Restaurante Casa Cofiño en Caviedes
  

Restaurante Casa Cofiño

50
Datos de Casa Cofiño
Precio Medio:
30 €
Valoración Media:
8.3 10
Servicio del vino:
8.4 10
Comida:
8.0 10
Entorno:
7.6 10
Calidad-precio:
9.2 10
Fotos:
 
País:
España

Provincia:
Localidad:
Dirección:
Código postal:
Tipo de cocina: Tradicional
Vino por copas: Añadir vino por copa
Precio desde 16,00 € (precio más bajo introducido por un usuario)

Teléfono

Restaurante Casa Cofiño Cazuelita de callos Casa Cofiño Huevos fritos con patatas y lomo Casa Cofiño en Caviedes Revuelto de la casa Restaurante en Caviedes Ensaladilla rusa Restaurante Casa Cofiño Para comer: Bérêche & Fils Brut Réserve Casa Cofiño Aperitivo: Les Brugueres Blanc '17 Casa Cofiño en Caviedes Flan casero Restaurante en Caviedes Yogur cántabro Restaurante Casa Cofiño Patatas de las albóndigas Casa Cofiño Albondigones Casa Cofiño en Caviedes Croquetas variadas Restaurante en Caviedes Huevos fritos con patatas, chorizo y morcilla Restaurante Casa Cofiño Arroz con leche Casa Cofiño El compango del cocido Casa Cofiño en Caviedes Cocido montañés Restaurante en Caviedes Restaurante Casa Cofiño Casa Cofiño Casa Cofiño en Caviedes Tabla de quesos de Cantabria Restaurante en Caviedes Restaurante Casa Cofiño Casa Cofiño Casa Cofiño en Caviedes Restaurante en Caviedes Restaurante Casa Cofiño Casa Cofiño Casa Cofiño en Caviedes Delicatessen Restaurante en Caviedes La famosa chuleta. Restaurante Casa Cofiño Toro Albalá Don P.X. en la barra Casa Cofiño Albondigas "tamaño pelotas de tenis"

50 Opiniones de Casa Cofiño

Segunda parada en nuestro periplo gastronómico cántabro en este templo del buen comer, que ya descubrimos el año pasado con nuestra amiga Montse. En este caso, por fin pudimos disfrutar del restaurante, no sin antes tomar el aperitivo de rigor en la barra que con simpatía dirige Rubén (uno de los 4 hermanos que regentan el negocio familiar): Vermouth Yzaguirre reserva para Ainara y para mí, una original y fragante garnacha blanca del Priorat macerada con pieles (Les Brugueres Blanc '17 de Scaladei), ambos acompañados de picos de pan y unas estupendas aceitunas con hueso por cortesía de la casa. Me entretengo curioseando la multitud de delicatessen que tienen a la venta (conservas, chacinas, aceites, salsas, etc), de las que nos llevaremos un par de quesos (entre ellos un glorioso Valençay de cabra).

Una vez en sala nos acomodan entre la chimenea y la vinoteca climatizada, sólo ver el surtido ya hace que se le pongan a uno los dientes largos. Ojo a los despistados porque en la carta de comida se incluye una escueta relación de vinos recomendados, todos bien seleccionados, pero que nada tienen que ver con el "libro gordo de petete" que hay que pedir para descubrir todas las joyas que atesoran los hermanos. Y qué precios, amigos... Así se fomenta el consumo de vino, con precios de tienda.

Siguiendo el sabio consejo de un admirado compañero que se nos fue hace unos meses, nos decantamos por escoger un buen Champagne: Bérêche & Fils. Brut Réserve (39,50€), servido en copas Schott (nos dan a elegir flauta o normal y escogemos la segunda) a Tª perfecta.

Para comer, surtido de clásicos de la casa:

- Ensaladilla rusa (7,50€): Cremosa, con los ingredientes en proporción equilibrada y ligera (principalmente patata, huevo, zanahoria y atún). Muy rica.

- Revuelto de la casa (10,50€): Elaborado con gulas, ajetes tiernos y un par de piquillos coronándolo. Plato sencillo, sabroso y de buena ración.

- Huevos fritos con patatas y lomo (10,20€): Qué platazo cuando los ingredientes son de calidad como es el caso. El lomo de olla, espectacular, y el resto no le iba a la zaga. Con el pan, gloria bendita.

