Dicen que es lo único que vale la pena en la zona, pero creo que se benefician de tener abierto los lunes y de estar a 200 mts. de la salida de la A-3. Local espacioso y con posibilidades, algo desangelado. Mobiliario no demasiado cómodo para una sobremesa larga. Vajilla, cubertería y cristalería. Cocina con demasiadas pretensiones: hay imaginación y ganas, pero el saber hacer queda justito. Buena la idea de los encofrados de níscalos con ajetes y sobrasada a la reducción de Módena, pero mal resueltos, grasientos y chapuceros. De las vieiras, mejor no hablar (serían del Cabriel, digo yo). Segundos platos de caza (perdiz y ciervo) fuera de cocción e incluso de temperatura de servicio: no se puede presentar un plato con acompañamientos absolutamente helados. Y de nuevo la grasa, un pringue absoluto. Otro exceso: la sal (empezando por el pan); es como si con ella quisieran desdibujar sabores ya de por sí dudosos. Postres del montón. Bodega, eso sí, amplia y equilibrada, y a precios razonables. Con todo no tuve suerte con el vino. Quería probar la variedad autóctona, el bobal, y me dejé aconsejar, sin éxito: un Vallejo 2001 Gran Reserva (D.O. Utiel-Requena), sin cuerpo ni equilibrio. Incluso los petits-fours del café son desiguales, tipo quiero y no puedo: ¿a alguien le apetecen bombones de chocolate negro al lado de "kikos" garrapiñados? Servicio (algo habrá de bueno) atento y profesional.
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