Pedimos: aceitunas, dos cervezas, tres entrantes: milhojas de patatas con crema de pimientos de piquillo, terrina de foie con gelatina de moscatel y por último: raviolis rellenos de langostinos a la crema fina de patatas, como plato principal: caldero de arroz meloso de bogavante (bueno de sabor, pero falto de cocción), dos postres: uno de distintos chocolates y el otro de calabaza (básicamente). Panecillos, palillos, agua y vino blanco Basa 2004.
Sin cafés nos costó 80 euros.
La carta, sin ser extensa, contiene elaboraciones interesantes, unos diez entrantes, tres o cuatro arroces, y como segundos, aproximadamente cinco de carne y cinco de pescado. Los postres unos siete u ocho y contiene unos diez vinos dulces (por copas) con el fin de maridarlos.
En cuanto a la carta de vinos, organizada por tipos (blancos, rosados y tintos) y por cualidades/características (afrutados, secos, con crianza, de alta expresión, etc.), me pareció algo irregular. La cristaleria de calidad Schott-Zwiesel.
El servicio es todo muy joven y no siempre demasiado experto, aunque solicito a las demandas del cliente.
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