Con la nostalgia de unos años que viví en primera persona El Priorat, me encuentro una nariz con raza prioratina a la antigua, con esos aromas que mezclan la Licorella, los frutillos del bosque y esa elegante rusticidad vegetal que tan bien define a estas montañas catalanas : lentisco, monte bajo, eucaliptus, jara y retama. Hay mentoles, after eigth, torrefactos, hojarasca, tierra de maceta y sotobosque umbrío. La aireación le sienta de maravilla. En boca es riquísimo, fresco, extremadamente frutal, de excelente paso que te llena el paladar de sabores sápidos pero a la vez cremosos y maduritos. Taninos frutales y de la madera muy bien integrados, en cierto sentido hasta jóvenes. Diría, en un claro signo de exageración andaluza, que se le nota hasta los “ taninos “ de la Licorella ¡ Qué bueno está !. Es un claro ejemplo de cómo se hacían las cosas antes en Priorat, sin quererlo y con la duda de avanzar hacia el espacio exterior de lo desconocido se hacían vinos sinceros y para el largo plazo, pero sin saberlo. Priorato era la “ Enterprise “ de los vinos españoles. Contaban a su favor con la climatología que sin lugar a dudas ha cambiado en los últimos años y en cierta forma ha acercado al Mediterráneo a unos vinos que de por sí deberían de ser frescos y más ácidos. Vinos de montaña, fruta y piedra, sin tanta concentración forzada y madera. Un emotivo reencuentro, ojalá pudiéramos trasladar esto mismo a otras facetas de la actualidad. Está en perfecto estado de disfrute y sin signos de declive sensorial. Un vino y añada para el recuerdo, un vino para soñar con el Priorat más genuino.
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