Restaurante Miró Cuina: Proximidad y calidad


El viernes más caluroso de los últimos 70 años en territorio valenciano decidimos pasarlo a la intemperie, con buena compañía, buen vino y, por supuesto, buena comida.

La Vall de la Gallinera es un enclave único en la comarca de “La Marina Alta” y la constante proliferación de restaurantes donde prima el producto de proximidad tratado de forma excelsa no es más que otro motivo para dejarse envolver por este precioso lugar. En esta situación se encuentra Miró cuina, una antigua escuela reconvertida en restaurante donde lo importante, se mire por donde se mire, se encuentra en el plato.

En esta ocasión y, contrariamente a mi anterior visita, cenamos en el exterior, así que os ahorraré los detalles decorativos y pasaremos directamente al menú. Como viene siendo habitual, la carta apenas se compone de unas 15 propuestas, más 3 o 4 fuera de carta.

Mientras intentábamos refrescarnos con 4 cervezas, decidimos la degustación, que fue la siguiente:

. Pepito de titaina: Un gran bocado para empezar. Se trata de un bocadillo o buñuelo relleno del guiso valenciano, sin exceso alguno de aceite y con un crujiente excepcional.

. Gamba blanca: Hervida durante apenas 50 segundos, tal como nos indican desde cocina, y al punto de sal. Un bocado sencillo y de gran cantidad sápida.

.Puntilla de calamar en tempura: Un plato excelente. El calamar mantiene un sabor excepcional y la tempura es fina y nada aceitosa. Muy buen plato. En este caso, no obstante, advertimos que la cantidad en el plato era más bien escaso, cosa que me resultó incomprensible.

. “Sepionet” en su tinta con oreja de cerdo: La oreja perfectamente gelatinosa y sabrosa junto al cefalópodo en su tinta otorgan una gran combinación de sabor. De nuevo algo falto de cantidad.

. Secreto 100% bellota: La carne apenas tratada y perfectamente laminada se acompaña de una bechamel de naranja que propicia un toque fresco al conjunto. Muy bueno.

. Paletilla de cordero: El mejor plato de cuántos degustamos, sin duda. 4 raciones de la paletilla se nos presentan en un plato hondo. Al traerlo, se remarca el producto de proximidad y se nos advierte de que se ha cocinado durante 16 horas. Acompañan a la carne unas tiras de manzana, higos y una mousse de menta que aporta un punto refrescante sin tocar para nada el sabor final del producto.

Debo mencionar, no sin cierta decepción, que el servicio en muchas ocasiones fue muy lento, dejando un lapso temporal entre platos fuera de lo común y sin una explicación aparente ya que tan solo contamos 5 mesas, siendo la nuestra la más concurrida. Una lástima.

Una vez finalizada la parte salada, escogimos dos postres, todos ellos caseros:

. Crujiente de piña: Bajo una Oblea crujiente, encontramos frutos ácidos y una especie de sorbete de piña muy refrescante y agradable.

. Milhojas de aguacate: Una apuesta muy arriesgada que no gustó en mesa. El aguacate suaviza en cierto modo la sequedad de las galletas que realizan el “sandwich”. No es un gran acierto.

Para rematar la velada pedimos 3 trufas y tres cafés (por aquello de tenerlo en cuenta en el precio final: 33 €) que cerraron la calurosa noche.

En el apartado líquido, no disponen de carta sino que poseen una especie de bodega en el interior donde se exponen las diferentes referencias en su haber con el precio en bodega y el precio en restaurante ( a todas se les cargan 5 € a su precio inicial). Para esta ocasión escogimos un Pepe Mendoza (DO Alicante) a base de Monastrell y sirah que gustó a todos quienes lo probamos.

Pasada la una de la madrugada abandonamos el restaurante con una sensación agridulce (al menos por mi parte), puesto que, si bien la comida fue de un alto nivel, no pudimos entender la escasez en algunos pases, así como el tiempo entre los mismos, una auténtica lástima.

Le daré una tercera oportunidad para remediarlo.

Este sitio web usa cookies para analizar la navegación del usuario. Política de cookies.
Cerrar