Equilibrio, fruta a raudales y frescura... sin disfraces

Primer proyecto enológico de Pedro Morales, en su tierra rondeña natal, bajo la denominación de origen Sierras de Málaga. Un proyecto atacado con la experiencia que dan años de amor al vino, de búsqueda de conocimiento, de creencia en el terruño y en su capacidad de expresión. Un vino concebido bajo el prisma de la honestidad, del deseo de dejar que la viña muestre su cara más frutal y franca, lejos de las intervenciones excesivas de la mano del hombre. Un proyecto quizás romántico y promovido por el deseo íntimo de extraer de esas vides de Syrah, aún jóvenes, la esencia última de la calidez mediterránea, del carácter primario de la tierra, sin disfraces, sin velos, sin artificio... Y de tanto buscar sin prejuicios, y de tanto desear encontrar aquello que la experiencia le mostró al borde mismo de otras copas, de otros vinos del mundo que tanto le hicieron disfrutar, de tanto buscar, el deseo acabó convirtiéndose en gracia, en gotas perfumadas de Altocielo.

Altocielo es un vino franco, directo. Se muestra como es, desde el principio y hasta el final. Y es un vino que derrocha carga frutal. Aromático, en dosis valientes de fruta roja muy madura, que conserva aún la frescura primaveral, en toquecitos de fruta negra, cálida y sureña, en balsámicos refrescantes de regaliz, eucalipto y monte mediterráneo, en notas perfumadas de violetas. Con notas de crianza engarzadas como perlas, en su justa medida, para aportar cremosidad en ligeros destellos de ahumados y caricias de vainilla fina y delicada. En boca es un vino increíblemente equilibrado para su tan temprana juventud. Deliciosamente frutal, sabroso, maduro, ligeramente goloso, ajustadamente cálido, cremoso, con una frescura integrada que lo envuelve con viveza para dotarlo de amplitud y finura. Se desenvuelve con la textura del terciopelo, con la firmeza de unos taninos maduros que se rinden a la sensación de estructura sin el más mínimo atisbo de astringencia. Y en un final largo y elegante, se muestran vivos los recuerdos de regaliz y de monte mediterráneo, dejando, por mucho tiempo, ese remembranza deseada, de fruta sincera, fresca y madura, de tierra, de calidez mediterránea.

Alguien que tengo el placer de conocer dijo alguna vez ante una copa de Altocielo: "lo que ves, es lo que hay". Y es que me resulta tan asombroso que "lo que hay", es decir, la tierra misma y su preciado fruto, llegue intacto a la copa, para que lo veamos tal y como es, sin artificios, que no puedo más que sentir admiración y un inmenso orgullo cada vez que descorcho una botella de Altocielo.

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