¿Sabemos apreciar la complejidad de un gran vino maduro?
En la excelente crónica de Javier Carmona que aparece publicada en titulares me ha llamado la atención los comentarios que hace del Chateau d'Yquem 1970, un vino al que define como "totalmente maduro".
El comentario es este: "...alguno de los catadores acusaron en él una falta de frescura y frutalidad (posiblemente dada su escasa experiencia a la hora de enfrentarse con vinos maduros) siendo el propio Conde (Lur Saluces) el encargado de corregir tal apreciación reseñando que es muy difícil apreciar la riqueza de matices de la madurez de estos vinos antes de, al menos, veinte años de estancia en botella. Lo mismo que es casi tarea imposible enfrentarse al bouquet complejo y cambiante de un viejísimo Jerez para quien sólo suele beber finos y manzanillas."
Al hilo del debate anterior sobre el Vega Sicilia me vuelve a asaltar una duda: ¿sabemos apreciar y valorar en su justa medida la complejidad de este tipo de vinos con larga evolución en botella o madera?
¿No será que el "pensamiento único" de la "frutosidad" se ha impuesto y dificulta la comprensión de otros vinos que se plantean con una filosofía completamente diferente?