Vino Tricó: opiniones
Re: Vino Tricó: opiniones
Ver mensaje de benitosantosSon estos los que afirmais que están a la altura de los grandes productores centroeuropeos?
Re: Vino Tricó: opiniones
Ver mensaje de ApicioYo no hice esa afirmacion nunca. No buscaba el debate clasico y dogmatico, sino positivo
Un poco más...
Ver mensaje de in vino veritasMe quedo con esta frase... de momento:
"...tienen a su favor el hecho de que los aficionados, al conocer mucho mejor los blancos europeos, ya no se dedican a las comparaciones, sino que desean y exigen el desarrollo de la individualidad y la máxima calidad de cada región, fundamentado en sus uvas autóctonas."
LOS NUEVOS BLANCOS GALLEGOS.
Todos, al menos yo, al pensar en una región, e incluso en cualquier otra cosa, pensamos en unas imágenes, que están grabadas en nuestra mente, a veces desde hace mucho tiempo, meses, años, décadas…. Para los que vivimos en el Sur, relacionamos Galicia con la lluvia y el color verde. En mi caso añadiría una película, “El bosque animado”. Vi la película, por primera vez, en el cine de mi pueblo, hace ya muchos años, tal vez veinte ó más. Con ella comprendí, sin darme cuenta, todo lo intangible de una región, lo que se siente y no se puede tocar, su ambiente, su atmósfera, su color, su olor, su sabor, su naturaleza….Más tarde, poco a poco, conocí lo más importante de todo, sus gentes, Gerardo Mendez, Javier Allen, y me fueron enseñando sus proyectos, sus vinos, su historia, su vida… Y comencé a entender lo maravillosa que es Galicia.
LA HISTORIA.
La historia de los vinos blancos gallegos es una historia reciente. Volver al pasado más lejano, al camino de Santiago, me parece una exageración y una manera absurda de intentar engrandecer el presente. Es más lógico retroceder tan solo 25-30 años, porque ésta es su historia. Apasionante, cambiante, con aciertos y errores…, como todas las historias.
Muerto Franco la sociedad española accedió a la modernidad de manera fulminante. Un cambio radical bien llevado en prácticamente todos los sectores de la sociedad. Y el vino no podía ser menos. Durante la Transición todo se actualiza acorde a los nuevos tiempos: nacen la mayoría de D.O. ó se potencian como nunca, las bodegas se hacen empresas, aparece la incipiente idea de calidad, nos damos cuenta que existen otros vinos en el mundo, se consolidan los estudios de enología etc.… Quien más dificultades tuvieron para adaptarse a los nuevos tiempos fueron las bodegas riojanas clásicas, adormecidas por sus éxitos, aunque eran estrictamente nacionales, y exultantes con sus ingentes resultados económicos, no siendo capaces muchas de ellas de buscar y pensar en el más allá. En Galicia, y en otras muchas regiones españolas, esta transición fue mucho más fácil, porque no existía nada, o lo poco existente era tan endeble que no era impedimento alguno.
A simple vista todo parece perfecto para edificar, desde el inicio, los nuevos y modernos blancos gallegos. Estoy convencido que no faltaban, e incluso que sobraban, ganas y pasión de todos los viticultores gallegos por hacer los mejores vinos blancos. Sólo estaban faltos de algo que proporciona el tiempo: la experiencia y el conocimiento, de sus viñas, sus variedades, sus mercados… No obstante, durante los 80 y principios de los 90, los vinos blancos españoles eran tan malos que los albariños se convirtieron, de la noche a la mañana, en los mejores, hasta el punto que estaba de moda, y quedaba bien socialmente, pedir un albariño en los restaurantes. Aquellos albariños, en sus inicios, eran vinos sencillos pero muy honestos, y representaban fielmente una región y su variedad. A nivel de calidad era absurdo compararlo con los grandes blancos europeos, infinitamente mejores, pero como no se conocían era como si no existiesen, mostrando así la triste mentalidad del aficionado español.
Sin intención y sin darse cuenta, los blancos gallegos cayeron en la vorágine del éxito. Los noventa fueron años tristes para la calidad de los blancos gallegos. La inmensa mayoría fueron vinos mediocres, y para colmo todos iguales, resultado de una misma y deficiente viticultura y elaboración, proliferando levaduras tan universales e impersonales como las palabras del Señor. Y sin embargo todo funcionaba económicamente muy bien. Las bodegas embotellaban cada vez más y más botellas, que vendían muy bien aún siendo los blancos españoles más caros. Y los aficionados consumían aquellos vinos clónicos pensando que eran los mejores del mundo, hasta el punto que los más pseudoavanzados buscaban la calavera (perdón, carabela) en aquella célebre etiqueta de aquel nefasto albariño.
