No habia estado nunca en este restaurante, del que me habian hablado bien compañeros de la peña La Verema, pero que leyendo los comentarios aquí casi se me quitan las ganas de ir. Veamos mis impresiones, con expectativas a priori negativas. Local de reducidas dimensiones para las mesas que hay, lo que hace que no haya mucha intimidad entre comensales. La decoración un tanto fría y aséptica le quita encanto. Lo mejor, la barra surtida de vinos y destilados, que le aporta calidez, y la personalidad de Carlo, aunque se prodiga poco por las mesas.
Elegimos el menú degustación (30 euros por persona) y el muy equilibrado y placentero Albariño de Fefiñanes 2005 (20 euros). La carta de vinos es suficiente para elegir entre bastantes alternativas. Un error en el servicio hizo que nos pusieran copas de flauta, que pedimos que nos cambiaran por copas de vino normales, bastante aceptables. El menú degustación fue de más a menos. Bien el antipasti de pescados, más frio me dejo los segundos, con un huevo frito con trufa negra bastante insípido y algunas frituras de carne. El plato de pasta, bien los caneloni pero flojos los spaguetti con broccoli (no me va mucho esta verdura). Los postres, muy normalitos. En definitiva, un concepto de trattoria upscale (recogen las migas de pan), servicio de mesa seriote pero una cocina que no me acabó de emocionar. Preferiría menos galas y asepsia y una cocina italiana más popular y económica.
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