.
Todo muy bueno. Me quedo como excelente con el tomate de penjar asado a baja temperatura relleno de sardina de bota y ajo a la brasa, la vaina de guisantes rellena de morcilla y jamón (punto de cocción excepcional), el sepionet con verduras y pelota a la antigua (realmente buena la pilota de carn), y las manitas de cordero guisadas (aunque la ración se me queda escasa). Mi mujer había elegido cordero al horno con alcachofa confitada, y está encantada.
Los postres supremos: una espuma de limón con helado de hinojo, y para terminar una crema de almendra con dados de naranja confitada (riquísima).
Un café acompañado de un dado de tarta-flan de calabaza cortesía de la casa.
Gran experiencia a un precio razonable. Sin embargo finalmente contamos cinco mesas con otras tantas parejas, una decena de comensales que para un domingo se me antoja poco para mantener un lugar como éste, algo alejado de Castellón. No obstante espero que dure muchos años en base al buen hacer del chef Barrera, recompensado con la estrella que ostenta, entiendo que muy merecida. Desde luego ya cuento con volver.

Hay restaurantes con estrella, que incluso la merecen, pero a costa de una cocina intranscendente, estereotipada y similar en cualquier lugar. Pero hay otros como Cal Paradis, que brillan con luz propia. Una cocina peculiar, más o menos asentada en los productos de la zona, pero sobre todo basada en la personalidad culinaria y virtudes de su Chef. Una cocina rotunda, con buen gusto, elaborada, cuidada ,coherente y sobre todo distinta. El local me gustó, amplio , luminoso. Servicio amable, dispuesto y eficaz. Un gran sumiller que atiende el vino y presenta los platos con eficacia,precisión y distinción, sin excesos ni defectos, disfruté de este apartado y no es fácil hoy día. tomamos el menú tradición, por un increíble 45 + IVA, me pareció una RCP, fantástica. Variado, equilibrado, disfrutable, sin defectos y con algunas excelencias como la maravillosa berenjena con queso Catí o el tomate con sardina. No voy a entrar a describir los platos, uno por uno, me da algo de pereza hacerlo y muchos ya lo han hecho, pero merece la pena probar este menú. No conozco la capacidad de desarrollo y de actualización de este restaurante, pero lo que conocí, me fascinó.

Lo primero que te llama la atención es que un local fuera de cualquier circuito y zona turística, que mantiene una estrella Michelín y que te encuentras con que la sala está con nuestra mesa y otra con un comensal tiene que hacer muchos números para cubrir si quiera gastos. Gran esfuerzo por mantener una calidad meritoria de la estrella en estas condiciones. Me recuerda l´Escaleta.

Local bien vestido con buenas copas, cobertera y vajilla, cambio de platos con variedad que hace destacar el emplatado. Servicio en sala de categoría, muy académico aunque algo distante y difícil de empatizar; al final, la visita del chef lo hizo más personal.

La carta de vinos es para estar un buen rato leyendo para acabar decidiendo con muchas dudas. Elegimos en el aperitivo un palo cortado de Obispo Gascón para dos y un Oloroso Cuco para el tercero; ya en la comida acompañó de inicio con un Pago de Tharsys Millessimé 2011, posteriormente El Sueño de Bruno 2011, un poco conocido bobal de Caudete de las Fuentes; postre con Quinta do Crasto finest reserve, un buen Porto y compartimos un dolç Mataró 2012 de Alta Alella muy interesante aunque algo corto.
El agua con gas fue Vichy y la sin gas de Solan de Cabres.
Entramos en la bodega que decora la sala encontrando muchos vinos muy apetecibles desde clásicos a novedosos

Carta de comidas enfocada hacia dos menús: gasto-mercat (65€) y menú Miguel Barrera con 5 platos más (90€) más las bebidas aparte en ambos casos. Nos quedamos con el primero.
Empezamos con:
. piel crujiente de bacalao y romesquet: esa piel de bacalao pero con más grosor, tueste y sabor que casi es un torrezno de bacalao; muy bien la salsa acompañante.
. remolacha, anchoa y queso todo de pueblo: un conjunto de elementos que mantiene un buen equilibrio en boca. Buena presentación.
. berenjena, café y queso de Catí: esa berenjena hecha a la brasa con su punto ahumado y que se enlaza bien con el queso. Vajilla muy amoldada.
. caldo de ave, trufa y queso: el crujiente de queso acompaña a un caldo todo sabor que se potencia con la trufa del fondo; lo hubiera puesto más al principio por aquello de calentar el estómago en el inicio de la comida aunque ya veo que no es opinión compartida por casi nadie pues se suele dejar para romper la continuidad de platos (es la otra opción aunque menos saludable). Servido en copa.
. tomate de penjar, ajos y sardina de bota a la brasa: de nuevo sabores intensos por separado pero que enriquecen un conjunto. Ese tomate es un espectáculo por sí sólo; muy buena presentación.
. canelón trufado: tradicional canelón casero aupado por la presencia de esa trufa negra de invierno que este año parece alargarse la temporada.

