Hay vinos con los que a uno se le enciende una lucecita, en mi caso suele suceder cuando destacan por alguna cualidad que valoro o porque lo tengan absolutamente todo en su sitio. Hoy he disfrutado de lo lindo con uno de los mejores tintos riojanos que he bebido en mucho tiempo. Sin apenas información en internet, ni en los libros que tengo en casa y habiendo leído la anterior reseña de Enrique, la verdad, lo he abierto esperando encontrar un nivel muy inferior.
Sorprende desde el primer momento: su etiqueta, algo sucia no presenta desperfectos y la cápsula y el pequeño corcho muestran un estado de conservación notable.
El color es picota oscuro con borde teja. Aparece limpísimo, ni un sedimento a la vista (igual que ese Bilbaínas del 55 que me emocionó).
La nariz comienza con notas algo cerradas que van aclarándose al poco tiempo. Los matices denotan mucha mayor juventud que la real. Ni rastro de recuerdos licorosos ni confitados. Los terciarios tampoco invaden el resto del conjunto.
Y en boca observamos tensión, ligereza, prestancia, lozanía, elegancia, complejidad... La acidez, todavía muy presente, se ha integrado con todos los sabores, la madera y el alcohol. El final es largo y complicado de definir.
Botella perfecta, magistral diría yo. No decae, evidencia su lugar de nacimiento y sobre todo nos enseña el significado de la palabra equilibrio. ¿Cómo elaboraban estos irrepetibles vinos, por qué no queda casi constancia de ellos?.