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Hay dos tipos de personas: Los de Dromedario y los de Catunambú. Ah, ¿que no

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jose

De Madrid a Cádiz. 1ª parte.

Hay dos tipos de personas: Los de Dromedario y los de Catunambú. Ah, ¿que no sabén lo que es? Les falta sur, entonces; sumergirse en él. Están en ese curioso limbo previo a su definición. O se es de uno o se es de otro. No hay más. Y si usted no toma café no tenemos más que hablar.

He estado estos días, unos días, por el sur del sur. Podría dejar unos simples apuntes de lo comido, lo bebido, los lugares... No sé. ¿Tiene sentido? El contexto lo es todo. Sin contexto no somos. Guste o no (guste y no), prefiero contextualizarlo. Una suerte de Cuadernillo (Rubio) de viaje: De Madrid a Cádiz.

Cádiz. Sí, esa Cádiz a la que mi abuela siempre se refería como "La Tacita de Plata" en cuanto la oía nombrar. Cádiz de historia milenaria. Historia de una enormidad tal, que no se puede uno aburrir de ella.

Cádiz. La saudade. La tristeza que me transmite pese a tantas pequeñas cosas. La sonrisa del avío pal puchero. De la pequeña cadena de tiendas "El Desavío". La Cádiz llena de gente tan extraordinariamente amable que me cogía del brazo para acompañarme al lugar por el que les preguntaba y cuando se cruzaban con un amigo suyo le espetaban: "Compadre, acompaña a este chico a tal sitio, que yo tengo que ir a tal otro." Y su compadre me cogía del brazo y me acompañaba. A mi, al chico. Ya ven ustedes; peinando canas y de un modo paternal, maternal y fraternal me ayudaban a llegar a destinos que tampoco tenían mayor importancia. Cádiz y sus gentes son así.

El contexto; mi contexto. La saudade y la tristeza que os decía. En cierto modo sentía como si hubiera lugares que se están dejando morir. Abandonando. Lugares que se ignoran, pese a la importancia histórica, pese a la belleza que aun conservan... y se están cayendo, literalmente, a pedazos. Así lo he sentido muy especialmente en la ciudad de Cádiz y en El Puerto de Santa María. En menor medida en Barbate y Sanlúcar de Barrameda. Puesto a pensar, a sentir, es como si Cádiz y El Puerto de Santa María siguieran muriendo por el imperio que hace siglos fue España,  mientras que Barbate y Sanlúcar se mantuvieran en otro nivel distinto, sustentados, quizá, por un imperio más económico que de administrativo estado. Lo sé, puedo estar profundamente equivocado. Apenas ha llegado a una semana el tiempo que allí he estado. No me he informado. No he estudiado su historia, ni su realidad. Es sólo como lo he sentido. Y lo que he sentido me apena. Sinceramente, me apena.

Cádiz es, también, ese lugar en que los lugares que se publicitan para tomar algo después del trabajo lo hacen indicando 'post trabajo' y no 'after work'. Y un lugar que respeta así el idioma es un lugar que hay que querer. También es ese lugar en el que en los semáforos hay un cartel en el que piden al peatón que cruce sólo si tiene verde. Porque allí el verde se tiene o no se tiene.

El viento. ¿Os han hablado del viento en Cádiz? ¿No? Pues mirad, en Cádiz no hace aire; no hace viento. En Cádiz se fabrica el viento que luego exportan al resto de España. Sí, esto me lleva de nuevo a la saudade. Cádiz podría ser un lugar de generación energética de primer orden. Sí, Cádiz tiene también una riqueza paisajística y faunística excepcional. Mar, marismas, esteros, salinas, monte... Excepcional y todo ello podría (debería) ser una fuente de riqueza para la zona y sin embargo, tristeza. La fauna, ¡qué maravilla! Especies limícolas, flamencos, vuelvepiedras, garcillas bueyeras, cernícalos cazando a diario, en el mismo lugar, cada cincuenta metros. Bosques tan cerrados que es plausible que en ellos se refugien los últimos linces. Pero también me creería que se podría esconder la última pareja reproductora de pterodáctilos. Mires donde mires es una maravilla realmente emocionante para los que gusten de la naturaleza expresándose.

¿Qué me ha llevado a Cádiz? Los sabores. La necesidad (entre comillas) de probar determinadas cosas, allí donde son y cuando son.
Los sabores son importantes. Los olores. Los olores. Los olores y los olores. El viento que viene del mar a Cádiz huele a mejillones. El de Sanlúcar a berberechos. Sí, ya sé que todos nos ponemos a mirar el mar y nos sale el asunto de que esta noche puedo escribir los versos más tristes. Que nos ponemos a escribir y nos salen, al menos, veinte poemas de amor y alguna canción desesperada. Pero yo llego al mar y lo primero que hago es meterme en él como si fuera un cachorro que lo ve por vez primera. Lo segundo, oler. Y a mi el mar de Cádiz me olía a mejillones y el de Sanlúcar a berberechos.

El contexto, les decía. Mi contexto estos días ha sido el agua; la lluvia. Exageradamente torrencial. Me gusta caminar bajo la lluvia, pero también os digo que he llegado, literalmente, al punto del sufrimiento. Jamás antes me ha llovido de una manera tan fuerte, tantas horas, tantos días. Hasta el punto de tenerme que refugiar, en demasiadas ocasiones, en portales de viviendas durante una barbaridad de tiempo. Extenuante todos los días. No puedo decir otra cosa.

Una pregunta, ahora que estamos intimando. ¿Alguien sabe qué le ocurre a los andaluces con el asunto del paté? Intento explicarme. Siempre que he ido a Andalucía he observado el asunto de la zurrapa y la manteca colorá, pero en esta ocasión me ha sobrepasado. Zurrapa, manteca colorá, paté de chorizo, de jamón ibérico, de jamón york, de queso, de queso con zurrapa (sic), sobrasada, mantequilla de cacahuete, mantequilla, margarina... Ciertamente había más de una de docena de elementos untables en el mollete de por las mañanas en los bares. Puedo tener una visión muy sesgada, pero no recuerdo haber visto algo así en ningún otro lugar. También he de decir que los lugares que parecían más puristas se limitaban a zurrapa, manteca colorá, sobrasada y mantequilla. ¿Alguna idea, estimado lector, acerca del origen de este fervor andaluz hacia el universo untable y que llaman, comunmente, paté?

Hasta aquí, estimados (e)lectores (pues eligen leer o no leer). En los siguientes capítulos entraré en materia de los lugares, lo comido, lo bebido y lo sentido.

Saludos,

Jose

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