Seguimos con:
. ostra, jugo de rustido de pollo y cítricos: no está mal el caldo con la ostra; los cítricos presentes actúan de catalizador de sabores.
. langostino del Grao, agua de escalivada y almendras: un plato muy destacable desde la presentación hasta el sabor. La dosis siempre que está bueno, parece pequeña
. alcachofa en texturas y foie gras: zona de alcachofas pues son traidas directa de Benicarló; de las texturas destacaría la crujiente y la crema; añadido de trufa para completar el plato perfectamente presentado.
. arroz de caza, remolacha y trufa de invierno: un arroz meloso de tordo y conejo de monte con brotes de remolacha y algo de trufa; extraordinario, para comerse un pozal.
. lubina salvaje, tocino joselito y espinacas: buen punto de fuego para el pescado que con el excelente tocino hace un mar y montaña sabroso.
. pichón en tres servicios, paté, pechuga y muslito: cada uno con su punto y con su aporte de sabores y texturas que no es fácil el tema de las aves. Muy recomendable.

Acabamos con:
. sopa de coco con helado de mango y crujiente de sésamo: todos sabores intensos pero bien integrados.
. tarta de calabaza, helado de miel del bosque: muy curioso el crujiente de miel del bosque aunque la presentación de la calabaza es mejorable.

Unos trozos de coca casera de toda la vida como petits fours por cortesía de la casa así como chupitos de grappa (más que alcohólica) y licor de hierbas.

Resaltar también la calidad del pan y un magnífico aceite Sentiments de llamativa botella de color frambuesa.

Una experiencia muy recomendable aunque haya que hacer unos kilómetros

Dice un buen amigo que hoy en día los locales que poseen una estrella Michelin la pelean mucho.
Domingo. Cuatro mesas contando la nuestra. 10 comensales. Cierto dolor por ver que un local así debería estar más lleno. Pero la realidad es esta.
Entre las propuestas que ofrece la casa tres menús. Uno con arroz, otro que llama tradición y otro más amplio: 35, 50 y 78 euros.
Nos decantamos por el menú medio, es decir el que cinco platos y dos postres. Que además lleva algunos aperitivos y convierte la visita en una fiesta.
la cocina que practica Miguel está apegada al territorio. No trata de asombrar ni repartir fuegos fatuos. Honestidad, buen producto. Todo el la línea de no querer sorprender demasiado al comensal.
Si del primer aperitivo nos decepcionó la parte líquida, un melífluo bloody mary, con un sabroso mejillón, repleto de mar y de textura, no huno ningún plato más que bajara el listón.
Verduras de la zona bien trabajadas, de la flor de calabacín con requesón, a la berenjena asada.
Magnífico el tomate de colgar con sardina de bota. Hay que evidenciar el territorio con gestos sencillos pero de profundo calado. Y la yema con verduritas y tocino. Igual que el estratosférico calamar con pelota. Me gustó ese concepto de una pelota roja en su interior, con una salsita potente que hubiera merecido más presencia.
Hay dos detalles que me hacen pensar que Miguel es un cocinero que dedica su tiempo a que sus platos hablen del tiempo que dedica a la cocina. Por una parte el canelón, y la delicada tarta de calabaza. Dos platos que podrías parecer insignificantes, pero que hablan de atención, de cuidado, de valorizar las pequeñas cosas que nos ha dejado la tradición y la alta cocina sabe acercarse con humildad y paciencia.
Un servicio atento, que hace que el cliente disfrute de la generosidad de la casa.
Encontré poca atención, en la carta de vinos, por las nuevas ofertas que se están produciendo en las zonas cercanas, tanto en Teruel, como tarragona, como Valencia o el propio Castellón. Porque si hay una buena oferta de quesos de las sierras cercanas, y un aceite que habla de la calidad del producto que tiene ésta tierra, debería haber un búsqueda del esfuerzo que muchos viticultores próximos están poniendo en marcha en sus territorios.
Sabrosa la cerveza italiana (Isaac)que bebimos al inicio de la comida. Así como la mistela que acompañó los postres.
El camino elegido por Cal Paradis no es el de la complicación, sino el de contemplar el entorno y sacar sus lecciones. Además no hay producto caro, y en esto la inteligencia de la cocina hace brillar las propuestas que coloca sobre la mesas.
Muy generosa la casa en su oferta de vinos por copas, desde un magnífico Casta Diva seco a Tremp, un merlot de la zona, o un Abadía de Retuerta
Buen pan y olvidables algunos objetos de la decoración del salón. Valoramos la gastronomía, la estética debería ser menos de escaparate de gran almacén.

