Debo confesar que uno va demasiado predispuesto a lo que se puede

Debo confesar que uno va demasiado predispuesto a lo que se puede encontrar antes de descorchar la botella. ¿Será algo así como un tinto con sello bordelés envuelto en la opulencia frutal de los grandes chilenos? Sucede que cuando uno va tan predispuesto pude sucumbir a la tentanción de ponerse a la defensiva y decirse: "no, nada de eso, aquí no me voy a topar con esas inimitables notas de grosellas, cedro y especias, ni con la frescura y digestibilidad de un grande del Médoc. Estamos en Chile, ¡no?, pues me las veo con un Nuevo Mundo con pretensiones."
¿Que sucedió tras descorchar, decantar y vérmelas con este portentoso tinto? Más bien lo primero. Los presagios se cumplieron. Este Almaviva juega con maestría las bazas del Viejo y Nuevo mundo. Elegancia, complejidad y frescura del Viejo. Exuberancia, concentración y plenitud frutal del Nuevo. Ah, y la madera sin notarse, al estilo del mejor Viejo mundo.

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