- Cazuela de callos (8,20€): Maravillosos, con un punto alegre de picante. Melosidad pura que combinada con el frescor del champagne es uno de los mejores maridajes imaginables (el otro es con el cocido montañés, aunque yo prefiero el lebaniego).

Ante semejante festín optamos por no pedir postre, pero como tenía antojo de algo dulce, pedí fruta: un plátano (2€) elegantemente troceado y decorado con una guinda.

Agua Cabreiroá (0,5L 1,40€, parecido a otros sitios donde te clavan el doble sin despeinarse), buen café (1,10€) y pan (0,70€/cada) completaron la cuenta. Rubén pasó gentilmente a preguntar qué tal el Champagne y dejamos una copita de cortesía para que lo probase.

Comentar que el comedor estaba al completo y cuando salimos había cola para entrar a comer... a las 16 de la tarde. Reserva absolutamente imprescindible, por tanto.

Un lugar donde siempre se vuelve y recomendado con fervor a [email protected] enó[email protected] que desee disfrutar de una(s) buena(s) botella(s) acompañada(s) por cocina tradicional sin chorradas pero con mucho fundamento.

¡Muchas gracias familia!

  • Cazuelita de callos

  • Huevos fritos con patatas y lomo

  • Revuelto de la casa

  • Ensaladilla rusa

  • Para comer: Bérêche & Fils Brut Réserve

  • Aperitivo: Les Brugueres Blanc '17

Caviedes, pequeño pueblo cántabro en el cuál hacemos parada tras las buenas valoraciones de Verema y previo paso por las maravillosas cuevas del Soplao.

Cuando llegas con tiempo antes de la reserva y observas como llegan coches y coches ya te haces a la idea de que vas a disfrutar más de los esperado. Con los deberes hechos de lo que hay que pedir entramos en la tienda/bar para ver dónde debemos sentarnos. Rápido nos indican que debemos acceder a la sala.

Una vez dentro nos acomodan rápidamente y sacan la carta. En estos días que hemos pasado en Cantabria hemos ido de homenaje en homenaje y este no iba a ser menos.

Pedimos unas croquetas, rabas, cocido montañes, judias, albóndigas y carrilleras fuera de carta. De postre una tarta de queso al horno y un helado de turrón. De beber tinto garnacha de la casa y agua.

Croquetas: De bacalao, jamón y cecina. Estas últimas las que más nos han sorprendido

Rabas: Las mejores de nuestros días en la zona. Excelentes

Cocido montañes: La primera vez que lo comíamos y decir que estaba muy bueno. Ración más que abundante la cuál nos ha llenado más de lo esperado.

Judias: Media ración de judias pintas. Disfrutar de ellas.

Albóndigas: Muy buenas, como pelotas de tenis y con una salsa para mojar, mojar y mojar.

Carrilleras: Lo mejor de la comida. De 10. Melosas y con una salsa sublime.

A los postres hemos llegado justos, pero no podíamos fallar. Tarta de queso buena, pero no la mejor. Helado para lamineros.

Finalizamos con un cortado y carajillo de bayles con hielo. Me encanta que sirvan el bayles en el hielo y el café aparte. Esto en mi ciudad no pasa nunca.

Lo mejor es la cuenta, 79€. Increible RCP. El precio por persona lo pondré para 3 personas ya que íbamos 2 adultos y 2 niños.

En definitiva, un restaurante en el que los guisos son de 10 y el cuál si tuvieras al lado de casa sería un peligro. Volveré, seguro.

Cofiño es uno de esos lugares que todo gastrónomo quisiéramos tener cerca para visitar asiduamente. Colmado, tienda delicatessen, bar de vinos, restaurante... todo para satisfacer a los más glotones. Lástima que en estas fechas veraniegas esté relativamente masificado (Caviedes no deja de ser una pequeña localidad del pequeño municipio de Valdáliga) y la gestión de reservas sea poco clara, pues si bien el año pasado no reservaban mesa, este año parece que sí y nos quedamos sin poder celebrar nuestro encuentro en este restaurante. Lo cual no impidió que realizásemos un par de visitas informales, primero para tomar unos vinos por copas y al día siguiente para comer en barra.

