Prosiguiendo con el relato de mis andanzas por Valencia, procedo a comentar el siguiente restaurante de los que anduve, lo cual realizo escuchando, una vez más, por unos altavoces de buen sonido, la canción de “El emigrante”, circunstancia ésta que solo se explica si advierto que la presente crónica la realizó desde el pueblo de mi suegra. Menos mal que aquí también ha llegado el wi-fi ... Valga lo anterior, para ponerle un pelín de sorna al comentario.
Ubicación y entorno: Situado en la playa de la Patacona, llegamos al mismo después de pillar el respectivo taxi desde el centro de Valencia. Se trata de un amplio restaurante, con una no menos amplia terraza con capacidad para un número bastante elevado de personas y cuyo entorno interior es funcional y limpio, sin que pueda comentar mucho más del mismo, pues, dado el fantástico día que hacía, nos ubicamos en la terraza. El entorno exterior -la terraza, de suelo de césped artificial- es una maravilla, pues goza de unas espléndidas vistas al mar y a la playa, en especial, si se elige una de las mesas más exteriores. La limpieza antes mentada es predicable asimismo de esta parte del restaurante.
Las mesas, con buena separación entre ellas, son de buen tamaño y las sillas son cómodas. La cubertería -de diseño moderno- es correcta, así como también el tema de las copas. Mantelería y servilletas de hilo en colores claros (preferentemente blancos y vainilla). Platos blancos de loza de correcta dimensión y redondos en su mayor parte. Buena presentación en este punto y todo correcto. El sitio -debe reconocerse- es muy agradable, presentando, en lo que concierne al establecimiento en sí mismo, unas condiciones que van mucho más allá del típico restaurante (chiringuito) de primera línea de playa de los que existen unos cuantos ejemplos a lo largo de la geografía española.
Servicio y servicio del vino: El servicio fue relativamente rápido, si bien es cierto que no había excesiva gente (más bien al contrario). Personal correcto, aunque con un trato impersonal. Buena cadencia entre plato y plato, sin esperas entre los mismos. Carta de vinos no muy amplia, limitándose el servicio del mismo al descorche. El vino elegido -Viña Esmeralda (18 euros)- se mantuvo a una temperatura correcta en la correspondiente cubitera con hielo.
Comida: El local está especializado en paellas y fideguas. Buena diversidad de las mismas. Junto a ello, la carta cuenta con un número aceptable de entrantes -algunos de ellos, también típicos de la tierra-, así como de algunos pescados y carnes. No obstante, y dado que dejábamos las noches para otro tipo de comandas, la opción era obvia: paella. La verdad es que queríamos probar dos de ellas, pero el maître nos disuadió de ello alegando que tendríamos que esperar más, hasta que se quedase un fuego libre, circunstancia ésta que me extraño un tanto en un sitio pensado ex profeso para este tipo de gastronomía y que, además, no se encontraba excesivamente lleno.
Visto lo anterior, optamos por el clasicismo, esto es, lo más aproximado -según tengo entendido (corríjanme si no los lugareños)- a la paella valenciana... pollo, conejo, algunas verduras (judía verde), judiones. Y para ir haciendo boca, 3 entrantes: pescaítos fritos (correctos, ligeros), pimientos braseados con bacalao (también correcto, mejor el pimiento) y un sepionet de buen tamaño (buen sabor y con una correcta cocción). Raciones todas ellas para 4 personas, quizá algo justas.
En cuanto a la paella, simplemente correcta. No estuvo mal, pero..... la verdad es que esperaba algo más. A ello se une un detalle del que no sé muy bien que pensar: se trata, en concreto, de que el fondo del arroz estaba un poco socarrat.. dudando de si es una tradición bien valorada por estos lares valencianos (y, por lo tanto, algo habitual) o si la misma estaba, sin más, pasada de fuego. Por ello lo dejo como una mera anécdota que será, seguro, mejor valorada por los expertos en la materia.
Pan de un sólo tipo. Panecillo. Correcto. En cuanto a los postres, uno solo, consistente en unas bolas de helado con presentación un tanto infantil. Y, al menos hasta aquí, la cosa se desarrollaba en unos términos adecuados, en lo económico me refiero, dado que la cuenta ascendía, hasta ese momento, a unos 140-145 euros/4 personas, lo que incluía los entrantes indicados, la paella, el postre, un par de cervezas y otro par de refrescos y dos botellas del citado Viña Esmeralda.
Pero aquí entraron en juego los GT, momento en el cual la cosa se desbarató. Tres GT de Martín Miller dispararon la cuenta a 180 euros... es decir, casi 40 euros por tres GT -pagando así con ello dos botellas de la mencionada marca-, servidos en copa de balón, con un porrón de hielos bien gruesos y justitos -mucho- de ginebra. Sin gracia alguna, sin aditivos de los de hoy en día, más allá de una triste corteza de limón y servidos de una manera propia de garito de quinceañeros de a 4 euros el litro. Y con una schweppes ramplona. ¿40 euros sólo por mirar al mar mientras nos los tomábamos? Una opción absolutamente desaconsejable.
Comida, en un juicio bondadoso, simplemente aceptable. Sin mayores pretensiones; preparaciones -y presentaciones- básicas, servicio correcto y las vistas al mar -lo único que, en verdad, resulta reseñable-. Opción correcta si el día es agradable y no se tienen excesivas miras más allá de un día tranquilo y una comida al aire libre, pero ojo con animarse al final que uno acaba con la ferradura puesta, coz mediante, en el bolsillo.