Restaurante Michel Bras en Laguiole

Restaurante Michel Bras

Datos de Michel Bras
Precio Medio:
279 €
Valoración Media:
7.8 10
Servicio del vino:
7.0 10
Comida:
7.9 10
Entorno:
9.4 10
Calidad-precio:
6.0 10
Fotos:
 
País: Francia
Localidad: Laguiole
Dirección: Route de l'Aubrac
Código postal: 12210
Tipo de cocina: Creativa - de Autor
Vino por copas: Añadir vino por copa
Precio desde 190,00 € (precio más bajo introducido por un usuario)

Teléfono


5 Opiniones de Michel Bras

Reservamos el pasado mes de marzo para finales de septiembre, especificando que la visita a Bras era el plato fuerte de nuestro viaje de luna de miel. A fin de empezar por lo positivo, decir que quien se decida a acudir al hotel-restaurante Bras, que no dude ni un instante en pasar una noche allí. La zona, el Aubrac, es realmente preciosa, el hotel está muy bien integrado con su entorno y absolutamente todo está perfectamente cuidado, buscando la perfección. Nada hacía presagiar que, visto el hotel, la experiencia en la sala iba a ser, por desgracia, harto diferente.

Como digo en el título, el servicio roza el desastre y, creo que no es ninguna exageración ni ninguna pataleta decir que no está, ni de lejos, a la altura de cómo hemos sido atendidos en otros tres estrellas michelín (e incluso en otros restaurantes menos o nada estrellados). Copas de vino y de agua sin rellenar durante minutos, sensación de abandono, servicio apresurado (da la sensación de que van cortos de personal), además de ser demasiado joven y poco experimentado.., son hechos y sensaciones que fuimos sintiendo a lo largo de la velada. No hay ninguna figura coordinando las mesas y dirigiendo al personal, a excepción de Veronique, la mujer del chef Sebastien Bras (hijo de Michel), que se dedica a pasar el servicio paseándose entre las mesas preguntando si todo va bien, pero sin dirigir la función.

Optamos por el maridaje de vino y a media Gargouillou (que a mí me entusiasmó, pero a mi mujer no) se me acabó la copa de vino blanco y, en vez de rellenármela de nuevo, el camarero me la quitó, dejándome unos cinco minutos –tal cual- sin vino ni copa, hasta que vino a servirme la copa de vino que tenía que acompañar el siguiente plato (tuve que recurrir a la copa de mi mujer para poder acabar la Gargouillou con vino).

En medio de un servicio que hacía aguas por todos los lados, sí que habían las típicas imposturas, supongo que para señalar que es un tres estrellas, como la de acomodarte la silla o doblarte la servilleta cuando te vas al lavabo. Igualmente, tampoco acabo de entender a qué viene el doblarte una servilleta cuando la misma empieza a dar asco de lo manchada que está (en otros restaurantes, tal y como te levantas aprovechan para cambiártela por una limpia).

El mismo cuchillo lo mantienes toda la velada, dicen que para seguir la tradición de los habitantes del pueblo donde está el Bras, Laguiole (de donde provienen las famosas navajas). Dejé un cuchillo totalmente manchado en el plato para retirar y la camarera, sin inmutarse, me lo colocó en el reposa cubiertos (que también se manchó) para que volviera a hacer uso de él. Un cuchillo que daba asco y que tuve que limpiar con una servilleta que tampoco cambian.

Mi mujer dejó un plato a medias. Tanto ella como un servidor dejamos dos postres casi enteros, sin tocar. Aún esperamos a que pregunten si algo va mal o algo se puede arreglar. Retiraron todos estos platos de la mesa sin preguntar nada. Yo me indispuse en el coulant (supongo que el Foie me acabó sentando mal), tuve que marchar corriendo al lavabo y aún esperamos a que alguien de allí se interese por mi situación. Lo único que nos dijeron, tras ver mi indisposición, es que debíamos decidir urgentemente si queríamos parar el menú degustación. Tampoco se preocuparon lo más mínimo en traducirnos los platos al español o al inglés, aunque nos disculpamos en innumerables ocasiones por no hablar francés. Si preguntábamos qué era exactamente lo que comíamos, nos repetían una sola vez el nombre del plato en francés y salían pitando de la mesa, volviéndonos a dejar solos. Y eso que el sommelier de Bras es argentino.