Detrás de la barra atiende Rubén con simpatía y ofreciendo una estupenda tapa de cortesía (aceitunas y picos de pan) para acompañar al líquido elemento. Curioso que al preguntar por los vinos nos ofreciese uvas (albariño, verdejo, godello, etc), sabiendo el género que gastan ni nos preocupamos en que nos especificase la marca. Así, probamos un estupendo O Luar do Sil Godello 2017 (Pago de los Capellanes siempre es una garantía, en este caso en Valdeorras), un curioso Ribera del Asón 2017 (albariño + chardonnay) en Mágnum y un rico vermut cántabro (Siderit).

Como no nos podíamos ir sin probar su comida, volvemos al día siguiente y nos instalamos tras la barra. Pedimos a Rubén que nos vaya sacando vinos por copas (2,50€/copa) a medida que pedimos raciones:

- Croquetas variadas (7,80€): Jamón, queso, cocido... pequeñas y sabrosas, aunque con la bechamel demasiado densa para nuestro gusto, la preferimos más fluída.

- Albóndigas (9€): Su fama es bien merecida. Enormes y aún así jugosas, y con una salsa española muy similar a la de mi madre. Acompañadas por unas patatas fritas a la altura. Exquisitez.

Había que conducir, así que optamos por no pedir nada más que el postre:

- Yogur de cantabria (2€): Yogur en tarro de cristal marca El Carmen. Correcto

- Flan de huevo (4€): Un hermoso trozo de flan casero, presentado con una lámina de chocolate con leche y sirope de chocolate. Rico.

Café (1,10€) y pan (0,70€). Los vinos que probamos fueron un Cantayano 2016 (mejor que la 2014, verdejo auténtico), un Rioja Vega Tempranillo Blanco 2015 (goloso y con la madera muy bien integrada) y un Pasanau Ceps Nous 2013 (sencillo y fresco Priorat).

De recuerdo nos llevamos un par de quesos: Divirin de La Jarradilla y una porción de un quesazo de vaca con más de 6 meses de maduración, del valle de Cabuérniga (lástima no haber pillado el nombre de la quesería, estaba de vicio).

Sin duda, un sitio al que peregrinar todo lo que se pueda. Dejamos pendiente el cocido montañés acompañado de un buen champagne de pequeño productor para la próxima visita.

  • Flan casero

  • Yogur cántabro

  • Patatas de las albóndigas

  • Albondigones

  • Croquetas variadas

Para acabar nuestro periplo turísticogastronómico en Cantabria, y de camino hacia nuestro siguiente destino en Asturias, paramos a comer en Casa Cofiño. Con muchas ganas de probar su famoso cocido montañés, para allá que nos desviamos. El local dispone de unas mesas exteriores en una especie de patio que hay en la entrada del restaurante. También hay una zona de barra/tienda de productos mayoritariamente cántabros de lo más interesante: quesos, embutidos, alubias de diferentes variedades (verdinas, fabes, caricos...), vinos, licores...

A la hora de pedir yo lo tenía clarísimo: a por el cocido! Decidimos pedir un par de raciones, plato y postre. Lo pedido y comido fue:

- Rabas: y van ya..... buenísimas, como casi siempre por estos lares.

- Croquetas variadas: si no recuerdo mal, de queso picón, bacalao y pollo. Crujientes, sabrosas y cremosas, muy ricas.

- Cocido montañés: ya lo han descrito sobradamente. No sé si es el mejor de Cantabria porque no he probado otros, pero sí que sé que estaba todo muy bueno. Es lo que tiene combinar buenas materias primas y un buen conocimento del chup-chup. Ración escandalosa, me zampé 2 platos de judías con berzas y aún sobró. Y tampoco pude con todo el compango. Igual si hubiera podido echar una siesta posterior hubiera ganado yo la guerra, pero teníamos un buen tute de coche hasta destino.

Rosa y las nenas se decidieron por un plato de aquellos simples pero que cambiarías por pocas cosas en este mundo: huevos fritos con patatas, morcilla y chorizo, huevos fritos con patatas y jamón ibérico y huevos fritos con patatas. Muy originales ellas ;-) y muy buenos los huevos, las patatas y los acompañamientos.

De postre Rosa y yo tomamos un arroz con leche que estaba de concurso, cremoso y gustoso como pocos. Las nenas se zamparon unos yogures cántabros muy ricos.

