Se mantiene en forma; lenta evolución.

Presentación ya clásica e identificable; las anémonas blancas "art noveau" de Èmile Gallé que adelantan las sensaciones etéreas que el vino nos va a ofrecer.

Amarillo dorado de intensidad media; burbuja constante, minúscula. Espuma finísima.
Nariz no muy potente al inicio; con el aire y la temperatura va ganando en complejidad e intensidad. Muy frutal, pera, limón, vainilla, mantequillas, frutos secos, tostados y regaliz dominan la aromática.

Boca precisa y delineada; acidez punzante pero en equilibrio con azúcar; armónico, placentero y sedoso en el trago. No se muestra más evolucionado que la anterior botella. Largo y placentero.

Un 96 que continua siendo referencia de la elegancia y el equilibrio, lejos de la exuberancia sensorial descontrolada que otros aportan, (aunque promete crecimiento en la voluptuosidad y el dulzor, tal vez en una década...) nos ofrece complejidad contenida, perfección en sus hechuras y emoción a través de la elegancia. La única pega, el precio, como casi siempre...

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