Restaurante El Arandia de Julen en Atxuri - Bilbao
  

Restaurante El Arandia de Julen

6
Datos de El Arandia de Julen
Precio Medio:
37 €
Valoración Media:
7.1 10
Servicio del vino:
6.7 10
Comida:
7.3 10
Entorno:
7.0 10
Calidad-precio:
8.0 10
Fotos:
 
País:
España

Provincia:
Localidad:
Dirección:
Código postal:
Tipo de cocina: Tradicional
Vino por copas: Añadir vino por copa
Precio desde 36,00 € (precio más bajo introducido por un usuario)
Cierra: Domingos tarde y martes

Teléfono

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6 Opiniones de El Arandia de Julen

Clásico local de comida tradicional en el Botxo bilbaino, en la plaza de la Encarnación, Atxuri.

Tiene varios menús, incluido el infantil, nosotros nos decantamos para nuestra primera visita por el de alubias, por 35€+iva.

Aperitivo de la casa
Alubias rojas con sacramentos
Medallones de merluza rebozada
Postre
Pan, agua y vino de crianza Rioja Alavesa

El local tiene una pequeña barra para tomar algo y un comedor más grande, de estilo tradicional.

Ya para hacer la reserva , vi la disponibilidad y buen hacer , al decir que iba con Uxue , me recomendaron coger dos menús de alubias con merluza y uno sin ella , la diferencia solo 5€ , pero acertadamente me aconsejaron hacerlo .

De aperitivo, nos pusieron unos champis, ricos, unas anchoas en salazón, ricas y un poco de foie casero, también rico, me parecieron demasiados aperitivos, no se si siempre pone tres, pero esta muy bien, sin duda.

Luego traen un poco de berza, en la mesa piparras, una alubiada, no es tal, sin piparras , la berza me gusto mucho , las alubias , una buena cantidad , había para cuatro o cinco , se quedaron unas pocas , pequeñas con ese espesor característico , un poco sosas para mi , no así para mis chicas , no diré que son las mejores que he comido , pero estaban bien .

Eso si los sacramentos, si que son de los mejores, dos tipos de morcilla, arroz y puerro, muy buenas, y abundante, un cacho, bueno un trozo majo de rico chorizo para cada uno y tocino veteado de rica carne, todo ello, junto con la berza de primera.

Y como remate , unos ricos y sabrosos trozos de merluza rebozada con unos pimientos de piquillo , ricos , aunque no creo que sean de Lodosa , pero ricos , de postre tarta de manzana , correcta , agua , pan y una botella de crianza , el del menú es Olabarri , que no esta mal , pero pregunte y si escogía otro , pagaba la diferencia ,y el primero de la lista , Baigorri , me gusta mucho mas , tiene menos madera , así que bien .

Solo un detalle , la diferencia entre el Olabarri y el Baigorri en la carta , era de cuatro o cinco euros , sin embargo me cobraron once , tampoco les dije nada , sinceramente , con tres aperitivos , ese precio y encima me invitaron a los dos cafes , no me aprecio de recibo , simplemente lo comento , por si vais , no se realmente como hacen ese añadido , quizás tengan otra media , es legitimo , tu cambias el vino , no se , sin mas .

Resumiendo, por 35€+iva, me pareció muy bien, el único pero, este día, las alubias, para mi, tampoco fueron de la leche, pero el resto muy bien, así que la media, seria bien, que no es poco, este menú, el de alubiada tienes que encargarlo los findes cuando reserves.

Aunque siempre es bueno darse un rulo por el norte a fin de degustar las múltiples excelencias gastronómicas que abundan por esos lares, en esta ocasión la escapada vino motivada por una invitación del compañero de foro -y amigo- Limonero a una, sin duda “modesta”, cata de Rieslings.

Y uno, que no sabe decir que no a nada, no pudo negarse, aun a pesar del sufrimiento que iba a suponer el doble evento gastronómico-etílico …

Total, que después de una pequeña madrugada, y con un hambre brutal -el desayuno fue frugal y sólo me llevé una manzana para apaciguar el hambre en el tren-, quien les habla se plantó en la Abando Station, en la cual me esperaba mi anfitrión -con media docena de vinos previos a la cata- y dos comensales más (uno de ellos, un alemán enorme y simpatiquísimo, que era el co-organizador de la cata). Con ellos emprendimos camino del restaurante que ahora se comenta, y al cual llegamos tras un agradable paseo de unos 15 minutos.

Entorno: No conozco excesivamente bien Bilbao, pero me pareció un sitio céntrico y cercano a zonas peatonales bastante transitadas. El restaurante tiene una terraza agradable en donde los parroquianos degustaban los correspondientes zuritos, pote va pote viene. Sólo con eso, y a la vista de esa primera impresión, ya me dije aquello de “aquí se va a comer bien”.