El sommelier, Sergio Calderon. Aunque desconocemos el motivo (sólo tenemos hipótesis al respecto), lo cierto es que nos hizo el vacío a conciencia durante casi toda la noche. Desde la Gargouillou, que es el primer plato del menú degustación, hasta el momento en que salíamos del restaurante (y porque yo me aproximé a él), que no volvimos a hablar con este “señor”. Fue un poco feo verle atender puntualmente y en el transcurso de toda la noche a todas las mesas, a excepción de la nuestra. También enseñó la bodega a diversos clientes, excepto a nosotros, claro está. Es decir, dejó de atender precisamente a la mesa de los españoles que necesitaban de tanto en tanto que les tradujeran los ingredientes. Veronique también desapareció de escena a media función, no sé si fue todo debido a que detectaron que no nos estaba gustando la cena.

La cocina, aunque buena no es memorable. Lo mejor para mí fue la Gargouillou, el único plato junto con el cordero que encontré realmente a la altura. Del resto, aún no alcanzo a entender como incluso al plato elaborado con trufa (en una vinagreta, buffffffff) tampoco le pude apreciar una intensidad de sabor especial. A mi mujer le substituyeron el Foie por un trozo de calabaza al horno. En otros restaurantes, siempre le han substituido el Foie del menú degustación por algo con más “entidad” (sin querer menospreciar la calabaza). Postres: puedo entender que aunque no fuera espectacular (de nuevo, sabor huidizo y poco intenso), se incluyera el coulant en el menú (Michel fue el inventor), pero los dos postres restantes (que, como mi mujer, también dejé casi por completo) creo que se podrían servir perfectamente en restaurantes de menor nivel. Respecto a los helados que acompañaban al coulant y los mini-cucuruchos finales: creo que hacer un buen helado es fácil, con buenos ingredientes y una elaboración cuidadosa. No obstante, podría señalar heladerías de mi barrio que hacen mejores helados que los que elabora el Bras, de nuevo muy flojos de sabor, sin concreción.

Después de dejar nuestra mesa, a estas alturas ya con una sensación de abandono total por parte del personal del restaurante (nuestra camarera se despidió de nosotros durante los postres, suponemos que había acabado su turno), a la salida le comentamos al “sommelier ausente” que la cena no había estado a la altura de nuestras expectativas. Demostró hacia nosotros la mayor de las indiferencias, como si realmente no le importara en absoluto y/o como si nuestra apreciación no fuera ni con él ni con nadie de la casa. No nos preguntó absolutamente nada, ni mucho menos si se podía hacer nada por arreglar esta situación, ni tampoco mostró ninguna señal de preocupación. Se limitó únicamente a corregirme cuando, erróneamente, dije que el segundo plato era de langostinos (estaba todo cortado a daditos y dentro de un timbal recubierto de espinacas), cuando lo era de bogavante. Todo esto me llevó finalmente a una lamentable sensación de contrato: nosotros te servimos esto, cobramos lo que te debemos y punto, todo lo demás sobra.

Como decía, y a modo de guinda, la cena me sentó mal. No pude dormir en toda la noche.

Después de todo esto, realmente no sabía si había cenado en Bras o qué es lo que había pasado. No me cabía en la cabeza (y aún me cuesta creerlo) que hubiéramos podido presenciar actitudes como las descritas, sin mencionar que la cocina tampoco me entusiasmó (a excepción de la Gargouillou).

