El local nos recibe con una decoración sofisticada y elegante, basada en

El local nos recibe con una decoración sofisticada y elegante, basada en el negro y en ilumaciones ocres.
Las mesas están suficientemente separadas pero, ¡ay!, el ruido de las conversaciones es ensordecedor. Espero que el arquitecto/designer tenga un detalle con el local, y les proporcione la solución pronto. Y gratis.
Pedimos el menú degustación largo, con algunos de los platos estrella que han sobrevivido desde la creación del local hace unos pocos años.
No me detendré en detalles, pero todos los primeros y segundos nos encantaron. Mucho sabor, mucho cariño y modernidad suficiente. A destacar la viera con espuma de capuchino, y el pichón perfectamente en su punto. Una pena el postre, unas fresas con mascarpone?, que puede servir como final socorrido cuando vienen invitados a tu casa, pero que son un anticlimax en la progresión ascendente del menú degustación.
A la carta de vinos no le encontré la coherencia, pero puede ser cosa mía. En cualquier caso es corta. Servicio de vino correcto y dicharachero.
En los gin tonics posteriores recordamos más los platos que la abultada cuenta. Y cenando moderno en Madrid ya sabéis que esto no siempre pasa.

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