Sí es oro todo lo que reluce

Para mí hay pocas ciudades con la originalidad real de Chicago: la cuna de los rascacielos y de la arquitectura moderna, las perspectivas infinitas y el inmenso lago Michigan invitándote a perderte en el horizonte…no pude más que rendirme a la modernidad y los record Ginness en la cuna del lujo y el glamour chic: la casa de Donald Trump cuando quiere ver a los Bulls o tomar una chiclosa pizza en la “Uno”.
El hotel es una maravilla arquitectónica en sí misma. Enormes ventanales llenan de luz las habitaciones que tienen vistas espectaculares de la cuidad. Las mejores, más altas y con vista al lago, las menos buenas, con increíbles panorámicas de sus anchas avenidas y ordenados canales.
Dormir es toda una experiencia. Camas enormes con carta de almohadas y cojines por doquier, mullidos de blanco impoluto, en sábanas fresquitas e impecablemente hechas. Pantalla de plasma enorme en la habitación, con video club y cientos de películas para elegir. También el espejo del baño esconde otra tv de plasma, para poder, si se tercia y hay poca prisa, disfrutar de una película mientras te das una ducha o, mejor aún, un baño en una bañera de reluciente mármol.
Muy al estilo local la habitación tiene una pequeña cocina americana , que yo suelo detestar en todos los hoteles y disfruté en este. Impecable, con un minibar llenito de aguas de lujo y de picoteo exótico (a precios no menos “exóticos”) y con todo lo necesario para prepararte un gin tonic o un pic nic improvisado en el terrible caso de que viendo la peli en la bañera a mi mujer le entrara sed….
En general habitaciones casi perfectas: muy amplias, bien equipadas, luminosas, con todo lujo de detalles y cómodas. Un lugar perfecto para descansar después de una larga caminata mirando al cielo, sólo que cuando metes la llave y cruzas la puerta, son el resto de turistas los que contorsionan su cuello para mirar hacia donde tú descansas.
Dispone de un magnífico spa con piscina cubierta y una gama de tratamientos que van desde el más mundano hasta el que recubre de oro a la jet al genuino estilo Trump. La terraza al aire libre de la planta 16 es uno de los lugares más espectaculares de toda la ciudad. De noche se puede cenar o tomar una copa mientras te mides de tú a tú con todos los edificios neogóticos, que casi puedes tocar con la mano, iluminados al más puro estilo “Gotham city”. Lo peor, la cantidad de guapas que aprovechan para pasearse por allí a ver si algún ruso con pasta les resuelve el panorama con el consecuente ir y venir de gente, la lista de espera y, por supuesto, la camarera aspirante a modelo sin muchas ganas de ser amable. Aún así, una vez sentado, la impresión es tan fuerte que se olvida todo el zumo de cítricos bebido hasta conseguir una mesa.
En definitiva, ni el más elegante, ni el más clásico ni probablemente el más histórico pero, sin duda, una opción intachable que repetiría mil veces si me dejara caer por allí. Es perfecto para descansar y tan sumamente nuevo, cuidado y bonito que no hay hotel con solera que pueda hacerle sombra.

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