Además, era un restaurante muy querido por mí, al que quería ir desde hacía muchos años y en el que había depositado grandes expectativas. De hecho, como ya he mencionado, nuestro viaje de boda giró alrededor de la visita al Bras. Ante tanto desconcierto, me decidí a escribir extensamente a la familia Bras vía email, describiendo muy educada y respetuosamente un poco todo lo que aquí os menciono y proponiéndoles finalmente si podríamos buscar un arreglo a esta situación mediante una segunda visita a su restaurante para el año que viene y en la que ellos invitaran a la comida o, en todo caso, llegáramos a una fórmula de “medio pago”. Les decía, 1) que me gustaría comprobar que realmente tenían la voluntad de arreglar esta situación y 2) que no quería que Bras quedara en mi memoria como una mala experiencia. Sé que puede parecer osada esta proposición, pero sigo pensando que está más que justificada porque, si bien la cocina es más opinable, los numerosos errores de servicio son un hecho, están ahí. Pasaron dos semanas sin obtener respuesta. Volví a enviar un mail diciéndoles que no alcanzaba a entender como ni tan siquiera tenían la cortesía de responderme. Total, finalmente me responden firmando como “la familia Bras” y diciendo que 1) no habían tenido tiempo para responder; 2) que depositan demasiada pasión en su local para que no les hubieran afectado las palabras de mi primer mail y que lamentan que nuestra visita no estuviera a la altura de nuestras expectativas; 3) que, igualmente, estaban muy sorprendidos de que me “atreviera” (tal cual) a proponer un arreglo de la situación, dado que ellos consideraban que no se había cometido ningún error de cocina o servicio y que la frescura de sus productos es irreprochable ; y 4) que por lo demás, era desafortunado que me mostrara por razones obvias insensible a las numerosas atenciones que me dispensaron. Total, que respondí que yo nunca había cuestionado la frescura de sus productos y que pensaba que alcanzaba la imparcialidad (y por tanto, que superaba nuestros puntos de vista subjetivos) el decir que el servicio fue una sucesión de errores desafortunados y que la actitud del sommelier con nosotros fue desagradable. Y supongo que aquí se han acabado las comunicaciones con la familia Bras que, por lo que a mí respecta, han mantenido la prepotencia con nosotros hasta el mismísimo final.

Y eso es todo, comparto por tanto la crítica de Lluís Fors anterior a la mía en el mismo Verema, creo que a Bras le iría muy bien un buen baño de humildad y, finalmente, me hago cruces de que la Michelín les conceda y les renueve las tres estrellas.

