No he tenido el placer ni el privilegio de vérmelas con L’Ermita. Hasta entonces, y si ningún bendito Clos de esos que rondan por ahí lo remedia, consideraré a este Dofí como el priorat más elegante, complejo y sutil que he probado nunca. Su nariz es una vibrante sinfonía de notas florales entremezcladas con el mineral, la fruta roja bien madura, la trufa, el montebajo. Su boca redondea esa impresión refrescándola con una acidez pujante que alarga el trago y encima le dota de más suculencia si cabe. Pero lo que más me emociona de este vino es su esencia telúrica, su terruño profundo que va mucho más allá de sus inevitables notas minerales. Dofí es vino con alma auténtica por los cuatro costados. Tiene duende y misterio. Verdad. Ese vértigo telúrico lo emparenta con los mejores y más profundos Châteauneuf du Pape. Como ellos, este maravilloso priorat transmite ese especie de religiosidad laica que nos enfrenta sin remedio con las profundidades de la tierra o con ese no-sé-qué que tiene nuestra mamá naturaleza. Es tan bueno que hasta uno acaba poniéndose cursi. Qué le vamos a hacer...
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