Traspasando la puerta del local, se accede a un pequeño recinto con la barra en paralelo, situándose el restaurante en la parte derecha de aquél, separado por una recia puerta que ampara el carácter estanco del restaurante y garantiza una excelente separación de cualquier entorno exterior. Y el sitio es agradable, acogedor y con un cierto encanto. Una pared con piedras encastradas, la otra con maderas, techos colar vainilla, buena iluminación, mesas bien vestidas, excelente separación entre ellas, sillas cómodas, menaje y cristalería correcta, limpieza absoluta … En fin, todo lo necesario para predisponerse adecuadamente a la comanda.

Servicio y servicio del vino: Se resume en una palabra: encantadores. Predispuestos y amables, todo se manejaba al son de la jefa de sala, cuyo trato fue exquisito, en especial cuando, justo antes de sentarnos, nos pregunto si tomaríamos agua y, al traerla, una de las botellas explotó -textualmente-, convirtiendo la zona del suelo en un pequeño remedo de la ría de Bilbao, incidente éste que se resolvió en un pis-pas fregona mediante y sin perder nunca la sonrisa. Lo dicho: un encanto de gente.

Por otra parte, habían tenido la amabilidad de dejarnos llevar el vino, lo cual, como bien saben quienes tienen la gentileza de leerme, es cosa que siempre valoro positivamente, en especial si, como aquí sucedió, no te cobran nada por descorches y similares. Por otra parte, los tiempos de espera entre platos fueron muy buenos, y nunca hubo que esperar ni un segundo al plato siguiente… Y ojo, que hubo unos cuantos. Les cuento.

Comida; Íbamos con un menú acordado, aunque, al parecer, el mismo es muy habitual y lo suelen servir normalmente (hay varios menús). La idea era dejarse de gaitas. Había faena seria por la tarde y había que comer de firme. Pues nada, de primero ya se decidió que íbamos a recurrir a un clásico que me siempre me conquista: el plato de cuchara.

Pero antes te reciben con un pequeño aperitivo consistente en un plato de foie micuit con mermelada de fresa. El foie estaba bueno, rico. La mermelada era de bote y, por lo tanto, prescindible. Puestos en esta tesitura, quizá una mermelada más original ¿violetas?, hubiera lucido más el conjunto. Correcto en cualquier caso.

Maridado con un Paternina blanco años 40’. A mi juicio, un poco más “agotado” que el último degustado en la comida de viejunos de Zaragoza, si bien es cierto que el mismo se había abierto el día de antes. Y ya, para prodigios, no estamos.

El segundo aperitivo consistió en unos 10 champiñones de buen tamaño, presentados sin artificios. Su perejil, aceite y un delicioso punto de pimienta. Sin más, pero también sin menos. Buenos.

Maridado con un Contino Viña del Olivo 2005. EMHO, decepcionante, fruta roja, madera y vainilla. Se acabó. Muy poco para 60 euros, ¿no? La botella estaba perfecta, pero el vino no dio para más. Quedó media botella. Poco más que añadir.

Y llegó el esperado plato de cuchara. Me habían prometido unas lentejas, pero -bendito incumplimiento- aparecieron una alubias pintas de quitarse el sombrero. Una sopera de buen tamaño con pintas para agotar. Ri-quí-si-mas. Perfecta la cocción, separándose la piel en la boca, de una delicada textura pastosa y sabrosas a más no poder. Acompañadas, de una parte, de los denominados “sacramentos” -chorizo, morcilla de arroz, tocino, morcilla dulce, col de hoja- y, de otra, de un plato de piparras por comensal -quien suscribe se ventiló dos- y unas guindillas rojas, de las que sólo pude con una porque aquello era excesivo.

Como digo, la ración de pintas a compartir era descomunal. Dos platos por comensal y aún quedaron en la sopera para repetir por tercera -e incluso cuarta- vez. Les diré que me comedí, no por no aventurarme por una tercera vez -que ganas, haberlas, las había-, sino porque el recuerdo de la última judiada en Ribadesella (allí fueron 4 platos) dio lugar al correspondiente desastre gastrointestinal que me tuvo dos días en el dique seco y me hundió mi experiencia en el Arbidel. De ahí que una y no más, Santo Tomás.

Con un tono ya más caldeado, y ya descorchada la siguiente botella -un magnífico Cartoixa de 1999- tenía que llegar la merluza rebozada, propia del menú contratado. Pero oye, que entre que les caímos simpáticos y lo del desastre de la botella de agua, debieron pensar que por lo menos no nos fuéramos con hambre.

Y aparecieron los boquerones, como pre-plato mientras esperábamos el siguiente pase-. Una docena y media de boquerones fritos muy ricos, con el punto justo de harina y muy ligeros. Sencillos, pero buenos.

Finiquitados los mismos, y con el estómago a ¾ de capacidad, el siguiente plato fueron dos soberbios lomos de salmón al horno. Muy bien cocinados, con una picada de tomate natural (y un ingrediente más que no recuerdo) por encima de los lomos. Muy jugoso. Muy rico. Se degustó la mitad inferior del lomo de salmón, porque la cosa empezaba a apurar.

Maridado con Le Corton 2006 Grand Cru de Bouchard, Borgoña de la Côte de Beaune. Consistente y muy rico. Un Grand Cru a muy buen precio (unos 80 e.).