Regalo de mis 50 años con mi pareja y un matrimonio amigo. Reserva en agosto, ya que todos los fines de semana de primavera estaban ocupados dos días después de abrir las reservas en enero. Finalmente, podíamos ir al restaurante que es todo un referente para la cocina tradicional puesta al día. Llegada a las 12 del mediodía, un día espléndido con unas vistas maravillosas. Todos los clientes en educada procesión cruzando el jardín de plantas aromáticas. La recepción nos invita a situarnos en el salón de cafés y aperitivos, desde donde se divisan unas impresionantes vistas sobre todo el Massif Central. Nos sirvieron las cartas de aperitivos, de comida y de vinos. Todo bien escrito y detallado, con todos los precios y sin las trampas tan habituales en España sobre precios de pan y cubierto, refrescos, etc. Pedimos un aperitivo mientras comentábamos qué elegir. Al final, nos decantamos por el menú balade, el más extenso, pero que incluye la famosa gargouilloue. Minutos después se nos acercó uno de los sommeliers que nos aconsejó un par de vinos, un blanco de Borgoña y un negro de Burdeos, bien ajustados de precio, a unos 70-80 € la botella. Al cabo de un rato, pasamos al comedor, con la suerte de tener una de las mesas a primera línea del ventanal. (Atención: la iluminación y el paisaje pueden cambiar mucho según se esté en primera o en segunda fila del ventanal). Nos encontramos la mesa ya dispuesta, con los vinos esperándonos en una mesa aparte. Pedimos agua natural, sin ningún coste, perfectamente servida en una jarra y a temperatura fresca excelente. (Otro paréntesis: ¿para cuando en España se ofrecerá agua corriente sin coste adicional, o como mínimo, con indicación de precio. Todavía recuerdo el robo que nos cobraron por el agua en el Sant Pau de Carme Ruscalleda. ¡Tenemos tanto que aprender de Francia!).
No voy a detallar el menú, que está en otros comentarios y muy bien detallado. Solamente mis reflexiones y conclusiones: no encontramos ninguno de los cuatro comensales ningú plato que nos sorprendiera por su intensidad de sabor o por su sutileza. Ninguno, a parte de sabor de media langosta asada, lo cual no tiene un especial misterio. De pescado, nada más. Y de carne, un foie muy suave, bien cocido a la plancha (pero con todas la venas... mo tocó el corte central) y un corte de pato. Nada más: ninguna referencia a las felices ovejas y vacas que veíamos por todos los prados a nuestro alcance. Abuso del celerí: nos lo encontramos en tres platos, y la gran decepción: la gargouillou. Un fiasco. De verduras, las mínimas, pero de flores y brotes de plantas, la que quieras. El resultado es decepcionante: si tienes la mala pata de comer en primer lugar alguna hierba de sabor muy fuerte, ya no puedes sentir los sabores de los productos más suaves. Pueden estar perfectamente cocidas (las pocas verduras, porque lo que són flores y brotes, no hay técnica que valga), pero no se pueden apreciar al lado de una legión de hierbas de pastura.
En general, todos -y cuando digo todos, quiero decir todos- todos los platos decorados con flores (¡hasta el carro de quesos solamente se acompañaba de ensalada de verduras y flores!).
Y para colmo, el servicio. Puedo comprender que si un comensal se levanta del comedor, acuda un camarero pare doblarle nuevamente la servilleta, lo encuentro inencesario pero lo puedo comprender, pero lo que no puedo comprender es que en dos ocasiones este camarero no se dé cuenta de una copa completamente vacía, que yo tuviera que hacer signos para que viniera alguien a servirme vino, y que nadie acudiera... ¡en más de seis minutos! Hasta que me levanté para servirme yo mismo, y solo entonces acudieron a servirnos más vino.
Segundo error: muy sutilmente nos invitan com un papelito doblado a mantener el mismo cuchillo durante toda la comida, como homenaje a los cuchillos de la misma población, Laguiole. Muy atentamente, nos lo comentan y nos señalan que si queremos que nos cambien el cuchillo, no habrá ningún problema, faltaría más. Pues cual fue mi sorpresa que dejé mi cuchillo sucio cruzado en medio de plato para retirar, cuando el camarero, sin mediar palabra, me lo coge del plato y lo vuelve a colocar al lado. Cuando reaccioné, el camarero ya se había dado media vuelta. Tuve que limpiarlo con mi servilleta. Y supongo que el camarero se tuvoo que limpiar las manos.
Creo que con todos estos detalles explicados pueden entender el título de mi comentario: los grandes restaurantes archipremiados y archiestrellados me han decepcionado profundamente, por el mal servicio y por la poca intensidad y sutileza de sus sabores. Me ocurrió con el Celler de Can Roca de Girona (de los diez comensales que éramos, nadie recuerda lo que comimos dos años después), me ocurrió con El Racó de Can Fabes de Sant Celoni (cafés desparramados por el plato, pescado crudo que se quedaba agarrado a la espina, moscas voloteando por el cristal de la cocina, errores en el servicio de los postres, etc.), me ocurrió hace años en el Neichel de Barcelona, etc. Solamente salvo parcialmente Arzak, el Sant Pau de Sant Pol y, éste sí, el Bulli (en 1999!). De los otros, me ahorro los comentarios. Desde aquí defiendo los restaurantes que no son arichestrellados y que mantienen una cocina muy honesta... aunque no estén de moda, como La Rectoria de Espinavesa, o Can Po de Rocabruna.
Por suerte, el precio que nos cobraron -275 € por personal- fue por debajo que lo que nos esperábamos par un santuario como el Bras. (por cierto, que el restaurante se llama "Bras" y no "Michel Bras", pues es de los dos hermanos, Michel y Sébastien, y no solamente de Michel.
En conclusión: no pienso volver a ser víctima de las Michelin y otra guías. Nunca más.