Por fortuna para todos, las ideas fluyen libremente por el mundo, y el tiempo (yo sigo pensando que es la cultura de las personas) va poniendo todo en su sitio. Los consumidores acabaron cansados de un idéntico aroma y sabor, y aquellos albariños, exactamente todos iguales, recibieron duras y serias críticas por parte de todos los aficionados y profesionales del vino. A finales de los 90 el albariño había pasado del todo a la nada, de ser el mejor a ser uno más, a ser simplemente un mediocre vino blanco. Además coincidió con la aparición de algunos aceptables vinos blancos en otras regiones españolas, como Penedes, Rueda, Priorato, Navarra…y al inicio de la llegada de los primeros blancos europeos, comenzándose a hablar de chardonay de Borgoña, de riesling alemanes…
Ante esta situación de crisis generalizada de los blancos gallegos solo quedaba una opción: la de resurgir, identificar los errores, trabajar al máximo, recuperar el tiempo perdido, mejorar en todo, buscar la máxima calidad…Y no podía ser de otra manera. En los últimos 8-10 años los blancos gallegos han experimentado una auténtica revolución, alcanzando unos niveles de calidad impensables hace muy pocos años, resultado de una viticultura y elaboración mucho más exigente, más costosa, más pensada, más acorde con los tiempos actuales. Es cierto que el campo se trabaja más que nunca, que se busca la maduración idónea, que las levaduras clónicas forman parte del pasado, que las bodegas están muy limpias, que se controlan las lías perfectamente, que se ensayan todo tipo de crianzas, que en bodegas confían mucho más en profesionales…
Parece, a simple vista, que los blancos gallegos pasan su mejor momento, su particular Edad de Oro. Además, y por primera vez, los albariños de Rias Baixas no están solos, alcanzando un status de calidad similar los godello de Valdeorras y los treixadura de Ribeiro. Y también tienen a su favor el hecho de que los aficionados, al conocer mucho mejor los blancos europeos, ya no se dedican a las comparaciones, sino que desean y exigen el desarrollo de la individualidad y la máxima calidad de cada región, fundamentado en sus uvas autóctonas.
EL PRESENTE.
Tal vez ha pasado poco tiempo para poder caer de nuevo en los errores del pasado, disfrutar de la euforia del éxito que impide ver el futuro más cercano. Pero estoy convencido que los viticultores gallegos han aprendido la lección, y ahora, con mucha más experiencia y conocimiento, afrontan los próximos años con una visión más realista y orientada a la más alta calidad. Se palpa y se respira un ambiente en pro del trabajo bien hecho, de mejora continua para así hacer los mejores vinos.
Todos sabemos que es en tiempos de bonanza cuando tenemos que reflexionar, y sacar conclusiones para poder aplicarlas al proceso. Como en cualquier otra región del mundo, existen unos aspectos claves, al menos para nosotros, que deben conocerse y valorarse adecuadamente. Al margen de los factores coyunturales, que creo que se solucionan poco a poco, existen unos problemas estructurales de solución más complicada, pero que estaría bien afrontarlos cuando sea posible.
Entre los factores estructurales queremos destacar:
- La escasa profesionalización del sector. A nivel empresarial el desarrollo es muy lento, ya que el viticultor dispone de muy pocas hectáreas repartidas en muchas parcelas. El sistema de reparto de herencias conlleva que la tierra se divida prácticamente hasta el infinito, ya que cada parcela se reparte entre todos los hijos, y así sucesivamente (o sea, si un padre tiene 20 parcelas y 5 hijos, el reparto es que cada hijo tiene 1/5 de las 20 parcelas). Al tener poca tierra en propiedad el viticultor se centra en su trabajo personal, descuidando otros aspectos claves, como la mecanización, la contratación de otros profesionales, su propia formación técnica etc.…
- El carácter natural del gallego, que tradicionalmente nunca suele estar a favor de vender. Al no haber oferta de viñedos, el precio por hectárea es el más alto de toda España, 180 000€ hectárea frente a los 10 000€ de Jumilla ó los 40 000 € de Rioja y Ribera, aproximadamente.
- Se mantiene, e incluso se amplía, la distancia entre las grandes bodegas y los pequeños viticultores, no alcanzado el equilibrio necesario. Las grandes bodegas compran uva aquí y allá, sin control posible, resultando vinos mediocres, que por precio no pueden competir con otras regiones (Rueda, Penedes…), y otros países (Australia, Chile...), donde la uva es mucho más barata, por los sistemas de producción y mecanización, y existe mayor libertad y menos trabas legales. Y los pequeños viticultores, que mejoran sus vinos por el mejor trabajo de la viña, no pueden competir en calidad con los grandes blancos europeos, aunque son de los mejores de España, y defienden la calidad-precio en el extranjero. Esperemos que unos y otros definan su nicho de mercado definitivo.
