Había tenido una excelente impresión del menú y del restaurante en general en mi última visita. En este ocasión , mi valoración no es tan positiva. Parece que hay cambios, en la carta , en el personal, en los vinos( muchas referencias agotadas...) y diría que en la propia cocina. El trato sigue siendo amable y cordial. El servicio del vino , es correcto y ante la falta de referencias, especialmente internacionales, todo fueron facilidades. Da la sensación de que falta un esfuerzo hacia la excelencia en Zárate. Un esfuerzo hacia la excelencia de la cocina, de sus vinos y del espacio físico del propio restaurante ( incluyo mantelería y copas). Probamos el menú intermedio de 125 euros, irregular diría. Grandes momentos como con el micuit de rape y pato y la increíble vizcaina de pulpo, pasando por la mediocridad del pescado del día( rodaballo) o la falta de finalización y consolidación del sorprendente solomillo con setas y mejillones. Recuperas y finalizas con ilusión ante los sorprendentes y raros postres. Un extraño sorbete de ostra y pepino que nos gustó y el tiramisú de algas.. El resto , varios entrantes marinos gustosos pero muy por debajo de los que probamos en 2018. Veremos evolución y cambios
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