Evolución y familias

Que placer inconmensurable disfrutar de restaurantes, que como éste, se encuentran marcados por una especie de estigma familiar que los distingue los mitifica y que parecen mostrar años de dedicación a la cocina desde varias generaciones previas. Miramón Arbelaitz pertenece a este grupo sin ninguna duda.
Comenzamos con una recepción amable, veraz , atenta y de entrega sensata y profesional al cliente. Simpáticos, amables, atentos, profesionales y familiares, a disfrutar...La cocina mantiene un nivel alto aq respecto a anteriores visitas (2001 y 2007), parece evolucionar hacia hechuras más clásicas, caldos y producto.La caza impresiona, en esta ocasión una codorniz deshusada tan sencilla y gustosa como espectacular. La vajilla parece desmerecer algún plato o sus presentaciones. Desde luego no las realza , pq como la cristalería está anticuada y precisa renovación. Carta de vinos correcta con un servicio sin excesos pero correcto y suficiente.Ojo con los olores de alguna de las salas, demasiado próximas y abiertas a la cocina.Caldos , verdura y tierra, huyendo a mi pesar, de ciertos riesgos que se corrieron en el pasado, pero que resultaban prometedores. Clasicismo, finas cocciones, elegancia y pocos alardes a precios razonables para la zona y su estrella. Magníficas espinacas con trigueros crujientes y delicadísimo queso a las finas hierbas.
Discutibles desde la subjetividad, algunos entrantes con jugos de legumbre y colores nada apetecibles.
Particularidades aparte, para disfrutar de la idiosincrasia Arbelaitz , del trabajo y dedicación de esta familia y de sus ancestros.

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