Sorprendentemente vivo y luminoso pero ya con reflejos atejados y sin la gradación de antaño. No hay nada en la península que exprese la vejez -excepto los hermanos Sanluqueños y Montillanos- como los vinos de Rioja bien guardados. Están más allá de la artillería que impera, de los presriptores, de lo frenético, de lo extremo. Están para disfrutar lentamente, para oler desván, piel de naranja, madera lacada, para traernos al recuerdo las efemérides de la añada. Este Remírez de Ganuza cumple con creces; me arrepiento de haber abierto la última botella (sospechaba infundadamente de un corcho deficiente) pues el vino crece año tras año dando lecciones de finura, elegancia e impresionante evolución. Tremendamente complejo, forma un conjunto casi inadjetivable pero absolutamente placentero. De eso se trata no?
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