Acudimos después de mucho tiempo sin poder ir a comprobar cómo le marchaban las cosas a Miguel y Ángela.
Ya teníamos Ganas.
Después de charlar un poquito con ellos nos acomodan en una mesa junto al gran ventanal desde el que s divisa todo el campo de La Vall D'Alba, buenos presagios.
Pan con tomate y aceite como siempre y unas aceitunas.
Comenzamos con un Moët Chandon Ice Imperial.
Para posteriormente seguir con un Riesling St Urbans-Hof 2013.
Y terminar con un Les Sorceres cotes du rousillon 2012.
Sopa de cebolla con trufa melanosprum.
Patata trufada de Vistabella.
Jurel en Salazón con encurtidos y aire de remolacha.
Tomata de penjar con ajo y sardina de bota a la brasa, un clásico.
Alcachofa en tres texturas con foie.
Sepieta con setas de lengua de vaca, pié azul y pelota a la antigua.
Cococha de bacalao al Pil pil de seta pie azul.
Tórtola con crema de patatas.
Carne de la olleta con verduras ecológicas.
Cordero con mini berenjena ybpuré de patata.
Espuma de almendra con gelee de almendra amarga.
Frutas con mouse de chocolate blanco crujiente.
Jamaica Blue Mountain.
Petit Fours.

Bueno no voy a ser yo quien descubra ahora a Miguel, su cocina sigue evolucionando y no deja de sorprendernos.
La Estrella la tiene muy pero que muy merecida aguantando entre los grandes.
No os destaco ningún plato en especial, porque la verdad que toooodos me supieron a Gloria.
Las mezclas de sabores y texturas con las que juega Miguel con los productos de la tierra elevan el valor d su cocina.
Carta de vinos bastante mejorada que el año pasado y con referencias muy interesantes.
Servicio en Sala perfecto por parte de Angela y Narcis.
Sobresaliente.
El precio no lo sé decir porque fuí invitado, pero según me dijeron is acompañantes RCP fuera de lo normal.
Lastima no estar mas cerca para ir mas a menudo.
Sería mi perdición.
Para finalizar tan Grandiosa Comida, tertulia con Miguel muy agradable, su Nobleza rebosa por los cuatro costados un 10 .
Gracias por todo.
Volveremos.

Cal Paradís a Vall d'Alba es lo que un oasis a un desierto. Luego mi concepto del nombre, el cual veía más apropiado para un salón de bodas, cambia radicalmente y diría que cobra sentido. Todo un paraiso.

Programé la visita el lunes para el jueves con la confianza de que al ir entre semana tendría mesa seguro. Así fue, no hubo sorpresa, está apartado y eso se nota.

Sería una pena sin embargo no ir con el tiempo suficiente como para visitar Vilafamés; subir por sus empinadas calles y visitar el castillo, y comprar de bajada un magnífico vermú casero y alguna botella de Magnanimvs. Merece el desvío este precioso pueblo restaurado con atino.

Pensé que en mi primera visita a este restaurante lo más apropiado era elegir el menú Tradición y así conocer los platos que le han llevado a conseguir el prestigio que tiene. De esta manera siempre habrá ocación de ir para abajo o para arriba, menú de arroces o menú gastro-mercat.

Dicho menú se compone de snacks y cinco platos más postre. Esto ya lo sabía porque lo pude ver en su web. Lo que no esperaba es el protagonismo de los snacks ni su número.

