Cuando esto se termine de integrar va a ser la bomba

— Esto no es lo que yo entiendo por un Albariño de Rías Baixas.

Ese fue uno de los comentarios que surgieron durante una masterclass que impartí el pasado sábado y, sinceramente, creo que es el mejor piropo que se le puede hacer a Leirana, Finca Genoveva, de Rodri Méndez.

Finca Genoveva está en la zona de Valiñas, a unos 10 kilómetros de la costa. Es un viñedo emblemático, parte del patrimonio de Rías Baixas, plantado mayoritariamente con cepas a pie franco —algunas de ellas de unos 250 años, junto a otras de 20 o 30 años— sobre roca madre granítica.

Cuando Rodri descubrió la finca, también encontró los toneles tradicionales en los que la familia había elaborado históricamente sus vinos. Incluso había una bodega con Albariños de más de 25 años. Nunca se habían elaborado con la intención de envejecer, pero aquellos vinos demostraron que, después de todos esos años, seguían siendo perfectamente disfrutables y habían evolucionado de maravilla.

El proceso es extraordinariamente sencillo, pero también recuerda a cómo se elaboraba el Albariño antiguamente.

Cada año, Rodri desfanga un poco menos y no le preocupa especialmente que algo de turbidez pase a los foudres antes de que el vino comience una fermentación espontánea. Son dos, de 2.500 litros cada uno, fabricados en 2007 y 2009. No hace bâtonnage.

El vino simplemente permanece allí, de manera estática, durante un año. Rodri también intenta evitar la fermentación maloláctica, protegiéndolo con una pequeña cantidad de sulfuroso.

Este 2022 es jodidamente elegante y de primer nivel, con aromas de madera vieja que todavía necesitan integrarse, junto al calor de la crianza sobre lías en foudre —cebada, nueces, piel de pera, lima, manzana y hoja de limonero—. Aparecen también una delicada manzanilla, conchas de marisco trituradas y un precioso recuerdo de piel de membrillo y albaricoque. Sereno, adulto y serio en nariz.

La boca es amplia sin ser glicérica, cruje con tensión granítica y permanece en el paladar con esos recuerdos de evolución del Albariño, entre la mantequilla de jengibre y un delicado toffee. Persistentemente picante. Es aquí donde el vino resulta verdaderamente sápido, donde se percibe con mayor claridad esa energía granítica.

— ¿No es pretencioso?

preguntó alguien.

Pero, en cierto sentido, ¿no es precisamente eso algo bueno para una región como Rías Baixas?

  1. #1

    Juansanroman

    Gracias Miguel! Tentadora nota de cata!

    Titulas "cuando esto se termine de integrar": cuándo dirías que se abre la ventana de consumo ideal? Caté un 20 hace dos años y todavía me pareció joven. Hay otro en espera...

  2. #2

    Miguel Crunia

    en respuesta a Juansanroman
    Ver mensaje de Juansanroman

    Pues yo creo que son vinos que necesitan al menos 8/10 años buenos. También tengo que decir que, al ser el vino que menos toca, la añada lo define mucho. Desde hace unos años viene vendimiando algo más tempranero por lo que las añadas cálidas como esta seguramente aguante bien. Las de antes del 2020... pueden que no tanto. En 2023 caté un Genoveva del 16 y estaba ya bastante evolutivo (membrillo, Werters Original, orejones), todavía muy disfrutón pero para descorchar y beber cuanto antes.

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