Por fin puedo decir que (de momento) en Portbou hay un restaurante, en pleno paseo marítimo, muy sencillo pero donde se puede disfrutar comiendo. Tratándose de Porbou esto es todo un acontecimiento. El establecimiento se llama Passatges, en homenaje al complejo artístico creado por Dani Karavan, que alberga este pueblo y que está dedicado al filósofo y ensayista alemán Walter Benjamin. He matizado con un 'de momento' porque el restaurante acaba de inaugurar y tendremos que estar atentos a su evolución. Hoy por hoy es recomendable para cenar o comer para todos aquellos que vayan o salgan de la imponente ruta de la côte Vermeille.
Para contextualizar: Como nos recuerda Josep Pla en El meu país y recientement Miquel Berga en el libro sobre los 50 años de história del Motel Empordà, el viejo restaurante de la estación de Portbou fue la puerta de entrada de la cocina moderna catalana. Allí impartió sabiduría Pere Granollers. Antes, durante 20 años, fue el chef del mítico Hotel París de Montecarlo y del balneario Vittel. El año 1933 Granollers se adjudicó el restaurant de la estación de Portbou, convirtiéndolo en uno de los más célebres de Cataluña de aquellos convulsos años. Tubo allí de aprendiz a ni más ni menos que Josep Mercader, que después de unos años en Portbou fundaría en Figueres el mítico Motel Ampurdán, cuya historia, mayoritariamente conocida, es el punto de partida de la gran gastronomía catalana.
Cuando el restaurante de la estación se convirtió en un prescindible restaurante de estación, una especie de maldición gastronómica se apoderó de este decadente y delicioso pueblo de frontera, repleto de restaurantes de paella infame para cazar turistas sin criterio, y tugurios que ofrecen productos de muy mala calidad (exceptuando el bar Voramar con un picoteo de muy buena calidad pero caro y el restaurante l'Àncora que tiene unos precios desorbitados para lo que es). Con dos feos y repugnantes chiringuitos en el paseo marítimo que propulsan a diario nubes de aceite podrido a la atmósfera.
Al asunto: Passatges sierve un producto muy bueno para el precio que tiene. Tiene tres menús distintos de 20 euros hacia abajo con distintas combinaciones que permiten platos más complejos añadiendo algunos euros. Lo he etiquetado como cocina creativa pero debo matizar que es una cocina de creatividad ya creada.
El tema:
Carpaccio de buey (Un carpaccio sin más pero perfectamente ejecutado y acompañado de una deliciosa ensalada)
Burrito de escalivada. Exquisito. (Interesante fusión entre cocinas separadas por un mundo).
Pulpo. Muy bueno. (Una pata con un punto de braseado perfecto acompañada de un suave puré de patata trabajado y unos detalles insignificantes de pimentón)
Un perfecto bacalao confitado responsando encima de unas espinacas a la catalana salteadas con piñones. (Presentación perfecta)
Helado de mascarpone con sopa de fresas.
Sopa de frutos rojos con helado de nata.
Carta de vino escasa pero absolutamente comprensible. Son un grupo de gente muy joven (por cierto un servicio muy agradable que con el tiempo afinará) que se la juegan en un pueblo con una muy mala fama gastronómica ganada a pulso. Esperemos que aquí empiece a cambiar la historia.