Las tres parejas que habitualmente quedamos, decidimos hacer un previo a San Valentín en este restaurante situado en un centro histórico, hoy por hoy, a la altura de las mejores ciudades.
Poco me pude fijar en la decoración, pues teníamos destinado uno de los dos reservados que figuran en la parte inferior del local. Lo ví moderno y con el bullicio habitual de un sábado noche. El baño, visita obligada, me pareció bien cuidado y limpio.
Servicio amable y atento, por lo que se le puede perdonar algún que otro despiste (olvido de entrante para un comensal y caso omiso del punto de uno de los solomillos).
Las copas de inicio, por su diseño, me parecen adecuadas para servir los vinos de la carta. Una carta de vinos completa y con fotografías de las etiquetas. Algunas referencias, con buen precio, y esa era una de las consignas que llevábamos marcadas a parte de que fueran de la tierra. Enrique Mendoza Pinot Noir del 2006 (15,50 €) y Vegalfaro Fermentado Barrica 2009 (14,50 €). Apoyo de copas ante nuestra petición con el fin de tener servidos en mesa blanco y tinto.
Empezamos por una ensaladilla Abadía que sugería más leída que luego degustada, un plato sin transcendencia alguna.
El famoso hatillo, exceso de queso fresco para un solo langostino. Lo mejor, lo crujiente que resultó.
El pepito relleno de de chipirones gustó a todos, potente y con mucho sabor, un entrante poco fino pero que llena. Me gustó.
El plato principal más elegido fué el solomillo de ternera con mostaza y miel. Buena carne y acertado el punto de la misma.
Hubo quien pidió lomitos de pato, estaban gustosos y bien hechos. Y fideadas, para mi, justitas. Tanto la mallorquina, cuyo sabor acababa pareciéndose al relleno de una empanadilla de horno; como la roja, con sepia y cigalas, un poco justa de sabor.
El postre lo llevamos nosotros previamente, y ahí, todo un detallazo.
Buenos cafés Nespresso.
La verdad es que si hace tiempo se puso de moda llevarse las botellas de vino a los restaurantes, ahora empezamos a llevarnos los postres, que será lo próximo, traerse el "taper" con el sufflé. Yo creo que un poco de morrete si que se debe tener para llevarse cualquier producto de fuera de un restaurante y encima "obligar" a que te lo acepten de buen grado. Imagino que a mi no me gustaría que me trajeran a mi negocio de bicicletas unos frenos comprados en otro sitio para que se los monte en mi taller... Si que es un detallazo, si.
Gracias por darme ideas, la próxima me llevo el termo de café. No tienes ni pajotera idea de lo que dices, y no te culpo por ello. Era una cena sorpresa hacia las féminas, y el organizador de la misma, uno de mis amigos y cliente habitual, tuvo a bien, con consentimiento del dueño, el llevar momentos antes una tarta de fresas en forma de corazón para este previo a San Valentín como bien explico.
Espero que este "frenazo" te sirva. Las bicicletas las dejaremos para el verano.
Saludos.
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