Local alargado, amplio y diáfano. Blanco, minimalista, tanto que no tiene ni un solo cuadro, circunstancia que solventan con la lograda iluminación y con unas hornacinas, blancas (cómo no), a modo de marcos.
Cocina italiana de altura. Pese a ello, un tanto monocromática.
Como éramos cuatro comensales, pedimos primeros a compartir, y también los segundos, pues nos propusieron que seleccionáramos cuatro pastas y así degustábamos con amplitud de miras su cocina.
•Entrantes:
---Lionesas rellenas de fondue de queso gratinadas con crema de nueces.
---Bresaola de la Valtellina con pimientos en agridulce.
---Laminas de pulpo con macedonia de verduras en citronette.
•Segundos:
---Ravioli rellenos de carrillada a la salvia.
---Tortellone rellenos de yema de huevo con crema a la trufa.
---Tagliatelle con corazones de alcachofa naturales y queso gorgonzola.
---Risotto al Funghi Porcini.
•Postres:
---Lingote Crocante al chocolate.
---Gintonic semisólido.
Como decía, se trata de un italiano de nivel. Todo estaba bueno, aunque no llegaba a enamorar. Destacables los Tortellone, con la yema de huevo entera y la potencia de la trufa reinando en la sutil crema.
Regamos la cena con un blanco italiano llamado Tamellini que estaba espectacular y un Morellino di Scansano 06 (uva Morellino) interesante, que seleccionamos de una notable carta de vinos, servidos con mimo. Y la coronamos con cuatro grapas diferentes, especiales ellas, una de las cuales presentaba la peculiaridad de ser dulce y contener laminillas de oro.
Servicio cercano, profesional y cariñoso.
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