Coqueto y cálido restaurante, decorado en blancos, ocres y tierras, distribuído en dos pequeñas plantas. En la inferior hay generosa barra de taberna vanguardista, donde tomar un vino y picar algo. La planta superior dispone de unas cuantas mesas que, aunque sin holguras, dejan espacio suficiente para cenar con agrado.
La carta de vinos, sin ser desmesurada, es amplia y está hecha con inteligencia y amor, combinando novedades con referencias más conocidas, siempre dentro de la mejor modernidad. Para el que no quiera líos, las recomendaciones del restaurante son estupendas. El servicio de vino correcto, aunque no excepcional.
La carta es creativa, original y muy funcional para estos tiempos que corren, al estar directamente dividida en dos bloques: los platos para compartir, y las "tapas" individuales, que funcionan perfectamente como plato principal. La cocina es moderna con raices tradicionales, y se apunta a la moda del "reinvento" de las recetas de toda la vida. Así, probamos unas patatas revolconas con pluma de iberico un poco a ras de suelo, o una brandada servida en copa de cóctel que gustó mas. Las vieras muy buenas, aunque los boletus que las acompañaban han debido de tener días mucho mejores. Los postres no nos emocionaron. Los creativos entrantes, para nosotros, lo más gozoso.
Como la experiencia está a un precio razonable para la zona (30+ vino), y el servicio es atentísimo, el sitio se recomienda solo.
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