Situado en pleno corazón de la bahía de La Concha, el Narru posee dos espacios diferenciados: el bar en la zona superior, que ofrece pintxos, raciones y algunos platos de carta, con una de las mejores vistas de la ciudad; y el restaurante en la parte baja, decorado de manera muy funcional, con mesas relativamente pequeñas, iluminación ligeramente tenue y manteles plásticos. A este respecto, es una pena que la disposición del local penalice (por vistas al menos) a quien se sienta a disfrutar de la mesa.
Por suerte, el personal de sala compensa la austeridad de la sala con cercanía y profesionalidad. Agradecer a quien nos tomó la reserva el permitirnos llevar una botella de vino especial (Torre Muga RV '91, por el cumpleaños de la socia) sin ningún tipo de objeción ni silencio incómodo. De hecho, nada más llegar nos lo recordaron y se aprestaron a prepararla para la comida. No nos cobraron descorche (ya podrían tomar nota otros locales de similar categoría), habida cuenta de que pediríamos un menú que ya incluía vino (bien seleccionado, todo hay que decirlo). Como deferencia, les dejamos una copa para que pudiesen probar el vino.
El servicio se limitó por tanto a ponernos una práctica base de silicona, por lo que no lo valoro.
Tomamos el menú diario de 35,5€, un precio que de primeras puede parecer caro, pero que se justifica plenamente por la calidad del producto ofrecido y por la localización del local (la planta superior lo aprovecha mucho más).
Se nos sirven dos pequeñas chapatitas de pan y AOVE para acompañarlas, no llegué a adivinar cuál era la marca pero nos resultó algo neutro (probablemente alguna variedad de empeltre o arroniz, que suelen ser bastante vegetales). Buen detalle el del aceite que suple al menos el no servir aperitivo, algo que a estos precios suele ser lo habitual.
Paso a detallar nuestra elección:
- Paccheri con papada ibérica de bellota, hongo, morrón y parmesano: Espectacular plato por aroma, presentación y sabor. Pasta al dente con una buena ración de parmesano por encima y una salsa deliciosa asemejando a una carbonara auténtica (sin nata) con huevo, papada (supongo que sería de Carrasco, casa con la que trabajan), zizas, pimiento y tomates cherrys. Una de los mejores platos de pasta que habré comido tanto aquí como en Italia.
- Arroz marinero sobre fondo de chipirón, almeja, kokotxa y mejillones de roca: Ración contundente con puro sabor a mar. Mi mujer disfrutó de la calidad de los moluscos y la verdad es que la combinación de salsa verde + tinta estaba riquísima.
- Bacalao desalado confitado, pil-pil y crema del país: Hermoso lomo perfectamente desalado y desespinado, con un pil-pil muy fino y una piperrada sabrosa. Punto perfecto de cocción que hacía que las lascas saliesen con facilidad. Me quedé con ganas de probar el secreto, que por lo que me comentaron después, debe de ser espectacular. Lástima que nuestro vino no combinó bien con este plato (salían algunos toques metálicos desagradables), por lo que aquí tiramos de agua.
- Pescado del día (merluza) y cebolleta asados y aliñados: No tuve la ocasión de probarlo, pero mi mujer comentó que estaba exquisito, con la piel de la merluza planchada como le gusta.
- Torrija de brioche de mantequilla, crema y helado de café: Al igual que el resto de platos, estética impecable. La torrija (pequeña por la contundencia de sabor) se presenta con un topping de crema y azucar caramelizado (recuerda a una crême brulée), y es muy similar a la que prepara Jesús Sánchez en el Cenador de Amós (aunque en este caso lo hace con sobao). El helado de café, acompañado de una tierra de galleta, está estratosférico: cremoso, perfecto de azucar y con un intenso sabor a café.
- Sopa de melón y naranja, granada y helado de yogur hierba luisa: De nuevo el helado impresionante, aunque la sopa de melón y naranja no nos terminó de convencer, a nuestro parecer mejor tamizarla más para que no repita después el melón. La granada combinaba muy bien y le daba un toque crujiente, eso sí.
Buen agua (Mondariz, botella de cristal de 1L), buen coperío (Schott-Zwiesel) y buen menaje y vajilla, sorprende la ausencia del clásico mantel de hilo, pero en nuestro caso no nos parece que penalice en absoluto al conjunto.
Tomamos además un par de cortados (potentes) y un chupito de hierbas, al que muy amablemente nos invitaron, preguntando además qué tal la comida. Dos gestos que indican la cuidada atención al cliente, esperable a estos niveles, pero que se obvian en no pocas ocasiones.
Enhorabuena a Iñigo Peña por su premio Talento Gastro 2018 y a todo su equipo por la atención que nos han dispensado, digna de un local galardonado con un Sol Repsol. Volveremos de forma más informal para probar su barra de pintxos y degustar algún plato pendiente.