Comenzamos con unas rebanadas de pan con tomate de penjar restregado y una degustación de aceite Matís de la variedad Serrana, el cual demandamos por segunda vez en el transcurso de la comida.
Unas olivas en tempura de almendra con romescu. Original presentación, pero tras ese crujir inicial el resultado del rebozado es efímero, y es que el sabor de la aceituna es siempre acusado.
Flor de calabacín relleno de queso de cabra y anchoa. En tempura, crujiente y sabrosísimo con una combinación potente.
Boquerón marinado relleno de verduritas y huevas de arenque. Todo en unos centímetros, hasta medio tomatito cherry. Pequeño gran aperitivo.
Y finalizando la sección snacks, un Blody Mary con clóchina y aire de clóchina. Su intenso aroma a mar provocado por la espuma, no era tal al llevártelo a la boca. Intenso y refrescante.

Nos metemos ya en harina y su primer plato es el famoso Tomate de penjar con sardina de bota y ajo a la brasa. Una delicia sin más, totalmente justificado para los que adoramos el tomate. Cocinado a baja temperatura, de ahí su increíble tersura. Pero ese relleno, esa combinación tradicional llena de sabor...
Nos sale a continuación una Coca de jurel y foie con escalivada. ¡Caramba, el jurel marinado con el foie, qué cosas! Pero es que no desdecía porque no daba pié a ello. Bocado de uno, bocado de otro, y así. Mención de honor a la base, a la coca en si, ni en el mejor horno tradicional.
Seguimos con la Pelota a la antigua con sepieta y calabacín braseado. Excesivo sabor a anisete en la albóndiga para mi gusto, pero el truco era mezclarlo todo en la boca. Así sí es un buen bocado. Sabor en definitiva.
Sale otro lleno de tradición, el canelón de pollo de corral con trufa Melanosporum. Bechamel familiar, sabor intenso, a casa...
Y pasamos al plato de carne, ese que a veces resta en menús que van para diez hasta ese momento. Pues bien, aquí remata y cumple el objetivo. Un Lomo de corderito al horno sin nada que lo enmascare, sólo calidad y paciencia, técnica en la cocción. Creo que lo sujetaba una ligera base de puré de patata, pero no me hagáis mucho caso porque estaba concentrado en el cordero.
El postre resultó ser postres, un par. Espuma de almendra con gelé de naranja amarga y una Tarta de calabaza con miel que remarcaron la calidad de lo comido. Muy buenos.

La oferta de vinos es buena, ajustada de cantidad y diría que de precio también. Tras fallo en la primera opción, no tenían el Brunus, decidimos pedir La Vieja Zorra 2010, el cual nos encantó. Para acompañar el postre en mi caso bebí una copa de Dolç Mataró 2011, recomendación de la persona encargada del vino. No tenían muchas opciones en este caso, al menos se me dieron tres, creo recordar.

Al final sacan unos bocaditos de Coca mal feta con crujiente de chocolate y almendra como cortesía, esponjosa y deliciosa, que acompañé con un té de frutos rojos.

Hablar de la vajilla, copas, etc. en un estrella Michelín considero que puede ser relleno sin más. Al servicio también se le presupone, pero a mi me gusta más soltura, y no en conocimientos precisamente.
Amabilidad y corrección, muy en su papel.

Se come muy bien, tan bien que desearías un poco más en cada plato. Sales satisfecho no obstante, pero no lleno y sí con el deseo de volver. Creo que eso cumple con el objetivo por su parte, ya que hablamos de tradición refinada.

