Primera visita al Restaurant Gaig. El restaurante está dividido en tres salones agradables, diáfanos, con una iluminación correcta. En mi opinión había demasiadas mesas, pretenden albergar cuantos más comensales mejor y eso provoca ruido en el ambiente, no sólo de voces, también de cubiertos, copas, etc.
Pedimos el Menú Tradicional (65€/persona): En primer lugar, nos trajeron una tapa de ravioli de buey de mar con espárrago. El ravioli en si era correcto, el espárrago con sabor pero anecdótico en el plato. A continuación, nos sirvieron un mar y montaña con pulpo, pie de cerdo y ensalada de judías verdes con piñones. El plato es de un notable, el pulpo sabroso y la textura del pie de cerdo excelente. Las judías verdes ricas pero sin protagonismo.
Seguidamente, llegaba el plato estrella: el canelón tradicional con salsa de trufa. Un plato 10, sin duda. El relleno es excelente, así como la bechamel y la masa del canelón. La reputación de los canelones de Gaig estuvieron completamente a la altura. Tras el canelón, llegó otro plato fuerte: guisantes del Maresme con butifarra negra. Los guisantes espectaculares, un sabor muy intenso. Quizá la combinación de guisantes y butifarra negra no sea la más oportuna, puesto que el sabor de la butifarra te empasta la boca e impide degustar cualquier otro elemento del plato.
Continuamos con el pescado: bacalao confitado con emulsión y setas. El planto en su conjunto estaba bien, sabores muy equilibrados.
El plato de carne consistía en una pieza de cochinillo con ensalada de fresas. Antes de comerlo, las fresas me descolocaron, pero toman sentido cuando pruebas la carne, cuyo sabor es potentísimo y ayudan a refrescar el paladar.
El primer postre era una interpretación de la crema catalana, a base de espumas y helados, y un líquido medio dulce medio ácido al fondo de la copa que rompe por completo el excelente sabor de la parte superior.
Finalmente, un soufflé de chocolate con confitura de naranja. Sabor excelente, quizá un poco cargante al ser el último plato del menú.
Es muy decepcionante el tiempo de espera entre plato y plato, un estrella michelin no puede permitirse hacer esperar 25-30 minutos a un comensal para traerle un plato. El camarero que nos sirvió era excesivamente serio, y para colmo tiró dos veces la decoración de la mesa llenándola de pequeñas piedrecitas.