El año pasado me hiceron un buen regalo: un bono de alojamiento en este hotel. Por fin pude disfrutarlo. La verdad es que las expectativas no quedaron cortas. El edificio es magnífico, en las fotos parece más grande de lo que luego es en realidad, pero el contraste de la construcción rabiosamente moderna con el clasicismo de la bodega centenaria resulta espectacular. El cambio de tonalidades de las planchas metálicas según la hora del día por sí mismo es ya un espectáculo, y la calidad de instalaciones y atención es impresionante.
A la habitación no le falta absolutamente de nada para que la estancia sea un placer: vistas preciosas al pueblo, cama y almohadones supercómodos (carta de almohadas con ¡12 tipos!), aparato de música con CD ya puesto, TV de gran pantalla con un montón de canales, enorme cristalera con cortinas que se abren y cierran como si de un teatro se tratase, botellas de aguna y vino cortesía de la casa, todo tipo de adminículos de aseo que podáis imaginar,..., con deciros que los vasos del lavabo son Schott creo ya está dicho todo, o casi todo.
El baño consta de 3 espacios: el primero lavabo a un lado y en el otro armario de buenas dimensiones, el siguiente a un lado bañera y al otro súper-ducha, el último cerrado con bidé y taza. Conté 8 toallas de buenas dimensiones y superior calidad y 2 albornoces, amén de las susodichas pantuflas. Con ellas vas al spa, donde se ofertan todo tipo de tratamientos y masajes. El spa tiene todo lo habitual pero un poco más grande de lo corriente.
Otro aspecto a destacar es la atención al cliente, absolutamente excepcional en todos los trámites, traslado de equipaje, etc,...
El desayuno bufé para disfrutar, tanto por oferta como por servicio y calidad de las viandas. Uno de los mejores que he degustado.
El bono incluía una visita de un par de horas de duración a la Bodega, en un grupo y acompañados por una chica que sabía de vino, amable y competente. Muy interesante por tratarse de una firma de más de 150 años, sobrecoge la visita a "la Catedral", donde guardan botellas de todas las añadas, incluyendo las centenarias, lástima que esas queden fuera del alcance. El tour finaliza en la tienda-vinoteca donde se catan un par de vinos.
Cenamos en el bistró 1860, pero eso merece otro comentario en la sección restaurantes.
En resumen, un hotel 5* muy especial, sobre todo para un aficionado al vino como yo, por su arquitectura, por su historia, por la atención, por el lujo de sus instalaciones,..., hay que darse el gustazo de ir alguna vez.
La vista desde el cuarto, ¿bonita verdad?
...y de día.
El hotel de noche,...
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