Junto a estos factores estructurales hay otros estrictamente coyunturales. Tienen pues una solución menos compleja, pero hay que realizarla. Aunque reconocemos que prácticamente todos ellos están siendo tratados, hay que afrontarlos con más decisión y energía.
- Alcanzar un conocimiento más profundo del terroir. Es cierto que cada vez se conocen mejor los distintos suelos, y que cada vez se maltratan menos con productos químicos, con el fin de que puedan expresar mejor su individualidad. Incluso algunos son más prudentes y respetuosos ante las habituales enfermedades o plagas del viñedo, rechazando los tratamientos más agresivos. Éstas, las plagas, seguirán existiendo, ya que no se puede cambiar el clima (lluvia, humedad, calor...), y el viticultor debe aprender a convivir, a tratarlas, inteligente y humanamente.
- Profundizar en el tipo de crianza conveniente según uva, región y filosofía del propietario. Es lógico que un albariño se trate de manera muy distinta a un godello, porque son uvas y climas muy distintos. No obstante, salvo excepciones, creemos que muchas bodegas siguen sin definir su estrategia, existiendo cierta confusión, como si estuviéramos en un eterno periodo de pruebas.
- Controlar el gran problema, desde hace muchos años, de los blancos gallegos: la falta de acidez. No se trata en absoluto de acidificar al azar, sino de trabajar adecuadamente el viñedo, preservar la pureza en la elaboración y alcanzar un equilibrio natural entre acidez y estructura.
- Aceptar que el mundo del vino es global. Es absurdo pensar que estamos solos y hacemos los mejores vinos del mundo. Hay que conocer y catar los grandes blancos del mundo. A continuación decidir que tipo de vino se quiere elaborar, y sobre todo las posibilidades reales de conseguirlo con los medios disponibles (el suelo, el viñedo, la uva, el clima, las instalaciones…). El objetivo siempre debe ser obtener la máxima calidad representando la individualidad de cada bodega.
Por último creo imprescindible un cambio en la mentalidad, para poder redefinir la concepción de la viña. Tradicionalmente la viña era una parte más de la unidad familiar, como podía ser la vivienda, los animales, la huerta, las actividades complementarias…, todo tenía un valor natural, intrínseco, desde siempre. Ahora, de repente, en los últimos años hay que cambiar lo que siempre se había hecho, durante décadas, sin tener que pensarlo. Y esto, queramos ó no, es muy difícil, porque supone un cambio mental del viticultor. Primero han cambiado en lo que más quieren, los hijos, que antes estudiaban en el colegio hasta los 10-12 años y a trabajar, y ahora acaban la Universidad a los 25-30 años. Y a continuación la idea de la viña. Antes se trabajaba y el objetivo era que no tuviese plagas y perdiera su fruta. Ahora hay que estudiar la viña al más mínimo detalle, observarla a diario, comparar, probar, investigar, ser respetuoso con ella, trabajarla muchísimas más horas, comprar y utilizar todos los aperos necesarios etc.…Es lógico que todos los que trabajan la viña adecuadamente están obteniendo los mejores vinos, y esto es un aliciente para todos los jóvenes que, bien formados técnicamente, están comenzando su trabajo en el viñedo gallego.
Re: Vino Tricó: opiniones
Ver mensaje de in vino veritasEs una pena...
vendo más fácil un genérico de Francia del 2004 que un Rías Baixas de lujo del 2006
una pena...
Re: Vino Tricó: opiniones
Ver mensaje de descorcheAnda!! te diste cuenta de qué va realmente el hilo!!
hurra!!!
es broma (pero poco, tipo woody allen)
saludos
Re: Vino Tricó: opiniones
Ver mensaje de in vino veritasEntonces de que va el hilo, porque en un principio hablas de los productores de nivel y del consumidor y ahora te sales por la tangente.
Re: Vino Tricó: opiniones
Tuve el honor de ser el primero en introducir nota de cata sobre este espectacular blanco. Creo que Galicia es la gran cantera de blancos de este país, mucho futuro y este producto es una gran muestra. Quizá tengamos que decirlo alto y claro para convencernos nosotros mismos y dar a estos vinazos el valor que tienen. Saludos y gracias Salva por tanta información. Espero que nos podamos ver pronto.