Restaurante Hisop: Pequeño capricho cumplido con nota


Tenía curiosidad por ir a un restaurante estrellado (sería mi segunda experiencia después de Ca l'Enric en la Vall de Bianya en la comarca gerundense de la Garrotxa, aunque no cuenta igual porque fue en una boda)y, vistas las buenas críticas recibidas tanto en Verema como en otras webs me decidí por Hisop. Obviamente, el precio del menú de mediodía (28 eur + IVA) que además incluye dos entrantes, dos platos y un postre, pesó mucho en la elección, pero quizá más tantas opiniones favorables, ya que hay otros restaurantes galardonados por la guía roja (Alkimia, Saüc) también bastante asequibles.

Llamo un viernes por la mañana aprovechando que tengo libre para hacer la reserva y no me ponen ninguna pega a que sólo sea yo. Está situado en una pequeña calle de la zona alta de la Ciudad Condal entre la amplia Travessera de Gràcia y la monstruosa Diagonal. Por cierto, justo enfrente está el restaurante Coure, que sin tener estrella está entre lo más prestigioso de la gastronomía de la ciudad; por cierto, y aunque no venga al caso, comentar que la calle no tiene los números pares al lado y nos impares a otro sino que van aumentando de uno a uno en un lado y siguen al otro después.

Una vez dentro (13:30) me encuentro con un grupo de turistas alemanes, uno de ellos en camiseta de tirantes por cierto (Ya sé que no iba al Vía Veneto, pero me chocó un poco esto) y una pareja de catalanes. En seguida la camarera me atiende y me asigna un lugar al lado de la entrada. El restaurante es muy pequeño, con unas 7/8 mesas y destaca por su decoración en madera (suelo incluído) con unos armarios a un lado desde los que sacan cubertería vajilla y demás útiles. Una de las camareras, que no sé si era la sommelier ya que era la que me ayudaría con el vino) habla un buen inglés con la mesa teutona, detalle que ya me causa una buena impresión

Me preguntan si quiero tomar algo y de momento me conformo con un agua. Me sirven de una botella de vidrio de 3/4 que luego dejan en un lugar apropiado del enorme armario para que se mantenga fresca. Perfecta por cierto la temperatura e iluminación de la sala. Me explican el menú Àpat y me dan a elegir entre tres tipos de pan: blanco, uno que no recuerdo, y otro de pasas y nueces. Elijo este último, muy sabroso, algo caliente y obviamente demasiado dulce quizá para la comida, que por cierto no será apta para diabéticos.

Me preguntan por el vino y pregunto si tienen por copas. De blanco tienen un albarinho, un xarel.lo y otro que no recuerdo. Me decido por el xarel.lo del Penedès. Me lo sirven en una copa Schott Zwiesel. Cierto que en mi casa tengo mejores, pero también es verdad que tampoco se puede exigir una Riedel que valga casi tanto como el menú. Como "pero" al servicio del vino, que no hay carta escrita de vinos a copas. Tampoco recuerdo el Xarel.lo, pero intuyo que tenía algo de barrica. Me enseñan, comme il faut, la botella mostrando la etiqueta, que luego buscando por internet, podría ser por el aspecto un Avi Ton.

Vamos ya por la comida. El primer entrante, una sopa-infusión de manzanilla con caballa y verduras ligeramente picante. Muy suave, desafortunadamente no recuerdo los ingredientes, pero es que es difícil disfrutar de la experiencia y a la vez acordarse de todos los detalles. Me preguntan amablemente si me ha gustado. El otro entrante es una ostra (me preguntaron si había algún inconveniente) con una salsa verde encima que evidentemente tampoco recuerdo de que estaba hecha. El vino combinaba muy bien con ambos.

El movimiento de las camareras, sin ser en absoluto agobiante, era notorio y te das cuenta del trabajo que lleva un restaurante de este tipo: cambiar todos los cubiertos, llenar el vaso de agua... El servicio no es rápido pero las esperas son moderadas: la experiencia duró una hora y tres cuartos aprox. Vamos ya con el primer plato (hay dos primeros y dos segundos a elegir) que son filetes de pintarroja, definido como un tipo de tiburón (!), con salsa (amarillo oro) y dados de calabaza (lógicamente naranja-butano). El pescado, diría que crudo, de un sabor exquisito, de lo mejor del menú. La salsa, obviamente dulce, combina muy bien con el frescor del escualo.