Hemos pasado parte de las vacaciones en tierras galas, entrando por el sur mediterráneo hasta el valle del Loira (precioso y no sólo por sus espléndidos castillos). Aunque espero hacer próximamente un post con lo mejor de los restaurantes del lugar, de camino hasta el Loira hicimos un alto en el restaurante de Michel Bras, en el macizo central, concretamente en Laguiole, pueblo de procedencia de los famosos cuchillos (los podéis encontrar en el Corte Inglés). Para ello, había reservado mesa en enero, después de un fracaso más a la hora de intentarlo en el Bulli.

Os pongo en antecedentes, se trata de un restaurante situado en la cima de una colina desde el que se divisa la bucólica región de Aubrac desde una perspectiva de 360º. El propio restaurante-hotel es una maravilla arquitectónica que fue ideado por el propio Bras. Se trata de un edificio vanguardista de vidrio y pizarra enclavado en total armonía con el entorno, que desde lejos parece un platillo volante ya que el peculiar voladizo oculta la base del inmueble.

Michel Bras lleva con tres estrellas más de 20 años y ha sido una fuente de inspiración para el propio Ferrán Adriá, que incluso ha reproducido una versión deconstruida de plato más famoso de Bras, el gargouillou, del cual hablaremos más adelante. El año pasado obtuvo el puesto 7 en el listado de 50 mejores restaurantes de la revista Restaurant y desde la creación de estos premios no ha bajado del puesto 11.

El viaje hasta el sitio ya merece la pena de por si ya que se trata de una región muy verde y apacible. La decoración interior cuida todos los detalles y, dentro de la propia sala, se goza de una cierta intimidad entre comensales. El servicio fue muy bueno en general (simpáticos sin agobiar), aunque tal vez sobrase una señora que sólo se dedicaba a ir sonriendo por las mesas de manera poco natural.

Aparte de la carta, ofrecen tres menus, uno más corto, otro largo y uno vegetariano. Podéis acceder a los mismos en su página web si os defendéis en inglés o francés: http://www.michel-bras.com/site_blanc/fr_index.php#

Como digo siempre, ya que hemos llegado hasta aquí, optamos por el largo (Menu Balade), que además, como aliciente, incluía el gargouillou y una versión del coulant, postre infinitamente copiado en el mundo e inventado por Michel Bras en 1981.

Como después nos quedaba un buen trecho hasta Blois, nuestro siguiente destino, no pedimos vino y nos conformamos con una cervecita artesanal aveyronesa como aperitivo.

El primer aperitivo fue un coque-mouillette, yema de huevo templado en su cáscara con cebollita y más cosas que no recuerdo, estaba riquísimo. Es un plato homenaje a los huevos pasados por agua que hacía su madre.

El siguiente entrante fue una tartiflette de cepes (setas), también excelente.

Por último, nos trajeron 3 cucharitas con distintas creaciones, una con alcachofa y crema de pimientos, otra con bacalao y apio (verdura muy utilizada por Bras) y la última con una terrina de cordero y brocoli. No sé con cual quedarme ya que las tres encerraban múltiples y sutiles sabores muy agradables. La sonrisa ya empezaba a dibujarse en nuestras caras.

A continuación, continuamos con los platos y aquí llegó el gargouillou de verduras, el plato estrella de la cocina moderna en los últimos 20 años con total merecimiento. Mucho hemos oido hablar de cocineros, pero pocas veces de un plato en concreto, dificilmente imitable y que perdura a lo largo de las décadas. Si los cocineros fueran futbolistas, este sería sin duda el mejor gol de los mundiales (que me perdone Ferrán, pero como es imposible ir al Bulli sin contactos, no puedo comparar).
Le gargouillou de jeunes légumes, relevé de graines germées & d’herbes champêtres, lait de poule a la noisette de Michel Bras es una obra maestra que resume toda la filosofía de su cocina. El plato consiste en vegetales, hierbas aromáticas y flores, unos 30 o 40 productos autóctonos que dependen de la estación, recogidos apenas unas horas antes, blanqueados en su punto justo y ligeramente salteadas. Primero cuece por separado cada verdura, las saltea con una loncha de grasa de jamón, y lo acompaña con hierbas y flores de Laguiole. Convierte un plato simple de verduras en una experiencia de texturas, sabores y perfumes que me dejaron atónito desde el primer bocado. Creo que tarde más de 20 minutos en comerme el plato degustando todos y cada uno de los sabores que contenía. Realmente impresionante !!

