Cuando entras, dada la decoración del local, parece que se va a tratar de un restaurante de comida de diseño. No es así, más bien todo lo contrario: recetas tradicionales cocinadas por Pilar, la madre del propietario. Abundan los platos de cuchara, soberbios, como el arroz meloso de alcachofas, boletus y tordo.
No tiene carta de vinos, está en construcción, al igual que la bodega a la vista. Centran sus selecciones en la máxima "buenos vinos y no muy caros".
Obligatorio degustar las "trufas de la abuela", elaboradas al parecer por la abuela del dueño.
Servicio amable y entregado.
Recomendable.
Buena RCP.
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