Calisay de Mollfulleda: <i>Temps era temps</i>


Era un licor barato. De los llamados "estomacales". Probablemente esto influyese en que nunca faltase en casa. Mi padre me dejaba mojar los labios desde muy pequeñito. Con el tiempo, me volví un adicto. Basta con pensar en él para que se me acelere el pulso, se me altere la sinápsis, se me despierte la memoria. Ansiada golosina de fiestas de guardar.

Miro la botella y me vienen imágenes fugaces de mi infancia: una niña jugando en la calle donde se ubicaba la casa de mis abuelos en Els Magraners, la cama de paja que me preparaba mi abuelo José en verano, los cumpleaños en casa de mis abuelos en La Mariola, la Lambretta de mi tío Paquito, nuestro primer coche, Mortadelo y Filemón, los tebeos de a duro, las comilonas a base de carne a la brasa en La Plana mientras reformábamos la masia, las siestas a la vera de la lumbre, las judias con arroz que entusiasmaban a mi padre (y que yo apenas toleraba), veranos en Lérida, la recogida de la aceituna, paseos por el molí del Groc, correrías con los amigos por la orilla del Francolí... y, sobretodo, las Navidades. Era en esas fechas cuando mi padre se mostraba más generoso con el Calisay. Nunca faltó en casa en esas fechas. Y, gracias a Wyllys por descubrirme e-bay, de momento tampoco faltará en las que se avecinan.

En febrero gasté el último resto que quedaba de media botella que encontré en un restaurante madrileño. Daniel Whitaker fue quien probó el último sorbo de esa botella, casualmente, en Madrizzzz. Maridado con unos fantásticos habanos que se trajo para la ocasión.

No necesito abrir la botella. Su aroma y sabor fluyen a mi memoria. Dulce, muy dulce, jarabe para la tos. Hierbas, caramelo y miel, olor de herboristería antigua, con el rancio encanto de lo viejo que perdura a través de los nuevos tiempos. Un anacronismo. Bebida de venerables ancianos con boina jugando al dominó y fumando Farias. Nostrat recuerdo de tiempos felices, de amigos de siempre, de familiares queridos. Un álbum de fotos en blanco y negro en un estuche color ámbar con lacre rojo.

Ya falta menos para abrirla. No hay prisa. No sé si darlo a probar a mis hijos... Igual se aficionan. Como hice yo hace muchos años, más de los que me gusta reconocer.

Por cierto, la fecha de cata es correcta. Corresponde a la de nuestra primera visita al Neichel. La última vez que lo probé gracias a un cliente que se dejó una botella, vaya usted a saber cuándo.

El Calisay no ha muerto... al menos mientras yo dure.

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