A partir de esta increíble experiencia insuperable, los demás platos fueron los siguientes:

Lubina de San Juan de Luz sobre una base de apio con una salsa espesa compuesta principalmente de mostaza, anchoa y pistilos de flores. La salsilla era muy buena pero el pescado estaba poco hecho por algunas partes del interior por lo que estaba un pelin chicloso a veces. Aprobado sin nota.

Foie gras poêlé con pepino refrescante, cebada, lassi (batido) de hinojo y toques cítricos. Riquísimo, el toque del pepino refrescante era muy acertado, aunque creo que con el foie poêle, aun siendo excelente, es difícil conseguir sorprender al comensal.

Cébe de Lezignan (cebolla) cocinada durante mucho tiempo con corteza de trufa. Muy original y riquísimo, la corteza le daba un toque crujiente y un sabor a la cebolla, que de por sí era excelente. Puede chocar que el ingrediente esencial del plato fuese cebolla, pero os aseguro que estaba tan sabrosa que me hubiese comido un par de platos. También como acompañamiento hubiese resultado excelente, pero parece que Bras considera que merece un papel protagonista de por sí.

Como plato de carne, nos pusieron una canette (la hembra del pato), con diversas verduras de acompañamiento, un higo y aligot, una especie de puré de patatas típico de la región que se hace con queso tomme y nata, obteniendo una textura muy particular, se estira pero no se rompe. La carne era excelente y diferente, no era igual que el típico magret de pato que conocemos.

Una vez finalizados los platos principales, llegó el turno de los quesos, típico en los restaurantes franceses. Había de todos los gustos, formas, antigüedad (curados más de dos años), texturas, procedencia (cabra, vaca y oveja)… Nos desabrochamos el primer botón del pantalón y le propusimos al camarero que nos sirviera un remix. Nos gustaron especialmente uno de cabra y una tomme, que era tipo el queso curado de aquí, aunque con un sabor diferente.

Sin hueco ya, pasamos a los postres. Empezamos con una versión del famoso coulant, archiconocido postre creado por Michel Bras, que consistía en el bizcocho sin chocolate y el coulis del interior estaba hecho con frutos rojos. Además, se acompañaba de un helado del flor de reina de los campos (?) y un zumo de miel. Realmente bueno, aunque me hubiese gustado probar el original por comparar.

El segundo postre era ya muy ligerito (menos mal) y muy de actualidad en estos momentos con el debate que hay en España sobre el control de sanidad que hay que hacer sobre las flores comestibles. Eran dos cuenquecitos, uno con un melocotón confitado en caramelo con un heladito de leche y una flor, y el segundo era la corola de un lirio de día (ojo, no todos son comestibles) con una mousse de verbena y citronella con albaricoque.
Como todo, estaba muy bueno y era original, aunque el apetito ya era muy escaso. Como curiosidad, comentaros que los lirios son deliciosos cuando se comen directamente después de la floración y son una muy buena fuente de hierro y vitamina A. Su gama de sabores varía de picante a afrutado como melocotón y su dulzura se debe a la presencia de néctar en la base del perigonio.

Por último, llegaron 5 mini heladitos de cono con diferentes y curiosos sabores (miel y limón, mermelada de grosella, chocolate con hierbabuena…)

La cuenta ascendió a 380 euros los dos, mereció la pena por la comida en general, pero sobre todo por el gargouillou. Todo buen amante de la gastronomía debe probar al menos una vez esta maravilla que ofrece Bras. Os aconsejo que busquéis en youtube un breve reportaje sobre la preparación de este plato ya que tiene su ciencia y un enorme trabajo detrás y resume la esencia de Bras, una cocina de emociones que refleja su pasión por la naturaleza y un fuerte arraigo a las raíces de su tierra.