Mención aparte merece la espectacular carta de vinos a unos precios aún más espectaculares. Precios de tienda o en algunos casos incluso más bajos. Muchísimas referencias (unas 700 he leído en algún sitio) muy bien seleccionadas. Optamos por un champagne Pascal Doquet Horizon blanc de blancs que acompañó maravillosamente el cocido y los huevos fritos. Copas en consonancia, claro.

Muy buen pan, como ha sido una constante en los restaurantes visitados en Cantabria, y un buen par de cortados para acabar con el disfrute. Servicio profesional, atento y muy amable.

El precio total fue de 110 €. En el precio por persona he dividido la cuenta entre los 4, aunque se ha de tener en cuenta que somos 2 adultos y 2 niñas de 5 y 8 años.

En definitiva, un lugar muy recomendable para disfrutar de una buena comida tradicional. Habrá que volver para probar las famosas albóndigas "pelota de tenis" y lo que se tercie vamos. Cualquier excusa será buena para volver a disfrutar de una buena comilona en Casa Cofiño :-D

 

  • Huevos fritos con patatas, chorizo y morcilla

  • Arroz con leche

  • El compango del cocido

  • Cocido montañés

Que no te lo cuenten... ve a conocerlo. No hay posibilidad de arrepentimiento.

Segunda visista a este restaurante. La vez anterior se me pasó poner la crónica y, esta vez no podía ocurrir.

Acudimos a comer aprovechando que teníamos cita paa visistar la cueva de El Soplao y pasábamos cerca. Decir que una vez que llegas a Caviedes (que es lo complicado), es un lugar muy fácil de encontrar... donde está la gente. Así de sencillo.

Tomamos, como no podía ser de otra forma, cocido. Estupendo cocido montañés con unas tiernísimas alubias. Fabuloso sabor, textura perfecta. Los scramentos, servidos aparte, eran morcilla ahumada, morcilla de aroz, chorizo y tocino. Lo malo, lo único malo... que se acaba... no se cómo ocurrió, pero, cucharada va, cucharda viene... se terminó el cocido. Qué mala suerte...!

Esas míticas albóndogas tamaño pelota de tenis. nada que añadir a lo ya comenado por otros foreros. Sorprenden por su tamaño salvaje. Piensas que o están secas o están duras... con ese tamaño... no puede ser de otro modo. Pues sí puede ser de orto modo. Están perfectamente hechas, jugosas, tiernas... Acompañadas a un lado por una ración de patatas fritas. Pero de patatas fritas. de las de verdad. Fritas en sartén de modo perfecto. Como la patatitas de la abuela.

Unas croquetas completaron la comida. Mix de croquetas de jamón, de bacalao y de cabrales. Las de jamón y las de bacalao muy gustosas. las de cabrales también, según mi mujer (yo en esa liga no juego). Sorprende que un sitio que hace semejantes albóndigas, haga unas croquetitas tan chiquitinas... jijijiji. Demostrando que el tamaño, en la croqueta, no importa. Muy bueas de fritura, crujientes y nada aceitosas.

Café para evitar amodorrarnos.

Para beber... fuimos muy moderados. Tomamos una copa de vino blanco cada uno. Ribera del Ason. Muy bien de temperatura. Con la maraavillosa bodega que tiene da pena quedarse tan corto pidiendo vino pero, después, tocaba carretera y de montaña. No era plan. Doy la valoración que doy en el servicio del vino basándome en lo que veía desfilar por allí mientras se nos caía la babilla. El precio aproximado... la verdad es que no lo recuerdo.

Para volver sin dudarlo.

Reciente visita, con otra de por medio respecto al último comentario. Teníamos Mila y yo ganas de comer un buen cocido. Pocos sitios mejores que este hay en Cantabria para dicho propósito si además quieres beber cosas muy ricas y deleitarte con la tranquilidad.

Aprovechamos el buen domingo pasado y pedimos comer en la terraza en lugar del comedor. Sin problema nos indican. Mientras hacemos tiempo, un excelente Lustau y un moscato de otro planeta. Un poco de queso con picos de pan amenizan la espera!

Lo tenemos claro, queremos comer croquetas, cocido y un poco de queso. Nos toman nota.

Las croquetas, variadas entre jamón, queso y bacalao. Excelentes todas ellas!