Segunda visita a este estupendo restaurante, Tres miembros del grupo de cata que nos dirigíamos al encuentro de foreros del Penedes no pudimos reprimir la sensación de "nos viene de paso", no del todo cierta pero con motivos para el autoconvencimiento.
Llama la atención como ya se ha indicado que la consecución de una estrella Michelín no ha modificado el estilo honesto y mesurado de este Restaurante que basa su éxito en el trabajo y en una cocina de raíces, buen producto y excelente ejecución.
El local es cómodo y agradable, con muy buena separación de mesas, cubertería y copas. Servicio muy diligente y como siempre la cercanía de Miguel que no ha cambiado con tanto merecido reconocimiento.
No tomé nota de todos los platos, así que pido disculpas por la inexactitud de algunos nombres.
Tomamos el menú de arroz prolongado, creo que no está en la carta con este nombre pero así fue y no puedo más que señalarlo y agradecerlo.
Empiezan las rebanadas de pan con tomate de penjar y la degustación de aceite acompañado de buen pan, para arrancar con los aperitivos, que recuerde, la aceituna en tempura, las verduras en tempura, muy ricas y el Blody Mary con espuma de mejillón, refrescante, alguno más creo que me dejo...
Los entrantes, boquerón sobre lecho de escalivada, rica combinación con un sabor muy natural en la escalibada, casero; el "tomate de penjar con sardina de bota", excelente plato que aún recuerdo; el pulpo con patata violeta y bollit, plato con aire tradicional el que el sabor de la verdura es protagonista y un entrante más que incluía huevo a baja temperatura, de cuyo nombre no puedo acordarme y no por que no estuviera riquísimo.
A continuación un arroz de monte, con caracoles, elegante, en buen punto, con un agradable sabor a monte (setas, hierbas de monte, verduras y tantas cosas...), además, servicio de dos raciones por persona, la segunda, con cambio de plato, mejor que la primera cuando el arroz ya ha recogido todo el sabor de los productos que había en la cazuela. Muy bueno.
Tomamos dos postres, imposible recordar sus nombres, muy buenos ambos, uno más refrescante y otro más goloso. No contentos con ello apareció la "coca mal feta" sabrosa y esponjosa con una copa de mistela de la tierra y un buen café.
La carta de vinos no es muy amplia pero dispone de suficientes referencias a un precio muy comedido, el servicio es bueno, tomamos un Ribeiro blanco, el Paraguas Atlántico, fresco para empezar, para pasar posteriormente a un Chinon resultón, de muy buen beber y gran relación calidad-precio que acompañó perfectamente los últimos entrantes y el arroz, "Les Penseés de Pallus".
Es muy agradable la sensación de haber probado muchas cosas, haber comido muy bien y no sentirte lleno, algo en lo que coincidimos los tres comensales. El trato del producto y a mi entender la maestría de Miguel con todas las verduras y hortalizas, son la clave de esta sensación, además del uso de productos autóctonos de gran calidad.
Gracias a Miguel y a todo su equipo por el trato y las atenciones recibidas y al amigo que tenemos en común Oscar, presente en la distancia.
En resumen, una excelente comida que dio el pistoletazo, al menos a unos pocos, para un gran fin de semana lleno de buenas bodegas, grandes cavas y de compartir con grandes amigos.

Tercera visita a este enclave gastronómico de Castellón. Tras la más que merecida felicitación a Miguel, empezamos con unas cervezas de alcachofa de Benicarló. Tipicidad y productos de la tierra ante todo. Muy buena la cerveza. En esta ocasión elegimos el menú arroces compuesto por dos tapas , dos entradas, arroz del día y postre. A esto añadimos unas ostras con una crema de coliflor. Los platos entre otros fueron, tempura de verduras de temporada, la mítica tomaca de penjar, brandada de bacalao, boquerones (al estilo de Miguel, claro, muy buenos, con un aspecto tan sólo superado por su textura y sabor), y una novedad para nosotros: el tirabeque que quería ser guisante. Bravo por este plato. De arroz, un meloso de pulpo a la altura de las expectativas. Todo ello regado con una botella de "La zorra vieja", sorpresa de Salamanca, magnífico coupage de rufete, discreto pero presente. Vino con madera integrada y notas a flores secas y sotobosque. Muy elegante. Nos gustó. Para postre un tocino de cielo con pimienta verde, muy bueno. Cafés gourmet de Costa Rica y Guatemala acompañados de "coca malfeta".
Si me preguntan que en qué se ha notado la Estrella Michelín en este restaurante, les diré que no en el precio, ni en la calidad y cercanía de Miguel, Angela y equipo. Es bueno dar el reconocido prestigio a una cocina que lo merece: aquella elaborada con maestría y defendiendo las raíces. Bravo.
Volveremos a por el menú gastronómico. Queremos más!

  • El tirabeque que quería se guisante

    El tirabeque que quería se guisante

La hoja de ruta estaba clara. En primer lugar y puesto que dicen que el saber no ocupa lugar, visita a la cervecera Montmirá de L’Alcora, posteriormente una tranquila y bonita ruta en coche por la zona y a la hora de comer llegamos a Vall d’Alba. Reserva previa realizada en este restaurante al que le teníamos muchas ganas desde hace tiempo y a las que se sumaba el morbo que supone la estrellita otorgada recientemente.

Recibidos y acomodados en la sala principal cerca de una de las ventanas. En cuanto al aspecto creo que ya se ha descrito muy bien con anterioridad. Ambiente cálido, sillas cómodas aunque alguna con muchas horas de vuelo y buena separación entre mesas elegantemente vestidas. Menaje al compás del resto con algún elemento curtido. Casi lleno.

