Cenando en un asador en Madrid, no pedí yo el vino, ya que cuando llegué ya estaban mis compañeros sentados, el primer sorbo me sorprendió porque no había ojeado la botella y no sabia que iba a beber, estupendo, con una cierta levedad fruto del envejecimiento pero sin perder por ello pizca de atributos. Inmediatamente mire la etiqueta y memorice el sabor en mi paladar. Lo que también recuerdo es el precio, 30 euros
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