El cocido. En nuestra anterior visita comimos, sopa y alubias. Lo pedí así pensando en alubias blancas y lo que nos sirvieron fueron alubias rojas. Esta vez no cometí el fallo y lo pedí bien. Una pasada el cocido! El tocino que acompañaba podría hacer pequeña la grandeza de las mejores mantequillas!

Llegamos al postre, un poco de queso. Cuatro variedades en las cuales resalta y destaca con ganas un Gamoneu de otra galaxia. Compartíamos para llevar a a casa junto a otros productos.

Acompañamos la comida con un Bourgeois - Díaz. Espectacular!

Dos cafés estupendos finiquitaron la comida!

Como siempre, un placer visitar este establecimiento y por supuesto; volveremos!! Porque de los sitios que sales con una sonrisa de felicidad nunca se deben dejar de visitar!

En esta ocasión nos acompañó a Mila y a mí un amigo que es quien escribe la crónica. Disfruten de la lectura porque lo merece!

Casa Cofiño
Se acerca el invierno y ya sólo nos asomamos a la playa para ver cómo rompen las olas. El sol se ha convertido en patrimonio de países lejanos, como las familias numerosas y las plagas, y aquí el cuerpo exige calor y cebadura. No se necesita más pretexto para irse de excursión al interior en busca de pucheros humeantes y salsas que se ofrecen al pan como mulatas a alemanes cincuentones. En el camino a Caviedes hay lluvia y árboles teñidos de ocre rojo y al llegar a destino uno se soprende un poco de encontrar gente tomando algo en la terraza, a resguardo pero lejos de la calidez del local.
Una vez dentro, lo primero que viene a la cabeza es que todo el censo de lugareños aficionados al alterne ha de estar en esa misma barra. Pareciera que los pueblos con más de un bar son propios de tierras sin cristianizar de las que uno puede volver en la ruina o con mujer y coche exóticos. Mientras esperábamos para pedir un aperitivo antes de entrar al comedor, husmeamos con satisfacción entre la variedad de productos que se ofrecen a la venta al lado de la barra, desde frutas y nueces hasta sobaos y miel, y destacando sobre todos la muy apetecible selección de quesos (de la que nos llevamos varios). A modo de piscolabis tiramos de manzanilla, un vermut creemos que marca Antonio (el cual me quedé con ganas de haberlo pedido después de un tiento) y moscato, y damos fe de la calidad de los tres. Como acompañamiento nos sacaron aceitunas, queso con picos de pan y, distinguiéndose, una jugosa cecina.
Tomado asiento nos entretuvimos tanto con la carta como con el espectáculo. Una pareja que ya no tenía que cumplir los cuarenta y cinco, y de la que habíamos tenido noticia en la barra, volvía a los calores de la adolescencia y se daba el lote con entusiasmo a prueba de leyes contra el escándalo público. No hay cura para el amor, cantaba el añorado Leonard Cohen, y estos dos parecían haber salido hacía no mucho de la discoteca (era domingo) o de alguna película de quinquis. Su calentura nos amenizó la espera.
Volviendo a lo importante, compusimos el menú entre los tres: asadurilla, albóndigas, tabla de quesos cántabros y chuleta. Nos apartamos un tanto de la idea original, que era pedir sopa, y además el continuo desfile de fuentes de alubias nos hizo titubear más de una vez, pero decidimos dejar estas dos opciones para una incursión futura. Llegó la asadurilla y quitó las penas, alegró el espíritu, calentó los corazones y atrajo al pan como el capote al toro. Tierna la carne y riquísima la salsa con un punto guindillesco. Al poco aparecieron las albóndigas en número de dos y no hizo falta más pues cada una presumía del tamaño de una superluna reglamentaria, sin perjuicio de una carne jugosa en extremo. La salsa, a base de vino blanco si no me equivoco, invitaba al éxtasis y al unte. Los quesos provocaron división, como suelen, pero yo me fui con gusto al más fuerte, un queso azul con su punto justo a calcetín de cazador, y a un Gomber ahumado que gozó de las bienaventuranzas de los tres. Así como los asientos de algunos coches te mantienen caliente el culo, una bandeja conservaba el calor de una chuleta sangrante que, pese a sus medidas en principio atemorizantes, acabamos sin mucho drama. En la próxima confesión habrá que admitir gula además de lo habitual, pues a todo esto hay que añadir el postre: dos tartas de queso y, para mí, helado de higos con chocolate caliente. Siempre he tenido los higos por comida equina, pues Careto, el caballo de mi abuelo, hacía estragos con evidente disfrute en la higuera, pero estoy dispuesto a enmendarme y admitir sus bondades después de probarlos en esta forma. Creo que arañé la taza rascando todo el chocolate que pude.
El Hijo del hombre convirtió el agua en vino y nos hemos apartado tanto de su mensaje, nublados por el afrancesamiento y el vicio, que comimos con un Laurent-Perrier Brut Millésime, el cual me pareció bastante bebible pese a que mi paladar sólo tolera con gusto las burbujas en la Coca-Cola. Hay que destacar la extensa oferta de bebidas de Casa Cofiño, incluida en una manejable carta de las dimensiones de un atlas, tanto en vinos como en destilados. En este apartado me lancé a por un Lagavulin 12 años que me supo a madera de armario abandonado en un monzón. Creo que fue una señal de que nunca debí traicionar al armañac. Un café solo cortísimo y sabroso me ayudó a sobrellevar el disgusto.
En resumen, una comida sobresaliente y un sitio al que hay que volver. Vale.