La cosa tocaba a su fin -o, por lo menos, eso creíamos (ilusos de nosotros)-, porque lo que hay en el menú te lo comes, y te lo comes. Y el menú, como he dicho, llevaba merluza rebozada. De ahí que apareciera para cerrar un plato con una docena de pequeños medallones de merluza, de los cuales sólo pensaba probar uno, por aquello del no quedes mal. Y hete aquí que los mismos eran idénticos a los que, de niño, me hacía mi madre. Los paladeaba a la par que -cosas de la nostalgia- me retrotraía a una de los sabores que dominaron mi niñez. Qué ricos!

Eso sí, como vieron que abríamos una nueva botella -en esta ocasión un nuevo Borgoña (Irancy Palotte de Colinot), totalmente desconocido para mí, pero también muy agradable-, pues tuvieron a bien acompañar la referida merluza con unos espectaculares pimientos al horno, presentados en una cazuela de barro de buen tamaño, bien salseados y con un sabor excepcional.

La hora de la cata se acercaba -era a las 18h y ya eran las 17.30, con lo que ya llevábamos 3 horas comiendo sin cesar- y tocaba poner fin a la comida. Y se agradecía un café, un sorbete o similar.

Pues bien, para acompañar las dos copitas de un Fondillón Gran Reserva de 1964 -último vino de la comida- nuestros amigos restauradores tuvieron la delicadeza de sacarnos, sí o sí, uno de los -tengo entendido- postres clásicos vascos: el goshua, al que, sinceramente, no le hice honor, pues únicamente probé dos cucharadas por razones que todos ustedes comprenderán.

Y hasta aquí llegó la cosa. Un par de cafés y un par de infusiones, para una cuenta total que se quedó en los 38 e/pax. Vamos, un regalo a nivel RCP, viendo la calidad y cantidad del producto consumido.

Por supuesto, quedaba la despedida. Julen -tan simpático como el resto de su staff- tuvo la amabilidad de salir a saludarnos y con él estuvimos hablando 5 minutos porque el tiempo ya apretaba. Nos esperaban 22 Rieslings en fila india y había que prepararse.

Un lugar, sin duda, para el recuerdo. Comida vasca tradicional, en el producto y en su concepción. Buen trato, abundancia y calidad. Si algo echarán a faltar en la crónica -permítanme una broma sin maldad alguna- es dónde estaba el chuletón. Gracias a Dios se quedó en la nevera, pero fijo que si lo pedimos nos lo ponen. Agradable sitio y buena gente. Para ir -o volver- sin dudarlo. Eso sí, vayan con gana; lo agradecerán.

Yo he podido disfrutar de su menú degustación en dos ocasiones, sólo deciros que nunca he podido terminar con todo, y soy de comer!!Los platos muy buenos, bien presentados y explicados con todo tipo de detalle. Tienen una buena carta de vinos y de cavas. Tuve la suerte que las dos veces que he ido ha sido con unos amigos de Bilbao que conocen a Julen, menudo lujo!!Porsupuesto voy a repetir en mi próxima visita a Bilbao...Adjunto algunas fotos del menú degustación a ver si os abren el apetito!

Confirmo los comentarios anteriores.
Yo he estado ya dos veces, he probado los dos menus. Tengo previsto volver mañana sabado.
Me quedo con el menú alubias por relación calidad-precio.
La maitre es muy atenta.

Ya es la tercera vez que vuelvo, me encanta.

Tienen 3 menús, el Arandia, el Julen y el de las alubias. Yo he probado los 2 primeros y además es una ventaja que puedas combinar en una misma mesa los 2 menús, porque así pruebas de todo, que merece la pena, porque está todo buenísimo!!!!

El vino que nos pusieron fue un crianza que estaba muy bueno, pero yo no puedo dar opinión sobre este tema porque no soy nada experta!!!

Si quieres enseñarle a alguien de fuera Bilbao y darle bien de comer, te recomiendo este restaurante!!!!

Antes se llamaba "Rte.Arandia",pero ahora lo ha cogido un chico joven,Julen y ha cambiado el nombre por "El arandia de Julen".
Este restaurante siempre ha sido conocido por sus alubias y,no queriendo perder la tradición,todos los miércoles el menú es Alubias rojas con sacramentos,lomitos de merluza y postre,todo con vino de crianza, por 25€!! Fuimos hace un mes los del trabajo a comer y la verdad es que el menú está muy bien.
La carta de vinos está bien, y la mayoría son crianzas de bastante buena pinta.
Anteriormente este restaurante estaba más dedicado a menús del día, pero ahora con este cocinero nuevo, lo que se ofrece es una pequeña carta pero, sobre todo, un menú degustación semanal llamado "El menú de Julen"... Fue un compañero que vino conmigo a lo de las alubias y me dijo que el menú es muy, muy bueno, son 3 entrantes, 2 platos "principales", sorbete de limón y dos postres.... todo, nada de a elegir. La verdad es que por 25€ + iva, no está nada mal..
A ver si en breve puedo pegarme un homenaje y disfrutar del sitio... que encima el nuevo tranvía te deja al ladito.
Un saludo a todos...

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