He debido equivocarme de restaurante. Todas las críticas que he leído no se corresponden con la realidad o al menos mi experiencia ha sido radicalmente distinta. Para empezar el trato al entrar es insultante, parece que no tienes derecho ni a respirar si no has hecho una reserva. Una vez sentados en unas mesas altas en el que dejaba que desear la limpieza, nos ofrecen la bebida.
Primer error, una carta de vinos exigua si se quiere pedir por copas. La cantidad que te sirven, depende de lo que quede en la botella , que en este caso se quedaba en la categoría de “un culín”, al llamar la atención al camarero ( que parecía el jefe del local) al respecto, examinó la copa de forma detectivesca , llegando a agacharse.
Segundo error, si se te ocurre pedir una cerveza de las que tienen con el sobrenombre de “artesanas”, no se te ocurra preguntar de que “tipo” es. Quizás la palabra tipo no sea la más adecuada, ya que tuve que explicarle al camarero cuando me miró y dijo “¿ pero cómo que de que tipo es?”, que si era una ale, pale,…..a lo que el buen hombre me respondió a boleo y equivocadamente.
Tercer error; tras leer la carta, que por cierto estaba llena de dedazos grasientos, y ya que habíamos leído las críticas de sus maravillosas croquetas, nos decantamos por tres raciones de éstas. No esperaba una fuente llena de ellas, pero por los más de tres euros que vale la ración de las más baratas, nunca pensé que llegaran dos miniaturas, que no llega ni a ser el aperitivo que te dan en cualquier bar si pides una caña. Croquetas de masa de Termomix, sin textura, ni pureza. Una amalgama de sabores sin sentido ni razón de ser, a las que se les notaba el paso por el congelador y la fritura apresurada. Por decir algo bueno, al menos el aceite no sabía mal.
Si la fama de este local la tienen las croquetas, no quiero pensar en el resto de los productos. Lugar poco recomendable por trato, calidad y precio.
Por cierto ya no está en la calle Segovia, está en la calle del Barco junto a Gran Vía.