Por suerte pudimos disfrutar de este lugar antes de su cierre vacacional. Después de una mañana en la playa de Oyambre disfrutando de este eterno verano, nos arriesgamos y en efecto; numeroso y bullicioso público rebosaba por doquier: barra, terraza salones, puertas...Pero nos dijeron si esperáis coméis y como decía aquel.."Paris bien vale una misa". Después de una fugaz espera con una copa de albariño en mano, nos llamaron y una vez más...se produjo el milagro.

Para dos, la comida consistió en lo siguiente:

Cocido montañés

Ensalada Mixta

Albóndigas con patatas fritas

Y así de fácil y de sencillo disfrutamos un montón. El compango del excelente cocido prácticamente quedó intacto (excepto el chorizo) con el fin de hacer hueco para la macroalbóndiga( con una textura perfecta) y unas pocas de papas perfectamente fritas.

¿Y para beber?

Día redondo, Pascal Doquet Blanc de Blancs a 37,50€. La vida puede ser maravillosa...aunque sea por unos momentos.

Cerramos con un par de poleos por aquello de la digestión, ya saben...

Llevábamos mucho tiempo, más de un año con este establecimiento en los pendientes. Llamar el sábado tarde no ayudaba a conseguir mesa, así que esta vez llame con más de una semana de antelación para conseguirla.

Sin problema, ni a la hora de hacer la reserva para Mila y un servidor, como para luego aumentar de dos a cuatro el número de comensales.

Llegamos, ojeamos el bar tienda y de paso seleccionamos unos cuantos productos que luego vendrían con nosotros. Pedimos tres Martini rojo, excelente! Acompañan unas aceitunas y un poco queso de cabra con mermelada de fresa. Como preguntamos acerca de un queso nos sacaron una tapia para probarlo. Excelente es poco.

Ya acomodados, cogemos la carta y seleccionamos para compartir:

- Albóndigas. Dos enormes albóndigas, jugosas y con un sabor que te remarca que debes volver.

- Callos. Un poco salados, pero muy muy buenos.

De plato, cocido montañés. El día acompaña con el frío que hace. Un perolo de alubias y berza, a un lado los sacramentos (para hacerte bocadillos pequeños).... Comimos con ganas, pero nos derrotó. Una pasada de bueno!

De postre. Tarta de queso, muy light. Dos tartas de tres chocolates, buena estaba (sobretodo el chocolate blanco) pero muy fría. Arroz con leche, muy bueno.

El pan que acompaña la comida es más que correcto. Quizás unas hogazas vendrían mucho mejor! Dos cestos pedimos.

De beber... Hoy me acuerdo. Un Laurent-Perrier Cuvee Rose. ¿Bueno? Si, pero sinceramente hemos bebido cosas mucho más ricas. 69€ la botella si no recuerdo mal. Tenía un sabor muy potente, como si tuviese mucho más alcohol de lo normal. Fue nuestra sensación.

Finiquito el festín dos cafés, un solo súper cargado y un café con leche.