En un abrir y cerrar de ojos teníamos las cartas en la mano y entre las cervecitas que nos sugieren optamos por una desconocida para nosotros, la Grogueta, artesanal muy equilibrada y de carácter mediterráneo que acompañó muy bien el aperitivo. Unas almendras fritas y calentitas en su punto de sal por aquí, unas rebanadas de pan rústico tostado con tomate de “penjar” (colgar) restregado por allá, una degustación de AOVE de Artana por acullá… a la que nos dimos cuenta ya habíamos solicitado el Menú Tradición que quedó de la siguiente manera:

Aperitivos:

Aceituna en Tempura de Almendra con Romescu. Cobertura ligera y crujiente con la gracia de la almendra picada aunque la combinación con la aceituna no me convenció. Traspié.

Verduras en Tempura con Salsa de Soja Agridulce. Aquí sí que disfruté de la tempura en todo su esplendor y calidad. Había calabacín, berenjena y alcachofa. Bordado.

Capuchino de Champiñón y Trufa. Intensidad de fondo terroso y fúngico en esta “sopacrema” que era el paso previo para disfrutar de los platos. Entonación.

Platos:

Tomate de “Penjar” con Sardina de Bota y Ajos a la Brasa. Es un clásico de la casa, ya está todo dicho sobre este plato. La escasa acidez de esta variedad de tomate, rebajada aún más en su ejecución combina a las mil maravillas con la salazón. Mesura.

Patata Alimonada, Sardina Marinada, Moluscos, Aire de Moluscos y Huevas de Lumpo y Capellán. Nueva mezcla armoniosa de ingredientes con un fondo marítimo de gran carácter. Reflexivo.

Coca de Caballa con Escalibada. Sobre la tersa pero tierna base de masa montaba la caballa tibia con un aire ahumado acompañado de trocitos de coliflor, calabacín, zanahoria… en textura bastante “al dente”. Soltura.

Pulpo con Patata Violette y Bollit. Dos taquitos del cefalópodo con una carne de apariencia prieta que en boca resultaba muy delicada. Reposaba sobre una crema ligera del típico bollit valencià (hervido valenciano) que empapaba de esencia cada bocado. Raíces.

Canelón de Pollo de Corral con Trufa Negra. Exquisitez en toda regla. Suavidad de texturas, sabroso relleno, sedosa besamel… lástima que el mío estuviera repleto de tropezones de cartílago que rompían la magia de lo que podía haber sido. Cortado.

Lomo de Cordero con Crema de Patata y Alcachofa. Materia prima y ejecución muy buenas, sin florituras pero con dominio, como lo pedía ese cordero. Un punto baja la temperatura de servicio del plato que desmerecía el conjunto. Solera.

Postres:

Crema de Almendra con Gelée de Naranja Amarga. Apareció de forma improvisada y cortesía de la casa. Elementos del entorno próximo dominando sobradamente la almendra sobre el cítrico. Autóctono.

Torta de Calabaza con Miel. El toque dulzón necesario y esperado como colofón sin empalagar en absoluto. Final feliz.

Para beber aparte de las cervecitas iniciales, agua y una copa de Mocen Verdejo 2013 D.O. Rueda.

Un pan tipo rústico en gruesas rebanadas acompañó la comida.

Un buen café cerró la comida acompañados de un par de Tacos de Coca de Almendra tremendamente esponjosa.

El servicio resultó atento y muy simpático por parte especialmente de uno de los camareros, familiar pero sin confianzas, resolviendo con rapidez y profesionalidad cualquier duda acerca de los platos. Algún tiempo entre platos prolongado sin objeción para nuestra calmada y habitual velocidad en mesa. Algo más desesperante fue obtener la cuenta.

En resumen, percibí muchas de las características que reflejaba el post de Compartir Mesa que leí previamente. Se advierte el trabajo y esfuerzo que hay detrás de esta cocina bien arraigada en su entorno transmitiendo el folclore local al comensal, combinando en los platos ingredientes habituales de mercado con pericia y éxito. Todo esto, a mi entender, refleja honestidad en su oferta, condición que siempre me merece gran respeto y reconocimiento a su labor.

  • Lomo de Cordero con Crema de Patata y Alcachofa

    Lomo de Cordero con Crema de Patata y Alcachofa

  • Coca de Caballa con Escalibada

    Coca de Caballa con Escalibada

  • Tomate de “Penjar” con Sardina de Bota y Ajos a la Brasa

    Tomate de “Penjar” con Sardina de Bota y Ajos a la Brasa

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