Para ver las fotos no dudéis en visitarnos en:

https://www.verema.com/blog/a2tiempos/780680-michel-bras-verduras-hechas-arte
http://adostiempos.wordpress.com/2010/08/26/michel-bras-las-verduras-hechas-arte/

Au revoir !!!

Excursion de dos dias a Laguiole desde mis cuarteles de verano en Vaucluse(sur de Francia). Frescas temperaturas en la zona que no impidieron a numerosos clientes del hotel-restaurante de Michel Bras darse una vuelta a pie o en bicicleta por los alrededores del espectacular enclave donde se situa uno de los mejores restaurantes de Francia. tres estrellas bien merecidas no solo por la calidad de sus menus sino por su excelente servicio. No describo el hotel pero valga decir que merece la pena quedarse a dormir alli si vas a cenar.
El espectaculo comienza a eso de las 20 horas con una recepcion en el hall-mirador del hotel, donde se pueden admirar las increibles vistas de l'Aubrac. Tiempo de l'apéro con una toma de contacto con lo que vendra despues. Antes de pasar a table nos proponen visita a la cocina, donde el maestro Michel oficia al lado de su hijo para que todo este a gusto de los 50/60 comensales afortunados.
Seleccionamos el menu Balade(el mas extenso, por eso de que para una vez que ibamos......) y para hacer honor a tal menu nada mejor que un Hermitage J.L. Chave 1997.
Comienza un baile de platos que arranca con su famoso Gargouillou de légumes que es toda una experiencia sensorial. Le siguen salmon con apio, foie, ceves,...una puesta de sol que llama la atencion a muchos comensales y que es realmente espectacular,...canette, mesa de quesos obligatoria con numerosos de la zona y desfile de postres con un fondant de frutos rojos a la cabeza. Nos levantamos de la mesa hacia la media noche y un paseo(a pesar del frio) apetecia para ayudar a bajar la comida.
Servicio del vino impecable: aireacion y servicio esmerado de rigor.

Entré a las 12:30h y salí a las 17:30h. 5 horas. Ni en El Bulli había estado tanto tiempo dentro de un restaurante. Y el caso es que no lo entiendo, porque el menú no era, ni mucho menos, excesivamente largo y el servicio tuvo un timing perfecto. Es verdad que me lo tomé todo con calma y que el café pedí tomármelo en la sala que tienen con la balconada, pero aún así no me salen las cuentas.

Pedí el menú degustación más largo que tienen, eso sí. Me pareció todo de una exquisitez máxima, pero creo que si vuelvo alguna vez (cosa no descartable porque la región del Aveyron y su contigua de Auvernia me resultaron una sorpresa maravillosa), tomaré el menú vegetal que tiene, porque fue en estos platos donde el sabor y la delicadeza de sus composiciones llegaron a su máxima expresión.

Por cierto, algo de lo que deberíamos aprender en España: el restaurante está en un pueblo de montaña, donde el agua tiene que ser, por naturaleza, buena. No se les caen los anillos al preguntarte si quieres “de l’eau minérale o eau carafe” (del grifo, vamos). En Biescas (en pleno Pirineo aragonés), unos días después, no me quisieron servir, junto con la botella de vino, una jarra de agua, “tiene que ser agua mineral”. En fin, en este país somos más listos que nadie…

El maridaje fue bueno, aunque no espectacular, todo vinos del país.

Las vistas son impresionantes porque el restaurante está ubicado en una colina que domina la preciosa comarca del Aveyron. El servicio, perfecto.

Pagué 179 euros por el menú y 78 por el maridaje. Y hay que sumarle alguna cosa más. Mucho dinero, pero lo que digo siempre: una vez en la vida... (el problema es que lo digo demasiado a menudo...)

P.D.: más fotografías en http://proximityproject.wordpress.com/2010/08/16/quique-dacosta-y-michel-bras/

  • Impresionante entorno del restaurante.

  • Los vinos españoles, escasos y caros.

  • Su famoso gargouillou. Delicado, pero muy sabroso.

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