Total, 132€. En nuestra próxima visita vamos a homenajearnos con una buena sopa!

Nunca es tarde si la dicha es buena y, como lo fue, vengo a contaros nuestra experiencia estival, en este restaurante de cocina tradicional. Poco podré añadir a los numerosos comentarios que preceden, salvo mi propia experiencia. De eso se trata ¿no?
Acudimos a la cita con nuestros compañeros de Peña Los Restauranteros Gabriel Argumosa (Argug) y Javier Compostizo (Jacomur), con sus encantadoras esposas Estela e Inma. Llegamos directos al pequeño pueblo o pedanía Barrio de Caviedes, guiados por el GPS. En la dirección no hay nombre ni número de calle. No te hace falta, tú llegas a Caviedes, aparcas y, allí donde se ve gente agolpada está tu destino.
En una casa corriente y tradicional, como las del lugar, con un muro de piedra y teja roja, toman el aperitivo en el exterior quienes esperan turno, acomodados en mesas altas con taburete. Si no han reservado han de ser pacientes e incluso esperando está difícil, según nos advierte Gabriel, porque es muy demandado este restaurante.
Tomamos un vino mientras nos saludamos, con un poquito de queso muy curado del lugar. Abrimos boca pero no tardan en llevarnos a nuestra mesa.
Encontramos al entrar un ambiente rústico montañés, laberíntico espacio distribuido en tienda-barra, sala y salones ganados al patio, imagino que por el crecimiento secuencial del negocio. De hecho el origen de este popular restaurante está en la tienda familiar de productos de la tierra, alimentación (quesos, legumbres, conservas…) y vinos, que fue creciendo hasta ser un lugar de peregrinaje para los que buscan un auténtico cocido montañés.
Hoy se mantiene en manos de la familia que trabaja a destajo para dar rotación a su concurrida casa de comidas, hasta tres en un servicio. Su trato es amable, familiar y sencillo como el lugar y su cocina. La mantelería de tejido sin tejer, vajilla de loza blanca, fuentes de barro y cristalería aceptable, dan cuenta de la referida sencillez.
Venimos de la mano de nuestros anfitriones, así que lo más inteligente es dejarnos llevar y probar lo típico del lugar. Por ser verano, deciden moderar la ración de cocido pero no quieren evitarlo, así que esto es lo que comimos:
Bocartes (boquerones) rebozados y fritos, un bocado para empezar esponjoso y sabroso.
Croquetas de jamón, bien fritas pero sin destacar como bocado entrante para mi gusto.
Albóndigas de carne, lo más famoso y peculiar de esta casa, por su gran tamaño (todos la comparan con la pelota de tenis) y su no menor sabor, suaves pero bien ligadas, bañadas con una salsa de guiso rica, caseras caseras…
Callos, en mi segundo tiento a este típico plato en varios lugares de nuestro país, tras probar las de wagyu donde Fonso, soy moderada y aquí mojo pan (tampoco voy a pasar de cero a mil en un verano…). El caldito para chuparse los dedos.
Cocido Montañés que se sirve en dos tiempos: el plato de cuchara de caldo, alubias blancas con berzas y el “compango” que es como llaman por aquí al acompañamiento de tocino, morcilla y chorizo. Contundente, sabrosa cocina tradicional, que resucita la memoria de los platos de la abuela.
Acabamos con una chuleta, de las que “se gastan” por allí: corte grueso, corazón rosado y humeante ¿la ves?
Pero digo mal, porque acabar, acabar, acabamos con los postres de arroz con leche, tarta de hojaldre, helado casero y tarta de queso en mi caso. Como verás, todo clásico, típico y tradicional.
Estos platos fueron acompañados de cuatro botellas de vino tinto, en el encuentro un vino del Rosellón llamado “Les Amis Vignerons de Anne-Claude L.” dos de César Príncipe, vino de la D.O. Cigales, tempranillo 100% y un mencia de tierra Lebaniega llamado “Pico de Cobariezo”. En este lugar la oferta de vinos es completa.
Pues lo dicho, un buen rato que acabó en un paseíto para bajar la comida.
Para ver lo guapos que están mis compañeros de mesa, echa un vistazo a las fotos en el blog
http://www.vinowine.es/restaurantes/hermanas-cofino-la-tradicional-cocina-montanesa.html

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