ese consejo nos deberíamos haber aplicado: porque si sois capaces de moderar la ingesta de vino y cócteles, disfrutareis con este epítome del ingenio y la consagración de Dacosta.
Todo estaba suculento: la grasa de Joselito al dente templa el huevo pochado en el Bohío. El chuletón dianense y un colosal jarrete lacado satisfacieron el hambre y, sobretodo, el gozo que proporciona una cocina tan redonda, casi como las bombas de queso.
Libamos bien, incluso unas cabezas de gamba a la sal D.O.
Millers y la isla de Jura son los culpables del derroche. Vale
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