No se hace esperar mucho el segundo: magret de pato con higos y salsa de ciruela con cebolla cruda y col china. El magret en su punto, cortado y con sal gruesa. Exquisitos los higos y muy dulce la salsa que el pan de pasas no ayudaba a combinar. Antes me preguntan si quiero una copa de tinto, pero indico que prefiero no tomar más alcohol (pensando tanto en no abultar la cuenta, aunque luego el coste de la de blanco no fue exagerado, como en estar operativo el resto de la tarde).

Para postre, se podía elegir entre uno dulce o una tabla de quesos. Pregunto que quesos son y me dicen que son variados (quizá el "fallo" más grave del servicio, pues creo que es de recibo saber al menos el tipo de cada uno). Quizá por esto me decido por piña con helado de chocolate sobre un lecho de una especie de crocanti de la que no puedo decir más datos. Gotas de salsa de yogurt. Muy bueno el helado, de textura lisa y muy compacto. No sé si he probado uno mejor pero lo que es casi seguro es que lo liso de su aspecto lo diferencia de las texturas más porosas o rugosas a las que estamos acostumbrados. Se lo hago notar a una de las camareras tiene el detalle de preguntar sobre el mismo al pastelero. Se trataba de un chocolate con un 72% de cacao.

Llegado aquí quizá me arrepiento de no haber pedido los quesos, puesto que el pan y los dos platos principales eran bastante dulces. Para finalizar la comida pido un café solo y para empezar me traen tres tipos de azúcar: el refinado y el moreno en terrones y otro más transparente en granos más pequeños tipo perdigón. Me traen los correspondientes Petits Fours: unas olivas caramelizadas, como 7 u 8 (quizá no hacían falta tantas), un bombón tipo fruta, un dulce de zanahoria y otro alargado que no sé si era de pepino o manzana, no recuerdo el sabor ni la explicación de rigor. Para acabar una jornada a tope de sucrosa, pongo un terrón tal vez demasiado grande de azúcar moreno en el café. Luego me comentarían que el "transparente" era el menos dulce.

Mientras han entrado dos parejas más y el restaurante tiene mejor aspecto más lleno. Al ir al WC, de modestas dimensiones, pero tampoco hace falta más en un local pequeño, me fijo en el detalle de que hay pequeñas toallas de tela para secarse que se depositan en un cubo tras el uso para su lavado en lugar de la clásica cinta de papel secante.

Pido la cuenta y me sorprende agradablemente que el servicio de café sólo haya costado 2,25 euros! (menos de 2,50 con IVA) y la botella 2,70. La copa, de vino: 4,50, quizá lo menos barato de todo, pero la verdad es que pagar poco más de 40 euros en un restaurante así es un lujo relativamente asequible, pues he pagado bastante más en otros restaurantes (ver otra crítica mía) quedando decepcionado con el servicio o cantidades cercanas en experiencias olvidables. Hay gente que dice que es el restaurante con una estrella más barato de Europa y si no lo es no estará muy lejos. Supongo que el hecho de tener un staff poco numeroso (diría que no llegaban a 10 trabajadores entre sala y cocina) permite mantener un menú así (y diría que se puede tomar por las noches de lunes a jueves!). Resumiendo, muy buena comida sin ser extraordinaria en su originalidad y buen servicio con fallos muy leves. No se puede pedir más a este precio, la verdad. No te vas con hambre ni mucho menos, y la fuerza de las salsas hace que sea recomendable disfrutar de una comidad así no teniendo nada urgente ni importante por hacer en las próximas horas. Muy recomendable. Tienen un menú degustación al doble de precio aproximadamente que seguramente sorprenderá mucho más.

  • Café y Petits Fours

  • Piña con helado de chocolate

  • Pintarroja en salsa de calabaza

  1. #1

    Craticuli

    Es importante que los extras en un restaurante no den sustos en la cuenta, esos detalles estropean una buena comida.
    Saludos.

  2. #2

    Kastroboy

    Me había olvidado en la crítica (y mira que no me he quedado corto) en que había un prepostre: una versión de mojito servida en un vaso mediano en la que no se notaba en absoluto el alcohol pero sí el azúcar moreno y en la que sorprendia (tomado con cuchara) primero la tibieza de su temperatura y en unos instantes al profundizar en el líquido, lo frío del hielo (si es que era hielo) picado.

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